jueves, 29 de mayo de 2014

Itinerarios guiados con 'Los laberintos del arte'

Hace unas pocas semanas tuvimos la oportunidad de realizar una visita guiada por el Madrid de Carlos III de la mano de 'Los laberintos del arte', un colectivo de divulgación artística, especializado en el patrimonio madrileño y en la vida cultural de la ciudad, del que nos confesamos rendidos admiradores.

La experiencia nos gustó tanto que queremos hacerla extensible a los seguidores de 'Pasión por Madrid'. Manuel, nuestro maestro de ceremonias, nos ayudó a descubrir nuevas perspectivas, a cual más enriquecedora, con un punto crítico que nos permitió ir más allá de lo establecido, hacernos preguntas y descubrir matices que, de otro modo, no hubiésemos sabido captar.

'Los laberintos del arte' organizan periódicamente itinerarios guiados y tematizados, tanto por las calles madrileñas como por museos y fundaciones. Lejos de las rutas estandarizadas, más o menos conocidas, se sirven de la esencia misma de la ciudad para realizar una auténtica lección magistral sobre la Historia del Arte.

El próximo itinerario tendrá lugar el domingo 1 de junio, bajo el título El Paseo del Prado: lugar de ciencia y saber en el siglo XVIII. También está previsto un recorrido por la exposición Mitos del pop, que se inaugurará el 10 de junio en el Museo Thyssen-Bornemisza.

lunes, 26 de mayo de 2014

'Muros', arte urbano en la Tabacalera

Nos acercamos hasta la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid, en Embajadores, para contemplar una de las manifestaciones de arte urbano que más nos han gustado en los últimos años. Lleva por título Muros y se plantea como una enorme exposición al aire libre, en la que han participado más de treinta creadores.

El soporte elegido ha sido la cerca que circunda el patio exterior de la Tabacalera, un edificio del siglo XVIII que fue convertido en 2009 en un centro cultural, dependiente, en una parte, del Ministerio de Cultura y, en otra, del Centro Social Autogestionado La Tabacalera de Lavapiés.

Se han llevado a cabo veintisiete intervenciones artísticas, la inmensa mayoría de carácter pictórico, que cubren la práctica totalidad de la tapia, a lo largo de unos cien metros lineales.

El recorrido comienza en la Glorieta de Embajadores, donde se encuentran dos murales de gran superficie, que, a pesar de haber sido realizados por dos autores distintos (E1000 y Pablo. S. Herrero), responden a un planteamiento común.


E1000 + Pablo. S. Herrero.

En la Calle de Miguel Servet está situado el que podemos considerar el tramo más espectacular: veintitrés murales sorprenden al viandante con sus vivos colores, sus composiciones audaces, sus mensajes reivindicativos o sus geometrías imposibles. Los dos últimos, pero no por ello menos interesantes, aparecen a la vuelta de la esquina, subiendo por la Calle del Mesón de Paredes.

Los murales fueron ejecutados en apenas ocho días, entre el 5 y el 12 de mayo, a petición del Ministerio de Cultura y de Madrid Street Art Project. La intención de los organizadores era llamar la atención sobre las posibilidades que ofrecen los diferentes espacios urbanos como plataformas de expresión artística.

Muros se ha celebrado por primera vez este año, bajo el leitmotiv del concepto de contexto, que está en la raíz de este tipo de manifestaciones. Por este motivo, los participantes han sido seleccionados por criterios de proximidad, buscando sus vinculaciones con el arte urbano madrileño.

Nos hubiera gustado ilustrar este reportaje con fotografías de los veintisiete murales, pero por razones de espacio nos hemos visto obligados a elegir unos cuantos. Espero que los autores no incluidos nos sepan disculpar.


Dingo.


Jonipunto.


Por favor + Seven.


Ze Carrión.


Dr. Homes + Sr. Mu.


Spok.


Jimena.


Suso33.


