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jueves, 26 de agosto de 2010

La Iglesia de San Bernabé, de El Escorial


Fuente de la imagen: Archidiócesis de Madrid

Si existe algún estilo propio y característico de la Comunidad de Madrid, ése es sin duda el herreriano. Llamado inicialmente estilo desornamentado, por su insistencia en las formas geométricas limpias y depuradas, se fue forjando a lo largo de los más de veinte años que duraron las obras del Real Monasterio de El Escorial (1563-1584).

De allí saltó a los pueblos de la vertiente meridional de la Sierra de Guadarrama, que, al auspicio de las ayudas concedidas por la Corona, reformaron sus edificios principales a partir de las trazas definidas por Juan de Herrera. Pasó después a Madrid, donde se convirtió en la arquitectura oficial de los Austrias, para finalmente expandirse por toda España.

La lista de localidades madrileñas con construcciones herrerianas es tan extensa como desconocida. Galapagar, con el Puente Nuevo, Torrelodones, con la Fuente del Caño y el desaparecido Real Aposento, Valdemorillo, Colmenarejo y Navalagamella, con sus respectivas iglesias parroquiales, son algunas muestras de la rápida propagación que tuvo esta corriente en el último tercio del siglo XVI.

Incluso en el propio ámbito del Real Sitio de El Escorial, donde se alza la imponente silueta del monasterio, encontramos otros magníficos ejemplos de arquitectura herreriana, que han quedado ensombrecidos por la excelencia artística del magno edificio.

Cabe destacar la Primera y Segunda Casa de Oficios, obra de Juan de Herrera, así como la Casa de la Compaña, que realizó Francisco de Mora, discípulo de aquel. A este último arquitecto se debe también la Iglesia de San Bernabé, que describimos a continuación.



Historia y descripción

La Iglesia de San Bernabé (1594-1595) fue una de las obras promovidas por Felipe II (r. 1556-1598) dentro del plan de adecuación y ordenación urbanística del núcleo urbano de El Escorial.

Se trataba de que la pequeña aldea escurialense, en cuyo término fue fundado el monasterio, tuviese las infraestructuras necesarias para dar servicio a los cortesanos y al personal vinculado con la Real Fundación.

El templo se levantó en un tiempo récord, en apenas dos años. Fue inaugurado el 21 de septiembre de 1595 por el obispo de Segovia, de cuya comunidad de villa y tierra dependía en aquel entonces El Escorial.

Por su periodo de construcción (diez años después de que se dieran por finalizadas oficialmente las obras del Monasterio de El Escorial), por su ubicación geográfica (en el corazón mismo del Real Sitio) y por su autoría (se debe al arquitecto Francisco de Mora, discípulo de Juan de Herrera), ejemplifica, como ningún otro edificio, los planteamientos esenciales del estilo herreriano.

A saber: rigor geométrico, relación matemática entre los distintos elementos arquitectónicos, volúmenes limpios, predominio del muro sobre el vano y ausencia casi total de ornamentación. Todos estos rasgos están presentes en estado puro tanto en el exterior como en el interior de la iglesia, que ha llegado hasta nosotros tal y como Francisco de Mora la concibió, sin grandes transformaciones posteriores.

Interior

El templo es de planta rectangular. Se estructura en una única nave, curiosamente sin crucero, que se cubre con bóveda de cañón, reforzada con arcos fajones.

La sensación de túnel que provoca este tipo de cubierta se corrige mediante una galería de arcos de medio punto a cada lado, en cuya parte superior se abren vanos que permiten la entrada de la luz natural, mientras que en la inferior hay alojadas varias capillas.

Con idéntico propósito, Mora situó el altar mayor en un nivel más elevado, cubriéndolo igualmente con una bóveda de cañón, pero de menores dimensiones que la del cuerpo principal. Se crea así un efecto de profundidad y, al mismo tiempo, de cierre.

Esta parte está presidida por un retablo de factura clasicista, obra del propio arquitecto, donde se exhibe una pintura de Juan Gómez, que aborda el martirio de San Bernabé, lapidado hacia el año 70 en la ciudad de Salamina, según la tradición católica.



Exterior

En cuanto al exterior, la fachada principal destaca por su absoluta sobriedad, con una sencilla portada adintelada y un vano rectangular. Su elemento más singular es un tejadillo de pizarra, sobre el que se dispone, en un plano diferente, un frontón triangular, coronado con un pequeño pináculo, en el que descansa una esfera.

Está custodiada por dos torres laterales, que se rematan con los típicos chapiteles escurialenses, que dan algo de verticalidad al conjunto, principalmente gracias a la esbeltez que se deriva de la configuración de los tejados a seis aguas.

No hay prácticamente motivos decorativos, con excepción de diferentes bolas, colocadas en los contrafuertes situados a los lados del edificio, en la punta de los chapiteles y, como ya se ha señalado, también en el frontón de la fachada.

Como mandan los cánones herrerianos, la fábrica es enteramente sillería de granito, con la salvedad de la piedra de pizarra que da forma a los tejados.



