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lunes, 27 de abril de 2015

La Casa de Campo, una mirada a su pasado renacentista (2): los estanques

Cuando Felipe II adquirió el Palacete de los Vargas en 1562, culminaba un largo proceso de anexiones territoriales, que se había iniciado en 1553 y que daría lugar a una finca de más de 340 hectáreas, conocida genéricamente como Casa de Campo, donde se llevaría a cabo una de las actuaciones paisajísticas más interesantes del Renacimiento español.


Detalle de la Casa de Campo en el plano de Pedro Teixeira (1656).

La creación de este espacio supuso un paso de gigante para las intenciones urbanísticas del monarca. Se trataba de organizar un entramado de 'naturaleza urbanizada', que buscaba la conexión de los distintos palacios reales existentes en Madrid, por medio de grandes masas forestales.

Este ambicioso plan quedaba articulado en dos ejes principales (del Alcázar a la Casa de Campo y de ésta a El Pardo, a través del Manzanares), que todavía perviven, incluso más reforzados que antes, al constituirse en siglos posteriores el Real Sitio de la Florida y la Moncloa, germen de algunas zonas verdes actuales, como el Parque del Oeste, la Ciudad Universitaria y la Dehesa de la Villa.


Vista satelital de Madrid. A la izquierda pueden verse las zonas verdes herederas del plan de Felipe II (fuente: Geo-airbusds).

La ordenación de la Casa de Campo corrió a cargo del arquitecto Juan Bautista de Toledo, que se puso al frente de un nutrido equipo de técnicos, artistas y artesanos, entre los que destacaban el también arquitecto Gaspar de Vega y el jardinero real Jerónimo de Algora, el primero del que dispuso la monarquía española.

Pero el verdadero ideólogo de la Casa de Campo fue el propio monarca, que, al margen de su papel como promotor, participó activamente en su diseño y ejecución, en contacto directo con Juan Bautista de Toledo, con quien mantenía una plena sintonía.

El periodo de mayor intensidad constructiva fue el comprendido entre 1562 y 1567, año en el que fallecían Juan Bautista de Toledo y Jerónimo de Algora. A esas alturas ya estaban prácticamente terminados los jardines de El Reservado, que rodeaban el palacete, no así los estanques, que no se completaron hasta 1570. En 1580 se procedía al cerramiento de la finca.

Como se apuntó en la entrega anterior, casi no se intervino sobre el edificio, más allá de diferentes obras de saneamiento, dada la fuerte humedad del lugar, una pequeña reforma de los cuerpos laterales, encaminada a corregir la asimetría inicial, y el cegamiento de algunos arcos, de cara a un mejor aprovechamiento interior.

La construcción de los estanques

Los primeros trabajos que se desarrollaron en la Casa de Campo fueron grandes infraestructuras hidráulicas, que no solo pretendían garantizar el abastecimiento de agua y evitar los daños de las torrenteras, sino que también tenían una clara finalidad recreativa.

Fueron realizados por diferentes ingenieros y fontaneros venidos de los Países Bajos, con especial mención a Adrian van der Müller y Pietre Jansen. En estas tareas también intervinieron Juan Bautista de Toledo y Jerónimo de Algora, artífice, este último, de la presa que permitió desviar el cauce del arroyo Meaques, que discurría casi pegado al palacete, con los consiguientes problemas de humedad.

Una pieza clave fueron los embalses, ya que, además de las funciones que acabamos de citar, eran utilizados como reservas de peces, que se destinaban al consumo humano, aunque algunas de las especies, por su colorido y tamaño, se cultivaban también para el ornato. De hecho, uno de los méritos que motivaron la contratación de Müller fue su acreditada experiencia en “criar pescados”.

Los peces habían sido introducidos artificialmente en la Casa de Campo, traídos desde diferentes zonas húmedas. La primera gran repoblación de la que se tiene constancia tuvo lugar en 1572 y procedía del cercano Manzanares, donde eran abundantes las bogas y los barbos.


El arroyo Meaques, a su paso por la Casa de Campo.

Se construyeron cinco estanques contiguos y, aunque no está documentado, cabe pensar que tomasen como base una pequeña laguna natural previa. Se alimentaban del arroyo Meaques, de régimen preferentemente pluvial, con lo que, en época de lluvias intensas, era frecuente que sobrepasaran sus propias lindes.

Tenían planta rectangular y habían sido levantados con las técnicas que, en aquellos momentos, se empleaban en los Países Bajos, esto es, presas de doble muro de fábrica, rellenas interiormente con tierra compactada.


Identificación de los estanques en el plano de Pedro Teixeira (1656).

En su célebre plano de 1656, Pedro Teixeira los identifica con los nombres Grande, del Norte, del Medio, Longuillo y de la Higuera. Los cuatro primeros eran de gran envergadura, mientras que el quinto debía ser minúsculo, ya que no aparece dibujado en el mapa, tan solo enunciado (eso, o que quedase fuera de la perspectiva). Al menos tres de ellos tenían en su punto central lo que parecen surtidores o, quizá, pequeñas islas.

Podemos hacernos una idea de cuál era su aspecto gracias al cuadro Paisaje de la Casa de Campo (1634), de Félix Castello, donde, a pesar de estar reflejados en lontananza, llegan a ocupar casi una sexta parte del lienzo.


'Paisaje de la Casa de Campo', de Félix Castello (1634). Museo de Historia de Madrid.

Los embalses estaban comunicados entre sí por medio de canalizaciones y algunos podían ser navegados por embarcaciones ligeras. Se encontraban separados por estrechas lenguas de tierra, que fueron plantadas en 1570 con una partida de doscientos a trescientos chopos, provenientes de Aranjuez.

En ese año se dieron por concluidas las principales obras hidráulicas de la Casa de Campo, como prueba el hecho de que Pietre Jansen, al que nos hemos referido más arriba, decidiera regresar a Holanda. Su hijo Juan permaneció en Madrid y tomó su relevo.

El lago actual

Los cinco estanques que centran nuestra atención han sufrido todo tipo de avatares a lo largo de los siglos. Pese a ello, subsisten de alguna manera en el actual lago de la Casa de Campo, que, con sus más de 80.000 metros cuadrados de superficie y casi tres metros de profundidad media, fue formado a partir de la conjunción parcial de aquellos.