Susie Hammer.


Borondo.


Sabek.

lunes, 19 de mayo de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Continuamos con la serie dedicada a los jardines que el rey Felipe II (1527-1598) ordenó levantar en el Real Alcázar de Madrid. Después de haber analizado el Jardín del Cierzo y El Parque (Campo del Moro), le toca ahora el turno al Jardín del Rey. En la próxima entrega nos centraremos en la Huerta de la Priora.

Jardín del Rey

El Jardín del Rey se encontraba en la esquina suroeste del Real Alcázar de Madrid, junto a la barranquera que descendía hasta el Campo del Moro. Se extendía a los pies de la Torre Dorada, que el arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) había construido en 1560 a partir de modelos flamencos, sugeridos por el propio Felipe II.


Detalle del plano de Pedro Teixeira (1656). Museo de Historia, Madrid.

Se trataba de un auténtico giardino segreto, anejo a las habitaciones del monarca, quien se había reservado el ala occidental del palacio por sus magníficas vistas al valle del Manzanares, a la Casa de Campo y a la Sierra de Guadarrama.

A pesar de su ubicación junto a la transitada Plaza del Palacio (Plaza de la Armería), pasaba completamente desapercibido, al estar situado en un nivel más bajo, protegido por un muro que lo aislaba del gentío. Todo ello convirtió a este jardín en uno de los lugares preferidos de Felipe II.

Tenía una superficie de unos 1.000 metros cuadrados, distribuidos en una planta cuadrangular, quebrada en su lado norte por la base de la Torre Dorada. Estaba formado por dos caminos ortogonales cruzados, que daban lugar a cuatro cuadros, cada uno de ellos con una fuente en su punto central. En el cruce había dispuesta una quinta fuente, de mayor tamaño que las anteriores.


'Los volatineros delante del alcázar'. Jean L'Hermite (1596). Biblioteca Real, Bruselas.

El jardín se comunicaba con el alcázar por medio de la Galería del Cuarto del Rey (1585-86), que enlazaba la Torre Dorada con una de las torres que flanqueaban la entrada principal al edificio, tal y como puede apreciarse en el dibujo superior, de finales del siglo XVI.

Pese a la importante diferencia de cotas, también estaba conectado con El Parque (Campo del Moro), a través de unos pasadizos horadados en un muro de contención, mientras que unas escaleras le daban acceso a la Plaza del Palacio (Plaza de la Armería).

Asimismo, se barajó la idea de construir una galería que, partiendo del jardín, pusiese en contacto el alcázar con el edificio de la Real Armería y Caballerizas, ubicado en el otro extremo de la plaza. Finalmente fue levantado un muro ciego, a modo de eje de unión.

Debido a la disposición del jardín y del citado muro, la Plaza del Palacio no abarcaba la totalidad de la fachada del alcázar, sino únicamente su parte oriental, precisamente donde más visibles eran los primitivos elementos medievales. Quedaba fuera de su ángulo el sector más espectacular del palacio, donde se elevaba la majestuosa Torre Dorada.

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) fue construida una nueva fachada en el alcázar. Más tarde, con Carlos II (1665-1700) en el poder, se intervino sobre la plaza, ampliándola hacia el oeste y dotándola de galerías. Ello significó la desaparición del Jardín del Rey.


Proyecto de paredón para El Parque, Juan Gómez de Mora (1625). Archivo de la Villa, Madrid.

Uno de los documentos gráficos más valiosos que existen de este jardín es el proyecto que Juan Gómez de Mora (1586-1648) hizo para levantar un paredón en la barranquera del Campo del Moro, en el quedaba reflejada su planta. A este mismo arquitecto se debe otra excepcional imagen del jardín, en este caso tridimensional, en la maqueta que confeccionó para su proyecto de reforma del Real Alcázar.


Maqueta del Real Alcázar de Madrid. Juan Gómez de Mora (1625). Museo de Historia, Madrid.