Fotografías de Guerra Esetena, también publicadas en Wikipedia.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La iglesia fortificada de Navalquejigo

En la Sierra de Guadarrama se conservan distintas iglesias fortificadas, la mayor parte de ellas de origen tardomedieval o prerrenacentista. Presentan elementos típicos de la arquitectura militar, tales como almenas, matacanes o torrecillas, que fueron integrados en la construcción con una finalidad defensiva, siguiendo una costumbre arrastrada de la Edad Media.

Sin embargo, cabe suponer que nunca hubo un uso auténticamente militar, dado el momento histórico en el que fueron edificadas, una vez finalizadas las primeras fases de los procesos de repoblación cristiana. Hay que considerar, más bien, que desarrollaron una función disuasoria, en el contexto de las disputas de las diferentes casas señoriales y concejos.

De todos los templos fortificados madrileños el más notable es, sin duda, la imponente Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Robledo de Chavela. Menos conocidas, pero igualmente interesantes, son las iglesias de Alpedrete, Braojos, Miraflores de la Sierra y Navalquejigo, entre otras muchas. Nos ocuparemos en el presente artículo de esta última, una de las más singulares, pese a sus reducidas dimensiones y delicada conservación.



La iglesia de Navalquejigo se encuentra arruinada, con las cubiertas y muros derruidos. Se halla en el término de El Escorial, junto a Las Zorreras y Los Arroyos, dos núcleos residenciales del citado municipio. Fue la parroquia de Navalquejigo, un antiguo pueblo que quedó abandonado en el último tercio del siglo XX y que, en la actualidad, sirve de refugio a unos cuantos 'okupas', que han procedido a la restauración de algunos de sus edificios.

Recibió el rango parroquial en el año 1564, a instancias del rey Felipe II, quedando bajo la advocación de la Exaltación de la Santa Cruz. Previamente, el monarca había adquirido las tierras de Navalquejigo para anexionarlas al Real Sitio de El Escorial, junto a otros territorios y fincas de la zona, como La Herrería, La Fresneda y El Campillo.

No obstante, la fundación del templo es bastante anterior. Es muy probable que fuese levantado en el siglo XIII, época a la que corresponden la parte inferior de sus muros y el arco interior de la fachada principal, que pertenece a un románico de transición. Todo lo demás son añadidos posteriores, principalmente del siglo XV.

Fachada principal

La fachada principal, la parte más importante de todo el conjunto, es fruto de las reformas llevadas a cabo en el siglo XV. Durante estas obras, la iglesia se rehizo por completo, utilizándose como referencia arquitectónica la Capilla de la Santísima Trinidad, de la finca escurialense de El Campillo, fundada en tiempos de Enrique IV.


Detalle del matacán, en la fachada principal (siglo XV).

Se orienta a levante y presenta fábrica de mampostería de granito, material muy abundante en las comarcas guadarrameñas, aunque también hay partes de sillería, labradas toscamente. Está coronada con una espadaña de tres vanos, de medio punto, en cuya base se dispone en saliente un matacán o balconada defensiva, elemento muy característico de las fortalezas.

Debajo del matacán, se sitúa la entrada, en la que se yuxtaponen dos arcos de medio punto, de los cuales el interior es el más antiguo, probablemente del siglo XIII, tal y como se ha señalado antes (véase la última imagen del post).

Esta fachada sirvió de modelo a la iglesia fortificada de Alpedrete, que también es del siglo XV, si bien es posterior a la de Navalquejigo. Hablaremos de ella en otro artículo, aunque puede anticiparse que se trata de una copia mejorada en todos los aspectos, no sólo en lo que respecta a sus mayores dimensiones, sino también a la fábrica, toda de sillería, y a la estructura, con arco escarzano en la portada y una torrecilla en uno de los lados.

Otros elementos arquitectónicos

La iglesia de Navalquejigo estuvo estructurada en tres naves y llegó a contar con cinco capillas. De todo ello no queda más que un amplio solar y los restos de los antiguos muros, que, pese a la ruina, aún tienen una altura considerable, hasta la línea de imposta. También se mantienen en pie dos contrafuertes, situados en la fachada norte.


Muros de la fachada meridional (siglo XV).

En referencia a la cabecera, ésta sí que ha llegado a nuestros días más o menos completa. Fue realizada en 1591, como así se recoge en una inscripción, y presenta un inconfundible trazado herreriano, estilo que, con la construcción del cercano Monasterio de El Escorial, tuvo una rapidísima expansión por la Sierra de Guadarrama, especialmente por su vertiente madrileña.

Es de planta cuadrangular y presenta cubiertas de teja árabe. Aunque no tuvimos oportunidad de acceder al interior de la cabecera, pues está cerrada a cal y canto, aquí dentro se guarda o guardaba una interesante pila bautismal, decorada en gajos y labrada en el siglo XVI. Desconocemos si aún se encuentra ahí, pues hace bastantes años que el diario El País publicó que alguien se la había llevado para decorar su finca particular.