La primera gran transformación se produjo en el siglo XVIII, al construirse un nuevo embalse, denominado Estanque Chico. A diferencia de los anteriores, que estaban dispuestos de manera contigua, éste estaba situado en un enclave exento, a cierta distancia del núcleo principal, en un lugar actualmente ocupado por unas pistas de tenis, en las inmediaciones de la desaparecida Iglesia de la Torrecilla.

Tenía una superficie de 5.135 metros cuadrados. Su finalidad era la cría de pescados y, más en concreto, de tencas, lo que le valió el sobrenombre de Estanque Tenquero. Pero también era conocido como de la Sartén, tal vez por la presencia de una diminuta península, semejante al mango de ese utensilio de cocina.

A principios del siglo XX todavía existía, como prueba el plano de 1910 que reproducimos más abajo, no así en tiempos de la Segunda República (1931-1939), cuando la Casa de Campo pasó a manos del Ayuntamiento de Madrid. En una memoria redactada en 1933, Manuel Muiño, concejal de Vías y Obras, se lamentaba de que estuviera "abandonado y en seco".

Con respecto a los cinco embalses primitivos, llegado el siglo XIX solo se mantenían tres. Dos de ellos fueron unidos y modelados dentro de un nuevo perímetro curvilíneo, aunque, en honor a la verdad, ya formaban una única masa de agua desde tiempo atrás, toda vez que las lenguas de tierra que los separaban habían quedado inundadas, tras años de abandono.

Estas lenguas no fueron eliminadas con las obras y todavía seguían en pie en 1933, como así se desprende de la siguiente descripción de Muiño: "el embalse está dividido por más de su mitad por un paso del terraplén formado sobre una estacada de espiga de seto, división que no es perceptible a simple vista por estar normalmente cubierta por las aguas".

No nos olvidamos del tercero de los embalses citados, el más occidental de todos, que el rey Alfonso XIII (r. 1886-1931) se reservó para la práctica del patinaje sobre hielo. Fue desecado una vez acabada la Guerra Civil (1936-1939) y sobre su solar se extiende hoy día una amplia explanada, cercana a la Glorieta de Patines, que se utiliza como aparcamiento.


El Estanque Chico, el Lago Grande y el Lago de Patinar en un plano de 1910 y en una fotografía aérea de 1977 (fuente: composición propia a partir de imágenes de HISDI-MAD).

- La Casa de Campo, una mirada a su pasado renacentista (3): los jardines (próximamente)

Bibliografía

La Casa de Campo, más de un millón años de historia, de José Luis Fernández, Ángel Bahamonde, Paloma Barreiro y Jacobo Ruiz del Castillo. Lunwerg Editores, Madrid, 2003.

La Casa del Campo, de Pedro Navascués, Carmen Ariza y Beatriz Tejero. En Agricultura de los Jardines, de Gregorio de los Ríos. Ediciones Amberley, Madrid, 2009.

La Casa de Campo, de bosque real a parque madrileño, de Luis Miguel Aparisi Laporta. Ediciones Amberley, Madrid, 2009.

Memoria sobre la labor realizada por el primer Ayuntamiento de la Segunda República Española
, de Manuel Muiño Arroyo, Artes Gráficas Municipales, Ayuntamiento de Madrid, 1933.

lunes, 13 de abril de 2015

La Casa de Campo, una mirada a su pasado renacentista (1): el palacete

Cuando están a punto de concluir las obras de acondicionamiento del Palacete de los Vargas, en la Casa de Campo, conviene recordar que, a pesar de encontrarse desfigurada, estamos ante una de las escasas villas de recreo que se realizaron en España en el siglo XVI y que, a su alrededor, fue trazado uno de los primeros jardines renacentistas de nuestro país.



El Palace de los Vargas, aún en obras, en abril de 2015. Arriba, la fachada sur y abajo, la fachada norte.

Se desconoce en qué momento la familia de los Vargas, una de las más poderosas del Madrid antiguo, se hizo construir una casa de campo en la margen derecha del río Manzanares, lejos del casco urbano, siguiendo una tradición muy arraigada en Italia, pero que en España era una auténtica rareza.

Si hacemos caso a Fray Lorenzo de Nicolás (Arte y uso de la arquitectura, 1663), fue edificada en 1519, cuando el citado linaje estaba encabezado por Francisco de Vargas y Medina. Pero si analizamos los dibujos de la época, quizá habría que posponer la fecha algunas décadas, dadas sus aparentes vinculaciones con la arquitectura cortesana del segundo tercio del siglo XVI.

Tampoco se sabe a ciencia cierta quién fue su autor, si bien diferentes investigadores aventuran que pudo ser Antonio de Madrid, también conocido como Maestre Antonio, un alarife y carpintero que trabajó en el Real Alcázar y en el Monasterio de Santo Domingo.

De lo que no hay ninguna duda es que el palacete ha ejercido una fuerte atracción sobre los reyes. No solo Carlos I pasó algunas temporadas en él, sino que pudo ser habitada por Francisco I de Francia durante su cautiverio en Madrid, al menos mientras duraron las obras de reparación de las dependencias que tenía asignadas en el Real Alcázar, donde estaba retenido.


 Château de Madrid, Bois de Boulogne, París.

De esta manera, el monarca galo conoció de primera mano la Casa de Campo, que, a juicio de algunos autores, sirvió como modelo al desaparecido Château de Madrid, el soberbio palacio que mandó levantar en el Bois de Boulogne, en París, emulando la configuración flanqueada y las galerías porticadas de aquella, además de su entorno forestal.

Una hipótesis que parece quedar avalada por el nombre que adoptó el edificio parisino y que, en cualquier caso, nos llevaría a admitir que la Casa de Campo ya estaba hecha en 1526, cuando Francisco I llegó preso a Madrid. Y es muy posible que así fuera, toda vez que ya aparece en el dibujo que Jan Cornelisz Vermeyen realizó hacia 1534, considerado como la vista más antigua de la ciudad.



'El Castillo de Madrid', de Jan Cornelisz Vermeyen (h. 1534). Abajo, detalle de la Casa de Campo. Metropolitan Museum, Nueva York.