El Jardín del Rey también era conocido con el nombre de los Emperadores, por los bustos de césares romanos, desde César a Domiciano, que decoraban el recinto. Les acompañaba una representación de Carlos V, así como una copia del célebre Espinario.

La colección, que reunía obras clásicas y renacentistas, estaba compuesta por dos series: la primera llegó en 1562, regalo del Cardenal Giovanni Ricci de Montepulciano a Felipe II, y la segunda en 1568, de manos del Papa Pío V. Estos bustos se reparten en la actualidad entre el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid.

En este lugar también estuvo la famosa escultura Carlos V dominando el furor (1551-64), que León y Pompeyo Leoni fundieron en bronce entre 1551 y 1564. La estatua fue llevada posteriormente a Aranjuez y, más tarde, al Jardín de la Ermita de San Pablo, en el Buen Retiro, y hoy día se encuentra en el Museo del Prado.


El emperador Tiberio. Escultura anónima (hacia el año 21). Museo del Prado, Madrid (fotografía del Museo del Prado).

Junto a los ornatos clasicistas, como los citados bustos o la presencia de un nicho en la cara meridional, el jardín también reunía elementos castizos. Hay constancia de la presencia de ladrillos toledanos en el solado (que posteriormente fueron sustituidos por guijarros, en la línea del Jardín del Rey, de Aranjuez) y de azulejos pintados en los zócalos, siguiendo la más pura tradición hispano-musulmana.

Artículos relacionados


Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Juan Gómez de Mora, Antonio Mancelli y Cassiano dal Pozzo, de José Manuel Barbello. Archivo Español de Arte, tomo 86 (páginas 107-122). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2013

Catálogo de la exposición 'El antiguo Madrid': catálogo general ilustrado, varios autores. Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid, 1926

Velázquez y su siglo, de Carl Justi. Colección Fundamentos, número 150. Ediciones Istmo, Tres Cantos (Madrid), 1999

lunes, 12 de mayo de 2014

San Isidro, en Roma

Celebramos la festividad de San Isidro recuperando la sección “Madrid fuera de Madrid”, en la que seguimos la pista de aquellos personajes, objetos o tradiciones que, teniendo un origen madrileño, han encontrado arraigo fuera de nuestra ciudad.

Viajamos hasta Roma, donde localizamos dos iglesias consagradas al patrón de la capital, conocido en Italia como Sant’Isidoro Agricola o Sant’Isidoro Lavoratore. No olvidemos que el nombre Isidro, que nos suena tan castizo, es realmente una degeneración de Isidoro.



La primera de ellas es Sant'Isidoro a Capo le Case, de estilo barroco, situada muy cerca de la célebre Via Veneto. Fue fundada en 1625 por Ottaviano Vestri di Barbiana, por entonces obispo de Túsculo, tres años después de que el Papa Gregorio XV canonizase a San Isidro, junto con Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Además del templo, fue creado un hospicio, que en un principio fue regentado por franciscanos españoles, sustituidos posteriormente por franciscanos procedentes de Irlanda. Por esta razón la iglesia también es llamada Sant'Isidoro degli Irlandesi. 

Sus arquitectos fueron Antonio Felice Casoni (1559-1634), Domenico Castelli (1582-1657) y Carlo Bizzaccheri (1656-1721), este último autor de la fachada, que se estructura en tres secciones. La inferior está formada por un pórtico, al que se accede a través de una doble escalera en rampa, mientras que la superior queda configurada por un frontón de remate circular, donde se inscribe una leyenda alusiva al santo madrileño.

La parte central es, sin duda, la más ornamentada. Se ilumina por medio de un vano, coronado con un sinuoso frontón de volutas, a cuyos lados se sitúan dos hornacinas, una con una estatua de San Patricio y otra de San Isidro.


'Sant'Isidoro e la Vergine Maria', de Andrea Sacchi.