La cabecera (en el centro) se unía a la sacristía mediante un arco triunfal apuntado, cuyo contorno puede verse en la imagen. A la derecha, aparece la sacristía. Ambas estructuras son de estilo herreriano y se construyeron a finales del siglo XVI.

Al siglo XVI corresponde también la sacristía, adosada a la fachada meridional, aunque, en este caso, el estado de conservación es muy deficiente, con los muros únicamente en pie. Al igual que la cabecera, este cuerpo está hecho enteramente en sillería, tal y como mandan los cánones herrerianos.

Por favor, basta ya

Como puede comprobarse en la fotografía inferior, los 'grafiteros' siguen haciendo de las suyas, demostrando el más absoluto desprecio hacia nuestro patrimonio, aunque, en este caso, por lo menos han respetado la piedra.


Detalle de la portada: el arco exterior es del siglo XV y el interior del XIII.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La Casita del Príncipe, de El Escorial



Fachada principal, orientada al este.

La Casita del Príncipe, también llamada de Abajo, se encuentra en el Real Sitio de El Escorial, en medio de un frondoso bosque. Fue mandada construir por Carlos IV en 1771, cuando todavía era Príncipe de Asturias, a semejanza de las casas de campo francesas y de los casinos italianos, que empezaron a estar de moda en España a partir del reinado de Carlos III.

El nombre oficial del palacete, Casa de Campo de El Escorial del Príncipe Nuestro Señor, informa de esta influencia. Se trataba de que el joven príncipe dispusiera de un lugar donde pudiera relacionarse con la naturaleza y poner en práctica sus aficiones, concretadas en la caza, la música y la botánica, liberándose de la etiqueta que exigía su rango.

Las visitas reales no duraban más de un día, lo que explica que la Casita del Príncipe no tenga dormitorios. En cambio, sí que hay cocinas, donde se preparaban los platos de caza y se daba rienda a otra de las aficiones del príncipe, la gastronomía.

Además de la Casita del Príncipe de El Escorial, Carlos IV ordenó edificar otra en El Pardo (1784) y, ya siendo soberano, hizo levantar la Real Casa del Labrador (1790-1803), en Aranjuez. Todas ellas fueron realizadas por Juan de Villanueva, si bien, en el caso del último palacete citado, el gran arquitecto madrileño sólo pudo intervenir en las primeras fases de la construcción.

Gabriel de Borbón, hermano de Carlos IV, también tuvo su propia casa de campo. La Casita del Infante o de Arriba (1771-1773) fue erigida al mismo tiempo que la del Príncipe, en un enclave muy próximo, y fue igualmente proyectada por Villanueva.

Una joya del neoclasicismo

La Casita del Príncipe es un pequeño edificio neoclásico de apenas 27 metros de largo, en su fachada principal. A pesar de sus reducidas dimensiones, condensa con enorme precisión las líneas esenciales de la carrera profesional de Juan de Villanueva y preconiza las bases de su gran obra maestra, el Museo del Prado, que se comenzó mucho más tarde.

El palacete se construyó entre 1771 y 1773 y, diez años después, fue objeto de una ampliación, que prácticamente duplicó su superficie original. A la primera fase corresponde el cuerpo principal, de planta rectangular y con una única altura, excepto en su núcleo central, donde hay dos. Éste integra un pórtico de cuatro columnas dóricas y cornisamento, sobre el que descansan una balconada y dos pequeñas columnas dóricas, que dan forma a la elegante fachada principal, orientada al este.

En la segunda etapa, Villanueva ideó un eje perpendicular, que, partiendo de la cara posterior del citado núcleo central, se prolonga hacia el oeste, configurándose una planta con forma de T invertida. La ampliación supuso integrar dos nuevas dependencias, denominadas Salón Grande y Sala Ovalada, y un pórtico con dos columnas jónicas.


Fachada occidental, con el eje añadido entre 1781 y 1783.

El conjunto de la Casita del Príncipe no sólo destaca por la excelencia arquitectónica de su palacete, sino también por sus jardines y parque, que se conservan casi en su estado original. También se deben a Juan de Villanueva.

Los jardines se distribuyen en dos zonas. La primera de ellas se extiende alrededor de la fachada principal, orientada, como se ha dicho, al este, e integra una plaza circular, decorada con una fuente, de la que parten ocho calles radiales. La segunda, realizada durante la segunda fase señalada, se sitúa en la parte posterior del edificio, al oeste, y presenta un trazado hipodámico, estructurado a partir de un gran estanque.



Dos vistas de los jardines posteriores, proyectados por Villanueva.

Con respecto al interior del palacete, hay tanto que hablar que da para otro artículo. Prometemos analizar más adelante la distribución de las salas y su suntuosa ornamentación.

De momento, sólo decir que la decoración original fue prácticamente destruida durante la invasión napoleónica y que, a principios del siglo XIX, fue renovada por orden del rey Fernando VII. Ésta es la que ha llegado a nuestros días, no sin alguna que otra transformación posterior.