El Palacete de los Vargas sería así anterior a las reformas que Carlos I emprendió en 1537 en el Alcázar, con lo que no cabría establecer ninguna conexión entre sus galerías porticadas y la Galería del Cierzo, una de las mejoras promovidas por el emperador en la fortaleza.

Pero si hay que hablar de un rey enamorado de la Casa de Campo ése no es otro que Felipe II. Desde que en 1552 realizara las primeras anexiones de terrenos en el Camino de Aravaca hasta la compra definitiva del palacete en 1562, de manos de Fadrique de Vargas, nieto de Francisco de Vargas, su interés por crear una villa suburbana a los pies del Alcázar llegó a ser casi una obsesión.


'Carta de privilegio otorgada por Felipe II a favor de Fadrique de Vargas Manrique como pago de un terreno denominado la Casa de Campo'. Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.

La Casa de Campo era una pieza clave dentro del ambicioso plan urbanístico que Felipe II concibió para su establecimiento en Madrid. Era un espacio de integración con el medio natural, en el que se diferenciaban parajes agrestes, cotos de caza, huertas y jardines, cada uno de ellos con una funcionalidad propia, dentro del ideal renacentista de la 'naturaleza urbanizada'.

Era la primera vez que este concepto se aplicaba en España y, aunque prácticamente no quedan rastros, su espíritu pervive en otras actuaciones desarrolladas por el monarca. Es el caso de La Granjilla de La Fresneda, en el Real Sitio de El Escorial, que se hizo a imagen y semejanza de la Casa de Campo.

Pero dejemos este tema para las siguientes entregas y centrémonos ahora en el primitivo Palacete de los Vargas, antes de que se convirtiese en una de las posesiones más preciadas de los reyes.

El palacete en tiempos de los Vargas

Todos los investigadores sostienen que, en líneas generales, el palacete mantuvo su apariencia original hasta 1767, cuando fue remodelado por Francesco Sabatini con un diseño neoclásico. No así su entorno, que, nada más procederse a la compra, fue objeto de transformaciones paisajísticas muy significativas, bajo la dirección del arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567).

Una afirmación que queda respaldada por las distintas obras gráficas en las que se refleja la casa, realizadas a lo largo de sus dos primeros siglos de existencia. En todas ellas aparece con los mismos rasgos, al margen de ligeras variaciones, que no pueden entenderse como sustanciales.




'Vista de Madrid', de Anton Van der Wyngaerde (1562). Biblioteca Nacional de Austria, Viena.

Del siglo XVI se conservan el ya citado dibujo de Vermeyen, anterior en casi treinta años a la adquisición del palacete por parte del rey, y las vistas de Madrid que Anton Van der Wyngaerde terminó en 1562, el mismo año que Felipe II consiguió la propiedad.

Este último pintor hizo una aguada y un dibujo a tinta, considerado como preparatorio, que, pese a ello, nos ofrece un mayor grado de nitidez. Reproducimos las dos obras, con sus respectivos detalles de la Casa de Campo.



'Vista de Madrid' (dibujo preparatorio), de Anton Van der Wyngaerde (1562). Biblioteca Nacional de Austria, Viena.

Respecto al siglo XVII, la representación más importante es el cuadro Paisaje de la Casa de Campo, que Félix Castello pintó en 1634. Aquí tampoco se observan alteraciones arquitectónicas de calado, con lo que podemos hacernos una idea muy precisa de cuál era el aspecto primigenio del edificio, según fue proyectado en la primera mitad del siglo XVI.


'Paisaje de la Casa de Campo', de Félix Castello (1634). Museo de Historia de Madrid.

Tanto se respetó su trazado que ni siquiera fueron retiradas las armas blasonadas de los Vargas, que habían sido labradas en los capiteles de las arquerías. Algo que el historiador Jerónimo de Quintana (1576-1644) justificó poniendo en boca de Felipe II las siguientes palabras: "dexadlas, que las que son de vasallos tan leales, bien parecen en casa de los reyes".

Diferentes investigadores justifican que no se interviniese sobre el palacete en las enseñanzas del pensador y arquitecto genovés Leon Battista Alberti (1414-1472). Sus recomendaciones de respetar al máximo los edificios heredados debieron ser tenidas en cuenta por Juan Bautista de Toledo y quizá también por el propio rey, que no era ajeno a los libros del italiano.

Aunque, en el fondo, tal vez prevaleciera una razón tan simple como que el monarca se sintiese muy a gusto con la casa, tal y como la había recibido de los Vargas. La rotunda frase “tiene de todo”, que su secretario, Pedro del Hoyo, pronunció antes de efectuarse la compra, parece jugar a favor de este argumento.

Como se aprecia en el dibujo de Van der Wyngaerde, el palacete estaba casi pegado al arroyo Meaques, cuyo cauce fue posteriormente desviado para evitar humedades e inundaciones. No existía un camino que facilitase el acceso directo y estaba rodeado de una frondosa masa arbórea.

Era de dos plantas y estaba integrado por tres volúmenes, los dos laterales de planta cuadrangular, de mayor altura y en disposición saliente con respecto al central, que era rectangular. Los cuerpos de los lados tenían cubiertas escalonadas, a cuatro aguas, y presentaban una ligera asimetría, provocada por una distribución diferente de los arcos y los vanos.

Pero, como se ha apuntado, su característica principal era la presencia de una doble galería porticada en todos los frentes, un dato muy elocuente, ya que nos informa de su función contemplativa y ratifica el carácter recreativo que poseía todo el conjunto.

La galería superior estaba formada por arcos de medio punto y la inferior por arcos rebajados, en ambos casos sostenidos por columnas muy finas y con bóvedas de arista.

Junto al edificio se alzaban modestos pabellones de tapial, que probablemente se utilizaban como almacenes o, incluso, como viviendas para los labradores de las huertas vecinas.


Detalle del cuadro anterior.

Según Pedro Navascués, Carmen Ariza y Beatriz Tejero, la Casa de Campo expresa "el carácter de la arquitectura renacentista española inmediatamente anterior a la arquitectura escurialense", muy lejos del tono oficial de ésta y con un "vitalismo alegre", que entronca con el espíritu de las pocas villas suburbanas construidas en España en el siglo XVI.