El templo tiene una única nave y es de cruz latina. Su elemento más valioso es la Cappella da Sylva, erigida en honor del noble portugués Rodrigo López da Sylva, obra de Lorenzo Bernini (1598-1680). En el altar mayor se encuentra el lienzo Sant'Isidoro e la Vergine Maria, de Andrea Sacchi (1599-1661), en el que se representa a San Isidro realizando su milagro más famoso, el de los ángeles tirando de los bueyes. 

Además de ésta, Roma cuenta con otra iglesia dedicada a San Isidro, en las proximidades de la Piazza della Repubblica. O mejor dicho, contaba, porque de Sant'Isidoro alle Terme, llamada así porque fue edificada en un sector de las Termas de Diocleciano, solo queda su fachada barroca.

Sant'Isidoro alle Terme. Fotografía de Wikipedia.

El Papa Benedicto XIV (1675-1758) ordenó su construcción en 1754, a partir de un proyecto del arquitecto Giovanni Pannini (1720-1810). En los años cuarenta del siglo XX se decretó su derribo, en un intento de recuperar la estructura original de las termas.

Conocemos el aspecto que tenía el altar mayor gracias a un grabado del siglo XVIII, que reproducimos a continuación. La pintura que lo presidía repetía el mismo tema del cuadro existente en Sant'Isidoro a Capo le Case, con un esquema muy parecido.


domingo, 4 de mayo de 2014

La Puerta Norte del Jardín Botánico

La Puerta Norte del Jardín Botánico es hoy día el acceso principal de este jardín histórico. También conocida como Puerta de Murillo, por el nombre de la plaza donde se ubica, fue levantada en el último tercio del siglo XVIII, frente a la fachada meridional del Museo del Prado.



La historia del Jardín Botánico es la historia de un fracaso, tal vez el más importante de toda la carrera de Francesco Sabatini, a quien en 1774 le fue encomendada su construcción, para años después tener que abandonar, ante las fuertes críticas recibidas.

Pero también es la historia de un éxito, el de Juan de Villanueva, que en 1778 hizo el diseño definitivo, con los magníficos resultados que podemos admirar en la actualidad, máxima expresión del pensamiento ilustrado de la época y del exquisito gusto neoclásico del autor.

















Aunque oficialmente la salida de Sabatini se justificó por la imposibilidad de compaginar el trabajo con otros que estaba acometiendo simultáneamente, lo cierto es que su propuesta no complacía a nadie, especialmente a la comunidad científica.

El arquitecto italiano había ideado un espacio puramente ornamental, articulado a partir de un complicado trazado geométrico, claramente barroco, que no atendía a las necesidades expuestas por los botánicos para la clasificación de las especies vegetales.

Tampoco gustaba el sistema de riego planteado, basado en el incómodo método de transportar el agua en carros, que Villanueva sustituyó por una eficaz red de acequias de inspiración hispano-árabe, gracias a las cuales el riego llegaba a todos los planteles del jardín.


Planta del Jardín Botánico en 1781, cuando fue inaugurado. Fuente: 'Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid', de Miguel Colmeiro (1875).

Centrándonos en la puerta que ocupa nuestra atención, se trata de una creación posterior al propio jardín. Villanueva tomó la decisión de incorporarla a su proyecto cuando, en 1785, se le encargó la construcción del Museo del Prado, concebido inicialmente como Gabinete de Historia Natural, en las proximidades del Botánico.

Era una forma de que ambos recintos tuvieran una comunicación directa. También planeó realizar una plaza en exedra, para reforzar aún más ese eje de conexión, antecedente de la actual Plaza de Murillo.

'Entrada al Real Museo por la parte del Jardín Botánico', de Fernando Brambila (principios del siglo XIX). Ministerio de Hacienda, Madrid.

La Puerta Norte fue inaugurada el 23 de septiembre de 1789, horas después de celebrarse el acto de jura del futuro Fernando VII como Príncipe de Asturias, en la vecina Iglesia de los Jerónimos.