A pesar de sus elementos castizos, como su fábrica de ladrillo o sus conexiones con modelos toledanos, la influencia italiana en el trazado era evidente. No solo porque se importaba de Italia el propio concepto de casa de campo, sino porque su configuración flanqueada, con dos cuerpos laterales en saliente, era igualmente originaria de este país. 
- La Casa de Campo, una mirada a su pasado renacentista (3): los jardines (próximamente)

Bibliografía

La Casa de Campo, más de un millón años de historia, de José Luis Fernández, Ángel Bahamonde, Paloma Barreiro y Jacobo Ruiz del Castillo. Lunwerg Editores, Madrid, 2003.

La Casa del Campo, de Pedro Navascués, Carmen Ariza y Beatriz Tejero. En Agricultura de los Jardines, de Gregorio de los Ríos. Ediciones Amberley, Madrid, 2009.

La Casa de Campo, de bosque real a parque madrileño, de Luis Miguel Aparisi Laporta. Ediciones Amberley, Madrid, 2009.

De Madrid à Paris: François Ier et la Casa de Campo, de Fernando Marías. Revue de l’Art, número 91, París, 1991.

lunes, 2 de junio de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (3): la Huerta de la Priora y otros jardines

Finalizamos la serie dedicada a los jardines que Felipe II (1528-1598) impulsó en el Real Alcázar de Madrid con la Huerta de la Priora. También haremos referencia al Jardín de las Infantas y a otros jardines de menor entidad o menos documentados, fechados en la misma época.

Huerta de la Priora

La Huerta de la Priora fue anexionada a las posesiones reales en el año 1556, aunque el jardín como tal no empezó a construirse hasta 1567. Se trataba de una antigua huerta de origen medieval, asentada sobre unos terrenos muy irregulares, que tuvieron que ser nivelados para poder ser ajardinados.


Plano del Real Alcázar, con la Huerta de la Priora en tonos rojos. Fuente: 'El Alcázar de Madrid', de José Manuel Barbeito (1992).

Tenía una superficie aproximada de 17.000 metros cuadrados, que se extendían por la parte nordeste del Real Alcázar. Sus límites septentrionales los marcaba el actual Monasterio de la Encarnación y los meridionales la desaparecida Casa del Tesoro, un complejo arquitectónico anejo al palacio, en el que se albergaban diferentes servicios vinculados con la Corte.

Tomaba su nombre de la Fuente de la Priora, ubicada muy cerca de la Encarnación, una pieza clave en todo el entramado de jardines del alcázar, ya que de ella dependía el riego. Al ser de titularidad pública, la Corona se vio obligada a negociar con el municipio la cesión de una parte de sus aguas, así como del remanente de los Caños del Peral.

Alrededor de la Fuente de la Priora se articuló un sistema de canalizaciones, que alimentaba las plantaciones y fuentes de ornato, mientras que el agua sobrante era desviada hacia el Arroyo de Leganitos. Las obras de estas conducciones fueron encargadas al alarife Joan Prieto y debieron dar comienzo en 1568. La posterior construcción de un estanque (1593-96) mejoró notablemente el suministro de agua.

La Huerta de la Priora en el plano de Pedro Teixeira (1656).

La función principal de la Huerta de la Priora era la producción de hortalizas y frutas para el abastecimiento de la familia real, aunque también había zonas ajardinadas que tenían un uso meramente recreativo. Estaba organizada en grandes cuarteles (seis u ocho, según los planos), que se reservaban a los cultivos, preferentemente de árboles frutales. Cada uno de ellos tenía una fuente ornamental.

A pesar de los movimientos de tierra realizados, el jardín había quedado en una cota inferior a la de los terrenos colindantes. Para salvar el desnivel que le separaba de la Fuente de la Priora, tuvo que levantarse un paredón por la parte septentrional. El encargo recayó sobre Juan de Herrera (1530-1597), tras la muerte de Juan Bautista de Toledo, en 1567.

Por el lado occidental había también una cerca, mientras que, por el meridional, se elevaba la Casa del Tesoro, nombre con el que se conocía genéricamente al complejo formado por las Casas de Oficios, las Cocinas Nuevas y la propia Casa del Tesoro, tal y como se ha apuntado más arriba.


El Real Alcázar y la Casa del Tesoro en el plano de Antonio Mancelli (1614-1622). Detalle del ejemplar de la Biblioteca Regional de Madrid, impreso hacia 1657.

Hacia el este, donde emergía el caserío de la ciudad, fueron construidos varios edificios, que no solo hacían de contención, sino que también aislaban el recinto de las miradas y ruidos de la calle. Al interior tenían paredes ciegas y al exterior diversas dependencias, en una de las cuales terminaría estableciéndose, a principios del siglo XVII, la tahona y panadería del rey.

Varios años después de fundarse el Monasterio de la Encarnación (1611-1616), Felipe IV (r. 1621-1665) ordenó intervenir en esta zona para crear un corredor que comunicase directamente el alcázar con el convento. Se preservaba así la intimidad de los miembros de la familia real cada vez que acudían a sus obligaciones religiosas.

Conocido como Pasadizo de la Encarnación o Paredón de Balnadú, por su proximidad con la puerta medieval homónima o, tal vez, por haberse construido con materiales procedentes de la misma, este pasillo se convirtió en un auténtico espacio de arte. Llegó a acoger al menos 271 pinturas y esculturas, según consta en el inventario que se hizo tras la muerte de Carlos II (r. 1665-1700).

Alzado del Pasadizo de la Encarnación hacia la Huerta de la Priora. Anónimo español (1720). Biblioteca Nacional de España.

Durante el reinado de Felipe V (r. 1700-1746) estas instalaciones fueron habilitadas como sede de la Biblioteca Real de Palacio, antecedente de la Biblioteca Nacional de España, a partir de un proyecto del arquitecto Teodoro Ardemans (1661-1726).

Todo ello hizo de la Huerta de la Priora un espacio cercado por todos sus flancos, sin conexión directa con el Real Alcázar y sin ningún tipo de relación axial con el mismo, casi más próximo al concepto medieval de jardín, como un lugar cerrado y recogido, que al ideal renacentista de apertura al exterior y confluencia con la naturaleza.


Medallones con los retratos de Felipe V e Isabel de Farnesio (1727), que estuvieron instalados en la Biblioteca Real. Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

La Huerta de la Priora, el Pasadizo de la Encarnación y la Casa del Tesoro sobrevivieron al incendio del alcázar de 1734. En 1809 se decretó su destrucción y, años más tarde, se levantaría sobre su solar la Plaza de Oriente. 

Otros jardines

El Jardín de las Infantas, posteriormente llamado de la Reina, fue trazado entre 1582 y 1584. Se extendía a lo largo de unos  2.000 metros cuadrados a los pies de la fachada este del alcázar, junto a las estancias de las infantas y del príncipe. De planta rectangular, estaba delimitado en su lado norte por un murallón, en el que se abría una ventana. Su trazado respondía a un esquema ortogonal, con varios cuadros de plantaciones y una fuente ornamental.

Otros jardines impulsados por Felipe II fueron la denominada Huerta Nueva o Huerta junto a la Fuente de la Priora, que se construyó hacia 1582 cerca del paredón de Juan de Herrera, y el Jardín del Juego de Pelota, probablemente situado en las proximidades del Jardín del Cierzo.

El primer recinto llegó a contar con un huerto medicinal, surgido durante el reinado de Felipe III (r. 1598-1621), mientras que el segundo alcanzó su verdadera forma y dimensión en tiempos de Felipe IV (r. 1621-1665), cuando pasó a denominarse Jardín de las Bóvedas.


Plano del Real Alcázar, con el Jardín de las Infantas en tonos rojos. Fuente: 'El Alcázar de Madrid', de José Manuel Barbeito (1992). 

Artículos relacionados

- Los jardines renacentistas del Real Alcázar (1): el Jardín del Cierzo y El Parque
- Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

El Alcázar de Madrid, de José Manuel Barbeito. COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid), Madrid, 1992

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Los viajes de agua de Madrid durante el antiguo régimen, de Virgilio Pinto Crespo (dirección), Rafael Gili Ruiz y Fernando Velasco Medina. Fundación Canal (Canal de Isabel II), Madrid, 2012

El entorno del Alcázar de Madrid durante la Baja Edad Media, de Manuel Montero Vallejo. Revista En la España medieval, número 17 (páginas 1011-1026). Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 1985

De pasadizo a palacio: las casas de la Biblioteca Nacional de España. Exposición celebrada en Madrid, 2012-2013

lunes, 19 de mayo de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Continuamos con la serie dedicada a los jardines que el rey Felipe II (1527-1598) ordenó levantar en el Real Alcázar de Madrid. Después de haber analizado el Jardín del Cierzo y El Parque (Campo del Moro), le toca ahora el turno al Jardín del Rey. En la próxima entrega nos centraremos en la Huerta de la Priora.

Jardín del Rey

El Jardín del Rey se encontraba en la esquina suroeste del Real Alcázar de Madrid, junto a la barranquera que descendía hasta el Campo del Moro. Se extendía a los pies de la Torre Dorada, que el arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) había construido en 1560 a partir de modelos flamencos, sugeridos por el propio Felipe II.


Detalle del plano de Pedro Teixeira (1656). Museo de Historia, Madrid.

Se trataba de un auténtico giardino segreto, anejo a las habitaciones del monarca, quien se había reservado el ala occidental del palacio por sus magníficas vistas al valle del Manzanares, a la Casa de Campo y a la Sierra de Guadarrama.

A pesar de su ubicación junto a la transitada Plaza del Palacio (Plaza de la Armería), pasaba completamente desapercibido, al estar situado en un nivel más bajo, protegido por un muro que lo aislaba del gentío. Todo ello convirtió a este jardín en uno de los lugares preferidos de Felipe II.

Tenía una superficie de unos 1.000 metros cuadrados, distribuidos en una planta cuadrangular, quebrada en su lado norte por la base de la Torre Dorada. Estaba formado por dos caminos ortogonales cruzados, que daban lugar a cuatro cuadros, cada uno de ellos con una fuente en su punto central. En el cruce había dispuesta una quinta fuente, de mayor tamaño que las anteriores.


'Los volatineros delante del alcázar'. Jean L'Hermite (1596). Biblioteca Real, Bruselas.

El jardín se comunicaba con el alcázar por medio de la Galería del Cuarto del Rey (1585-86), que enlazaba la Torre Dorada con una de las torres que flanqueaban la entrada principal al edificio, tal y como puede apreciarse en el dibujo superior, de finales del siglo XVI.

Pese a la importante diferencia de cotas, también estaba conectado con El Parque (Campo del Moro), a través de unos pasadizos horadados en un muro de contención, mientras que unas escaleras le daban acceso a la Plaza del Palacio (Plaza de la Armería).

Asimismo, se barajó la idea de construir una galería que, partiendo del jardín, pusiese en contacto el alcázar con el edificio de la Real Armería y Caballerizas, ubicado en el otro extremo de la plaza. Finalmente fue levantado un muro ciego, a modo de eje de unión.

Debido a la disposición del jardín y del citado muro, la Plaza del Palacio no abarcaba la totalidad de la fachada del alcázar, sino únicamente su parte oriental, precisamente donde más visibles eran los primitivos elementos medievales. Quedaba fuera de su ángulo el sector más espectacular del palacio, donde se elevaba la majestuosa Torre Dorada.

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) fue construida una nueva fachada en el alcázar. Más tarde, con Carlos II (1665-1700) en el poder, se intervino sobre la plaza, ampliándola hacia el oeste y dotándola de galerías. Ello significó la desaparición del Jardín del Rey.


Proyecto de paredón para El Parque, Juan Gómez de Mora (1625). Archivo de la Villa, Madrid.

Uno de los documentos gráficos más valiosos que existen de este jardín es el proyecto que Juan Gómez de Mora (1586-1648) hizo para levantar un paredón en la barranquera del Campo del Moro, en el quedaba reflejada su planta. A este mismo arquitecto se debe otra excepcional imagen del jardín, en este caso tridimensional, en la maqueta que confeccionó para su proyecto de reforma del Real Alcázar.


Maqueta del Real Alcázar de Madrid. Juan Gómez de Mora (1625). Museo de Historia, Madrid.

El Jardín del Rey también era conocido con el nombre de los Emperadores, por los bustos de césares romanos, desde César a Domiciano, que decoraban el recinto. Les acompañaba una representación de Carlos V, así como una copia del célebre Espinario.