El heredero, los reyes y los infantes traspasaron solemnemente la entrada, mientras unos doscientos niños, portando antorchas, formaban un semicírculo en la Plaza de Murillo. Una vez en el jardín, les fue servida una espléndida cena dentro del Pabellón de Invernáculos (Pabellón de Villanueva).


La Plaza de Murillo en una fotografía de António Passaporte (entre 1927 y 1936). Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico.

Hasta entonces el acceso al Jardín Botánico se hacía desde la Puerta Real (o de Carlos III), enclavada en el mismo Salón del Prado, uno de los pocos elementos arquitectónicos del proyecto de Sabatini que pudieron materializarse.

Descripción

A diferencia de la Puerta Real, erigida a modo de arco triunfal, la Puerta Norte ofrece una solución más funcional, sin que ello menoscabe su monumentalidad. Juan de Villanueva integra dentro de un único volumen la función de vigilancia y la función de acceso, un planteamiento que le permite trascender el concepto tradicional del barroco para este tipo de estructuras.


Litografía de la puerta. Fuente: 'Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid', de Miguel Colmeiro (1875).

La eficacia de este esquema queda avalada en el momento actual, ya que, dentro de la puerta, han sido habilitados un control de seguridad y una taquilla, sin necesidad de ninguna construcción anexa. No hubiese ocurrido lo mismo si el acceso al Jardín Botánico se hubiese instalado en la Puerta Real.

La Puerta Norte consta de tres partes. En el centro se abre un vano adintelado, dividido en tres por dos columnas de orden toscano, que se reserva para el paso. A los lados se sitúan dos pequeños estancias, iluminadas por arcos de medio punto, donde estaban los centinelas. El arranque de los arcos aparece remarcado por una línea de imposta, que algunos investigadores no atribuyen a Villanueva.

Para el entablamento el arquitecto utiliza el mismo tipo de ménsulas que en el Pabellón de Invernáculos, con un total de veintiocho por cada una de las caras principales. Estas piezas generan un cierto ritmo, que ayuda a romper la fuerte horizontalidad de la composición.


El Pabellón de Invernáculos en una fotografía de António Passaporte (entre 1927 y 1936). Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico.

La verja de cierre fue fabricada en el siglo XVIII en la ciudad guipuzcoana de Tolosa, al igual que la que cerca todo el jardín. Es obra de Pedro José de Muñoa y Francisco de Arrivillaga.

Bibliografía consultada

Juan de Villanueva y el Jardín Botánico del Prado, artículo de Ramón Guerra de la Vega. Revista Villa de Madrid, número 91. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 1987.

Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid, de Miguel Colmeiro y Penido. Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, Imprenta de T. Fortanet, Madrid, 1875 (copia digital del Instituto de San Isidro, Madrid, 2009).

















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La Puerta de Recoletos
- La Puerta del Labrador
- La Puerta de Felipe IV

lunes, 28 de abril de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (1): el Jardín del Cierzo y El Parque

El Real Alcázar de Madrid fue la sede de la monarquía española desde 1561, año de la proclamación de la capitalidad de Madrid, hasta 1734, cuando sucumbió bajo las llamas. Erigido sobre una fortaleza medieval, donde hoy se ubica el Palacio Real, suscitó el interés de los reyes desde tiempos de los Trastámara y, muy especialmente, de los Austrias, quienes transformaron el viejo castillo en un lujoso palacio.

Felipe II (r. 1556-1598) fue uno de sus principales impulsores. No solo actuó sobre el edificio, sino también sobre su entorno, con la anexión de las parcelas colindantes para la creación de jardines y plazas. El proceso de adquisición de terrenos alrededor del alcázar dio comienzo en 1556, cinco años antes del establecimiento de la Corte en Madrid.


El alcázar y su entorno en el plano de Pedro Teixeira (1656).

Movido por el ideal renacentista de aproximación a la naturaleza, Felipe II promovió una organización del espacio a partir de tres principios rectores: una zona de placer y disfrute, una huerta para el abastecimiento y un coto de caza.

Sin embargo, las peculiares características del terreno, con profundos barrancos y desniveles, impidieron que ese ideal quedara plenamente materializado. Se construyeron diferentes jardines, que, si bien respondían a la triple funcionalidad antes apuntada, resultaron ser recintos fragmentados, con graves carencias compositivas, como la falta de coaxialidad o la articulación a partir de ejes quebrados.

La orografía también complicó otra de las aspiraciones de Felipe II: la conexión del Real Alcázar con la vecina Casa de Campo, que el soberano había concebido como una villa suburbana de recreo.

A pesar de todo, estamos ante uno de los primeros intentos de introducir el jardín renacentista en España, que, a diferencia del medieval, plantea una apertura al mundo exterior, buscando la integración de la naturaleza y de la arquitectura. Constituye también una de las primeras aproximaciones de la jardinería española a los modelos italianos, aunque muy limitada a los temas decorativos.

En esta serie de tres reportajes que hoy iniciamos, nos centramos en los principales jardines de la época de Felipe II: el del Cierzo, el Campo del Moro (El Parque), el del Rey y la Huerta de la Priora. Comenzamos con los dos primeros.

Jardín del Cierzo

Se trata del único jardín que existía en el Real Alcázar antes de la llegada al trono de Felipe II. De pequeñas dimensiones, se encontraba en la cara norte, en el solar actualmente ocupado por los Jardines de Sabatini. Estaba delimitado, además de por el propio edificio, por varios lienzos y cubos de la muralla, que servían de muros de contención.


'Vista de la fachada norte del Alcázar de Madrid' (dibujo anónimo). Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona. 

La comunicación con el palacio se hacía a través de la Galería del Cierzo, un corredor descubierto de dos plantas, formado por arcos en el nivel inferior y dinteles sobre zapatas en el superior. A través de este pasillo se accedía también a la Torre del Rey de Francia, una torre esquinera llamada así porque, en 1525, sirvió de prisión al monarca francés Francisco I (1494-1547).

La Galería del Cierzo fue levantada en 1539, por orden del emperador Carlos V, que quería suavizar la sobria fachada septentrional del palacio y abrirlo a la naturaleza. No olvidemos que, desde este punto, se divisaban unas espléndidas panorámicas de la Casa de Campo y de la Sierra de Guadarrama.

Plano del alcázar (Juan Gómez de Mora, 1626). Biblioteca Apostólica Vaticana, Ciudad del Vaticano. En tonos rojos, la Galería del Cierzo.

Nada más establecerse en Madrid, Felipe II ordenó intervenir en este recinto, con objeto de transformarlo en un lugar para el retiro. En 1562 encargó al arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) que acristalara la planta alta de la galería, según la moda inglesa que había visto en Londres, y que remodelara el jardín. Para éste, se optó por un trazado a cuadros, dispuestos de manera coordinada con las columnas del corredor.

Con el paso del tiempo, la parte norte del palacio fue perdiendo en importancia, a favor del ala meridional. El Jardín del Cierzo dejó de usarse como tal y terminó convertido en un patio de servicios. Por su parte, la galería fue transformada en un espacio de arte (aquí fueron depositados tres de los vaciados escultóricos que Velázquez se trajo de Italia, además de la célebre copia del Hermafrodito de la Colección Borghese, que el pintor encargó en 1652).


'Hermafrodito' (Mateo Bonuccelli, 1652). Museo del Prado, Madrid  (fotografía del Museo del Prado).

El Parque (Campo del Moro)

En 1556 Felipe II decidió adquirir las tierras situadas a los pies de la fachada occidental del Real Alcázar, que, según la documentación de la época, estaban divididas en cuarenta parcelas, cada una de distinto propietario. Uno de ellos era el párroco de la Iglesia de Santa María, que tenía en esa zona un pequeño huerto.