La colección, que reunía obras clásicas y renacentistas, estaba compuesta por dos series: la primera llegó en 1562, regalo del Cardenal Giovanni Ricci de Montepulciano a Felipe II, y la segunda en 1568, de manos del Papa Pío V. Estos bustos se reparten en la actualidad entre el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid.

En este lugar también estuvo la famosa escultura Carlos V dominando el furor (1551-64), que León y Pompeyo Leoni fundieron en bronce entre 1551 y 1564. La estatua fue llevada posteriormente a Aranjuez y, más tarde, al Jardín de la Ermita de San Pablo, en el Buen Retiro, y hoy día se encuentra en el Museo del Prado.


El emperador Tiberio. Escultura anónima (hacia el año 21). Museo del Prado, Madrid (fotografía del Museo del Prado).

Junto a los ornatos clasicistas, como los citados bustos o la presencia de un nicho en la cara meridional, el jardín también reunía elementos castizos. Hay constancia de la presencia de ladrillos toledanos en el solado (que posteriormente fueron sustituidos por guijarros, en la línea del Jardín del Rey, de Aranjuez) y de azulejos pintados en los zócalos, siguiendo la más pura tradición hispano-musulmana.

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Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Juan Gómez de Mora, Antonio Mancelli y Cassiano dal Pozzo, de José Manuel Barbello. Archivo Español de Arte, tomo 86 (páginas 107-122). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2013

Catálogo de la exposición 'El antiguo Madrid': catálogo general ilustrado, varios autores. Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid, 1926

Velázquez y su siglo, de Carl Justi. Colección Fundamentos, número 150. Ediciones Istmo, Tres Cantos (Madrid), 1999

lunes, 28 de abril de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (1): el Jardín del Cierzo y El Parque

El Real Alcázar de Madrid fue la sede de la monarquía española desde 1561, año de la proclamación de la capitalidad de Madrid, hasta 1734, cuando sucumbió bajo las llamas. Erigido sobre una fortaleza medieval, donde hoy se ubica el Palacio Real, suscitó el interés de los reyes desde tiempos de los Trastámara y, muy especialmente, de los Austrias, quienes transformaron el viejo castillo en un lujoso palacio.

Felipe II (r. 1556-1598) fue uno de sus principales impulsores. No solo actuó sobre el edificio, sino también sobre su entorno, con la anexión de las parcelas colindantes para la creación de jardines y plazas. El proceso de adquisición de terrenos alrededor del alcázar dio comienzo en 1556, cinco años antes del establecimiento de la Corte en Madrid.


El alcázar y su entorno en el plano de Pedro Teixeira (1656).

Movido por el ideal renacentista de aproximación a la naturaleza, Felipe II promovió una organización del espacio a partir de tres principios rectores: una zona de placer y disfrute, una huerta para el abastecimiento y un coto de caza.

Sin embargo, las peculiares características del terreno, con profundos barrancos y desniveles, impidieron que ese ideal quedara plenamente materializado. Se construyeron diferentes jardines, que, si bien respondían a la triple funcionalidad antes apuntada, resultaron ser recintos fragmentados, con graves carencias compositivas, como la falta de coaxialidad o la articulación a partir de ejes quebrados.

La orografía también complicó otra de las aspiraciones de Felipe II: la conexión del Real Alcázar con la vecina Casa de Campo, que el soberano había concebido como una villa suburbana de recreo.

A pesar de todo, estamos ante uno de los primeros intentos de introducir el jardín renacentista en España, que, a diferencia del medieval, plantea una apertura al mundo exterior, buscando la integración de la naturaleza y de la arquitectura. Constituye también una de las primeras aproximaciones de la jardinería española a los modelos italianos, aunque muy limitada a los temas decorativos.

En esta serie de tres reportajes que hoy iniciamos, nos centramos en los principales jardines de la época de Felipe II: el del Cierzo, el Campo del Moro (El Parque), el del Rey y la Huerta de la Priora. Comenzamos con los dos primeros.

Jardín del Cierzo

Se trata del único jardín que existía en el Real Alcázar antes de la llegada al trono de Felipe II. De pequeñas dimensiones, se encontraba en la cara norte, en el solar actualmente ocupado por los Jardines de Sabatini. Estaba delimitado, además de por el propio edificio, por varios lienzos y cubos de la muralla, que servían de muros de contención.


'Vista de la fachada norte del Alcázar de Madrid' (dibujo anónimo). Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona. 

La comunicación con el palacio se hacía a través de la Galería del Cierzo, un corredor descubierto de dos plantas, formado por arcos en el nivel inferior y dinteles sobre zapatas en el superior. A través de este pasillo se accedía también a la Torre del Rey de Francia, una torre esquinera llamada así porque, en 1525, sirvió de prisión al monarca francés Francisco I (1494-1547).

La Galería del Cierzo fue levantada en 1539, por orden del emperador Carlos V, que quería suavizar la sobria fachada septentrional del palacio y abrirlo a la naturaleza. No olvidemos que, desde este punto, se divisaban unas espléndidas panorámicas de la Casa de Campo y de la Sierra de Guadarrama.

Plano del alcázar (Juan Gómez de Mora, 1626). Biblioteca Apostólica Vaticana, Ciudad del Vaticano. En tonos rojos, la Galería del Cierzo.

Nada más establecerse en Madrid, Felipe II ordenó intervenir en este recinto, con objeto de transformarlo en un lugar para el retiro. En 1562 encargó al arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) que acristalara la planta alta de la galería, según la moda inglesa que había visto en Londres, y que remodelara el jardín. Para éste, se optó por un trazado a cuadros, dispuestos de manera coordinada con las columnas del corredor.

Con el paso del tiempo, la parte norte del palacio fue perdiendo en importancia, a favor del ala meridional. El Jardín del Cierzo dejó de usarse como tal y terminó convertido en un patio de servicios. Por su parte, la galería fue transformada en un espacio de arte (aquí fueron depositados tres de los vaciados escultóricos que Velázquez se trajo de Italia, además de la célebre copia del Hermafrodito de la Colección Borghese, que el pintor encargó en 1652).


'Hermafrodito' (Mateo Bonuccelli, 1652). Museo del Prado, Madrid  (fotografía del Museo del Prado).