La nueva posesión real recibió el nombre de El Parque. Era mayor que el actual Campo del Moro, pues llegaba hasta las mismas orillas del río Manzanares y, a través del Campo de la Tela (Parque de Atenas), hasta la Puente Segoviana (Puente de Segovia). Estamos hablando de 22 hectáreas, aproximadamente, que se extendían 55 metros por debajo de la cota del palacio.


Madrid en el siglo XVII (pintura anónima). Museo de Historia, Madrid. El alcázar aparece a la izquierda, con El Parque a sus pies.

Fue un espacio reservado a la caza menor. De ahí que fuera concebido como un bosque, con alguna que otra pradera, destinada a la alimentación de las especies animales. En las partes más próximas al Arroyo de Leganitos (Cuesta de San Vicente), las plantaciones se hicieron sin ningún tipo de orden, simulando la naturaleza virgen, mientras que en las restantes sí que se buscó la alineación de los árboles, tal y como puede apreciarse en el plano de Teixeira (primera imagen incluida).

La realidad es que El Parque apenas fue utilizado como cazadero, dada la mayor riqueza cinegética de la vecina Casa de Campo, que le desplazó de esta función. Terminó siendo una zona de paso, por lo que finalmente fueron trazados unos caminos, que dirigían directamente hacia las puertas de salida.

El acceso a la Casa de Campo desde el alcázar era muy complicado. Los coches salían del palacio desde su lado meridional y tomaban una senda junto a la fachada oeste, que, bordeando la barranquera, les llevaba cerca del Arroyo de Leganitos. Desde aquí cruzaban diagonalmente El Parque, hasta llegar al Puente de Segovia. Un camino paralelo a la margen derecha del Manzanares les conducía a la entrada principal del Real Sitio.


Proyecto de Caxés (1570-75). Biblioteca del Palacio Real de Madrid.

Entre 1570 y 1575, el arquitecto y pintor italiano Patricio Caxés (1544-1611) proyectó unir el Real Alcázar con la Casa de Campo, a través de El Parque. Su propuesta, que no pudo llevarse a cabo, no solo habría mejorado la comunicación entre los dos enclaves, sino también la fisonomía del propio palacio, al romper su silueta de edificio cerrado y compacto.


Proyecto de Caxés (detalle de la escalera, pérgola y galería).

Caxés contempló la construcción de una doble escalera en espiral que, arrancando desde las estancias reales y confluyendo en una pérgola elíptica, se conectaba con una galería que llegaba hasta las orillas del Manzanares. Un puente de tres ojos, hecho en madera y cubierto con un tejadillo y celosías para proteger la intimidad de los reyes, permitía enlazar con la Casa de Campo.


Proyecto de Caxés (detalle de la galería y del puente).

Artículos relacionados

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (3): la Huerta de la Priora y otros jardines

Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

La Casa del Campo, de Pedro Navascués, María del Carmen Ariza y Beatriz Tejero, sección del libro A propósito de la 'Agricultura de los Jardines' de Gregorio de los Ríos (páginas 137-159). E. T. S. Arquitectura, Universidad Politécnica de Madrid, Madrid, 1991

Pervivencia de los elementos defensivos medievales en el Real Alcázar de Madrid, del siglo IX a 1734, de Enrique Castaño Perea. IV Congreso de Castellología, Madrid, 2012

La Real Capilla del Alcázar de Madrid: análisis de la documentación gráfica existente para completar una reconstitución gráfica, de Enrique Castaño Perea. Universitat Politècnica de València, Valencia, 2012

Catálogo de la exposición Ecos de Velázquez, de Elena Castillo Ramírez e Irene Mañas Romero. Fundación Cajamurcia, Murcia, 2008

Cercas, puertas y portillos de Madrid (siglos XVI-XIX), de Luz Maria del Amo Horga. Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2003

lunes, 21 de abril de 2014

En el Museo Arqueológico Nacional

Nos acercamos a la Calle de Serrano para visitar el Museo Arqueológico Nacional, que acaba de reabrir sus puertas, después de más de seis años cerrado por obras. Los trabajos de remodelación han durado más de la cuenta, pero los resultados finales no han podido ser mejores.