El Parque (Campo del Moro)

En 1556 Felipe II decidió adquirir las tierras situadas a los pies de la fachada occidental del Real Alcázar, que, según la documentación de la época, estaban divididas en cuarenta parcelas, cada una de distinto propietario. Uno de ellos era el párroco de la Iglesia de Santa María, que tenía en esa zona un pequeño huerto.

La nueva posesión real recibió el nombre de El Parque. Era mayor que el actual Campo del Moro, pues llegaba hasta las mismas orillas del río Manzanares y, a través del Campo de la Tela (Parque de Atenas), hasta la Puente Segoviana (Puente de Segovia). Estamos hablando de 22 hectáreas, aproximadamente, que se extendían 55 metros por debajo de la cota del palacio.


Madrid en el siglo XVII (pintura anónima). Museo de Historia, Madrid. El alcázar aparece a la izquierda, con El Parque a sus pies.

Fue un espacio reservado a la caza menor. De ahí que fuera concebido como un bosque, con alguna que otra pradera, destinada a la alimentación de las especies animales. En las partes más próximas al Arroyo de Leganitos (Cuesta de San Vicente), las plantaciones se hicieron sin ningún tipo de orden, simulando la naturaleza virgen, mientras que en las restantes sí que se buscó la alineación de los árboles, tal y como puede apreciarse en el plano de Teixeira (primera imagen incluida).

La realidad es que El Parque apenas fue utilizado como cazadero, dada la mayor riqueza cinegética de la vecina Casa de Campo, que le desplazó de esta función. Terminó siendo una zona de paso, por lo que finalmente fueron trazados unos caminos, que dirigían directamente hacia las puertas de salida.

El acceso a la Casa de Campo desde el alcázar era muy complicado. Los coches salían del palacio desde su lado meridional y tomaban una senda junto a la fachada oeste, que, bordeando la barranquera, les llevaba cerca del Arroyo de Leganitos. Desde aquí cruzaban diagonalmente El Parque, hasta llegar al Puente de Segovia. Un camino paralelo a la margen derecha del Manzanares les conducía a la entrada principal del Real Sitio.


Proyecto de Caxés (1570-75). Biblioteca del Palacio Real de Madrid.

Entre 1570 y 1575, el arquitecto y pintor italiano Patricio Caxés (1544-1611) proyectó unir el Real Alcázar con la Casa de Campo, a través de El Parque. Su propuesta, que no pudo llevarse a cabo, no solo habría mejorado la comunicación entre los dos enclaves, sino también la fisonomía del propio palacio, al romper su silueta de edificio cerrado y compacto.


Proyecto de Caxés (detalle de la escalera, pérgola y galería).

Caxés contempló la construcción de una doble escalera en espiral que, arrancando desde las estancias reales y confluyendo en una pérgola elíptica, se conectaba con una galería que llegaba hasta las orillas del Manzanares. Un puente de tres ojos, hecho en madera y cubierto con un tejadillo y celosías para proteger la intimidad de los reyes, permitía enlazar con la Casa de Campo.


Proyecto de Caxés (detalle de la galería y del puente).

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Los jardines renacentistas del Real Alcázar (3): la Huerta de la Priora y otros jardines

Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

La Casa del Campo, de Pedro Navascués, María del Carmen Ariza y Beatriz Tejero, sección del libro A propósito de la 'Agricultura de los Jardines' de Gregorio de los Ríos (páginas 137-159). E. T. S. Arquitectura, Universidad Politécnica de Madrid, Madrid, 1991

Pervivencia de los elementos defensivos medievales en el Real Alcázar de Madrid, del siglo IX a 1734, de Enrique Castaño Perea. IV Congreso de Castellología, Madrid, 2012

La Real Capilla del Alcázar de Madrid: análisis de la documentación gráfica existente para completar una reconstitución gráfica, de Enrique Castaño Perea. Universitat Politècnica de València, Valencia, 2012

Catálogo de la exposición Ecos de Velázquez, de Elena Castillo Ramírez e Irene Mañas Romero. Fundación Cajamurcia, Murcia, 2008

Cercas, puertas y portillos de Madrid (siglos XVI-XIX), de Luz Maria del Amo Horga. Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2003

lunes, 30 de septiembre de 2013

Los jardines renacentistas del Castillo de la Alameda

Visitamos el Castillo de la Alameda, que, gracias a la restauración desarrollada por el Ayuntamiento de Madrid entre 2007 y 2010, ha conseguido salvarse de lo que era una ruina inminente y ser recuperado para su musealización.



Se encuentra en lo que antiguamente fue la villa de la Alameda de Osuna, hoy convertida en uno de los cinco barrios del distrito de Barajas. Está en lo alto de un suave promontorio, desde el que se domina todo el valle del Jarama, dentro de un enclave que ha estado poblado desde tiempos prehistóricos.

El castillo pudo ser levantado hacia 1400, tras la concesión del señorío de la Alameda a la familia de los Mendoza por parte de la Corona. Lo más probable es que Diego Hurtado de Mendoza (1367-1404), padre del célebre Marqués de Santillana, fuese su fundador.

A pesar de su aspecto fortificado, ha tenido a lo largo de la historia una función preferentemente residencial, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XV, cuando la fortaleza fue transformada en un palacio renacentista, con jardines, fuentes, patios con galerías y pavimentos de guijarros, entre otras muchas mejoras.

Recreación del palacio del siglo XV. Fuente: Museos de Madrid.

La reforma fue promovida por Francisco Zapata de Cisneros, uno de los miembros más notables del linaje madrileño de los Zapata, cuyos ascendentes se habían hecho con el castillo, por medio de lazos matrimoniales.

Fruto de esta remodelación fue la construcción de un jardín perimetral, aprovechando la cavidad del foso, en la línea de otras actuaciones de la época, como la que impulsó el rey Felipe II en el Palacio de El Pardo en el año 1562.

Vista aérea del castillo. Fuente: Museos de Madrid.

El foso del Castillo de la Alameda sorprende por su enorme tamaño, muy desproporcionado si se tienen en cuenta las reducidas medidas del núcleo principal, apenas 200 metros cuadrados. Llega a alcanzar doce metros de anchura y seis de profundidad.

Estas considerables dimensiones permitieron crear un amplio espacio para el esparcimiento, en el que convivían especies ornamentales y ortícolas, siguiendo el principio renacentista de que los jardines debían proporcionar belleza visual y, al mismo tiempo, permitir el cultivo de hortalizas y frutas.

Para la creación del jardín fue necesario rebajar la contraescarpa o pared externa del foso, ya que tenía una inclinación excesiva. Toda esta parte fue revestida con un muro con contrafuertes rematados por arcos de medio punto, que contribuían a la monumentalidad del recinto.



Una red de canalizaciones, que se alimentaba de un manantial exterior, garantizaba el riego, al tiempo que suministraba agua a las distintas fuentes ornamentales.

Había cuatro fuentes de planta octogonal, una en cada esquina, así como una fuente de burlas, un artilugio que se puso de moda en el siglo XVI consistente en varios surtidores escondidos, que se accionaban desde lejos para sorprender a los paseantes.



Asimismo, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo han revelado la existencia de un sistema hidráulico en los muros del foso, que permitía las plantaciones verticales.

Un estanque situado al sur del castillo recogía el agua sobrante de las fuentes, que era conducida a través de una tubería. Tenía un tamaño importante, como prueba el hecho de que contase con una isla. Era utilizado para pescar y para la navegación recreativa en barcas.


Restos del estanque, en 1953.

El acceso al foso se realizaba mediante dos túneles, uno desde el interior del palacio y el otro desde el exterior. Fuera de este recinto, había también jardines y, principalmente, huertas de labor.

lunes, 3 de septiembre de 2012

El Jardín y la Huerta de los Frailes

Felipe II (1527-1598) fue un gran amante de los jardines, como prueban las intervenciones paisajísticas que ordenó desarrollar en la Casa de Campo, El Pardo, Aranjuez, La Granjilla de La Fresneda, Valsaín y San Lorenzo de El Escorial.

En ellas se daba el salto desde el jardín medieval, concebido como un espacio recogido y cerrado, al jardín renacentista, que se abre al mundo exterior, integrando arquitectura y naturaleza.



De todos estos recintos, el Jardín de los Frailes, situado a los pies del Monasterio de El Escorial, no sólo es el que mejor conserva su fisonomía original, sino también el máximo exponente del concepto que el rey tenía de la jardinería, que debía proporcionar belleza visual, además de permitir el cultivo de hortalizas y frutas.

De ahí que este jardín sea un lugar de transición entre la imponente arquitectura del monasterio y las huertas, que garantizaban el abastecimiento a la comunidad religiosa y a los cortesanos.



Se extiende sobre una terraza artificial que, a modo de escuadra, bordea los lados sur y este del monasterio, salvando el desnivel existente hasta las huertas inferiores. 

Su punto de apoyo es un enorme talud de piedra, obra de Juan de Herrera (1530-1597), que recibe el nombre de Muro de los Nichos por las hornacinas que horadan su parte exterior.

Gracias a esta ubicación, los jardines constituyen un excelente mirador, no sólo de las huertas escurialenses, sino también de buena parte de la Comunidad de Madrid, con la rampa de la sierra y la llanura mesetaria a un golpe de vista.

En palabras del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955), no existe "mejor sitio para meditar sobre el paisaje y sobre Castilla". De hecho, en el momento de su construcción, el lugar llegó a ser comparado con los míticos jardines colgantes de Babilonia.



Cuando hablamos del Jardín de los Frailes, genéricamente nos estamos refiriendo a tres espacios que, pese estar conectados entre sí y tener una unidad formal, están bien diferenciados: el Jardín de Convalecientes, el Jardín de los Frailes propiamente dicho y el Jardín Real, de carácter reservado.



Todos ellos están comunicados con las huertas adyacentes, a través de un sistema de dobles escaleras que, como si fuesen pasadizos, descienden hasta el nivel inferior. Hay un total de seis: dos están excavadas en el Jardín Real y las otras cuatro se distribuyen a lo largo del Jardín de los Frailes.

Jardín de Convalecientes

El Jardín de Convalecientes, también conocido como los Corredores del Sol, ocupa un patio cuadrangular, cerrado en dos de sus lados por las galerías porticadas de la Botica. Era el lugar donde se recuperaban los monjes enfermos, dadas sus favorables condiciones ambientales, muy diferentes a las de los umbríos claustros interiores del monasterio.



La Botica es un bello edificio de aire clásico, con planta en forma de ele, fruto de la colaboración de Juan Bautista de Toledo (1515-1567), el primer arquitecto de El Escorial, y Juan de Herrera, que asumió las obras tras la muerte de aquel. Su elemento más destacado es, sin duda, la columnata que enmarca el jardín, de orden jónico en el piso superior y toscano en el inferior.



Jardín de los Frailes

Estos jardines rodean las habitaciones de los monjes. Siguiendo los modelos italianos de la época, basados en la geometría, están formados por una sucesión de cuadros, dispuestos longitudinalmente y divididos, cada uno de ellos, en cuatro parterres, con un estanque con surtidor de piña en el centro.



Desde el siglo XVIII las plantaciones son de boj, pero originalmente había sembradas flores exóticas y plantas medicinales, "haciendo artificiosos y galanos compartimentos", que parecían "alfombras finas, traídas de Turquía, de El Cairo o Damasco", como describe Fray José de Sigüenza (1544-1606).

Jardín Real

El Jardín Real se encuentra junto a los Aposentos Reales, situados en el saliente oriental del monasterio. Está integrado por cuatro espacios, uno destinado al rey, otro para la reina, otro para el príncipe y el último para la Corte.



Tenía un carácter reservado, razón por la cual fue levantado un cerramiento de piedra que lo separa del Jardín de los Frailes. No obstante, este muro divisorio dispone de puertas, que permiten hacer un recorrido completo de todo el conjunto.


La huerta

La Huerta de los Frailes se halla en la zona más baja. Está cercada y cuenta con varias entradas, entre las que destaca la de El Bosquecillo. Presenta una distribución regular, con varios cuadros, donde se cultivaban árboles frutales y hortalizas.



Su riego estaba garantizado por el Estanque Grande, emplazado cerca del Jardín de Convalecientes, en el que intervino el arquitecto Francisco de Mora (h. 1553-1610), discípulo de Herrera, con el diseño de la balaustrada y de la majestuosa escalera de cuatro ramales.

A este autor también se deben la Cachicanía y el Pozo de Nieve, dos singulares edificios situados a escasa distancia.