No solo se ha intervenido sobre el edificio, con una nueva organización espacial, que ha permitido ganar un 26% más de superficie útil, sino que también se han introducido nuevos criterios museográficos, que facilitan una mejor comprensión de los 13.000 objetos expositivos que se muestran al público.



Nuestro recorrido se inicia por las salas dedicadas a la Prehistoria, donde el territorio actualmente ocupado por la Comunidad de Madrid cobra un protagonismo especial. De los abundantes yacimientos existentes en nuestra región han salido piezas de enorme valor histórico, como el célebre Vaso de Ciempozuelos, de la Edad de Bronce, que ha dado nombre a uno de los estilos artísticos de la cultura campaniforme.



No podía faltar alguno de los innumerables objetos descubiertos en las terrazas del Manzanares, como este bifaz del Pleistoceno Medio, que nuestros antepasados utilizaban en tareas relacionadas con la carnicería o la talla de madera, entre otras.



Después de admirar la soberbia colección de estatuas ibéricas que posee el museo, tal vez su principal seña de identidad, damos el salto a la Hispania Romana, donde nos encontramos con este mosaico del Genio del Año, descubierto en Aranjuez y datado a finales del siglo II.



Continuamos por las salas dedicadas a la Antigüedad Tardía, centradas en el periodo visigótico, y de ahí pasamos al Mundo Medieval. Aquí nos esperan tres espléndidas esculturas de origen madrileño, de las que hemos hablado en varias ocasiones desde estas páginas.



La estatua orante de Pedro I el Cruel, realizada en la primera mitad del siglo XV, y el sepulcro gótico de Constanza de Castilla (1478), su nieta, comparten el mismo recinto, casi frente a frente. No en vano fue ésta quien ordenó trasladar los restos mortales de su abuelo a Madrid.


Detalle del sepulcro de Constanza de Castilla.

Ambos grupos escultóricos se encontraban en el desaparecido Convento de Santo Domingo el Real, al igual que esta delicada cabeza de paje, del siglo XV o XVI, que formaba parte de un cenotafio.


Las salas correspondientes a la Edad Moderna nos sorprenden con varias piezas de la capilla funeraria del obispo Alonso de Castilla, que también estuvo situada en Santo Domingo, según vimos en el primer capítulo de la serie "Escultura madrileña del primer Renacimiento". Fue construida entre 1538 y 1541.



De aquel conjunto se conserva la estatua del obispo, realizada por Esteban Jamete y Gregorio Virgany, además de una Asunción de María, obra del último autor citado, y de una Virgen con el Niño, que diferentes investigadores atribuyen a Francisco Hernández.



Otro de los objetos que llaman nuestra atención es la reja del sepulcro del Cardenal Cisneros, procedente de la Iglesia de San Ildefonso, de Alcalá de Henares. Nicolás de Vergara el Viejo comenzó su fabricación en 1566, pero fue su hijo, Nicolás de Vergara el Mozo, quien la terminó en 1599.



Del segundo tercio del siglo XVII es esta magnífica estatua funeraria de Juan de Solórzano Pereira, hecha en alabastro posiblemente por Juan Correa. Estuvo instalada en la capilla mayor de la iglesia del Convento de monjas del Caballero de Gracia.



Y aunque nos quedan muchas salas por ver, terminamos nuestra visita con esta suntuosa silla de manos, que el pintor madrileño Luis Paret decoró con temas mitológicos que simbolizan el Amor y la Amistad. Está fechada entre 1770 y 1775.