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lunes, 30 de septiembre de 2013

Los jardines renacentistas del Castillo de la Alameda

Visitamos el Castillo de la Alameda, que, gracias a la restauración desarrollada por el Ayuntamiento de Madrid entre 2007 y 2010, ha conseguido salvarse de lo que era una ruina inminente y ser recuperado para su musealización.



Se encuentra en lo que antiguamente fue la villa de la Alameda de Osuna, hoy convertida en uno de los cinco barrios del distrito de Barajas. Está en lo alto de un suave promontorio, desde el que se domina todo el valle del Jarama, dentro de un enclave que ha estado poblado desde tiempos prehistóricos.

El castillo pudo ser levantado hacia 1400, tras la concesión del señorío de la Alameda a la familia de los Mendoza por parte de la Corona. Lo más probable es que Diego Hurtado de Mendoza (1367-1404), padre del célebre Marqués de Santillana, fuese su fundador.

A pesar de su aspecto fortificado, ha tenido a lo largo de la historia una función preferentemente residencial, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XV, cuando la fortaleza fue transformada en un palacio renacentista, con jardines, fuentes, patios con galerías y pavimentos de guijarros, entre otras muchas mejoras.

Recreación del palacio del siglo XV. Fuente: Museos de Madrid.

La reforma fue promovida por Francisco Zapata de Cisneros, uno de los miembros más notables del linaje madrileño de los Zapata, cuyos ascendentes se habían hecho con el castillo, por medio de lazos matrimoniales.

Fruto de esta remodelación fue la construcción de un jardín perimetral, aprovechando la cavidad del foso, en la línea de otras actuaciones de la época, como la que impulsó el rey Felipe II en el Palacio de El Pardo en el año 1562.

Vista aérea del castillo. Fuente: Museos de Madrid.

El foso del Castillo de la Alameda sorprende por su enorme tamaño, muy desproporcionado si se tienen en cuenta las reducidas medidas del núcleo principal, apenas 200 metros cuadrados. Llega a alcanzar doce metros de anchura y seis de profundidad.

Estas considerables dimensiones permitieron crear un amplio espacio para el esparcimiento, en el que convivían especies ornamentales y ortícolas, siguiendo el principio renacentista de que los jardines debían proporcionar belleza visual y, al mismo tiempo, permitir el cultivo de hortalizas y frutas.

Para la creación del jardín fue necesario rebajar la contraescarpa o pared externa del foso, ya que tenía una inclinación excesiva. Toda esta parte fue revestida con un muro con contrafuertes rematados por arcos de medio punto, que contribuían a la monumentalidad del recinto.



Una red de canalizaciones, que se alimentaba de un manantial exterior, garantizaba el riego, al tiempo que suministraba agua a las distintas fuentes ornamentales.

Había cuatro fuentes de planta octogonal, una en cada esquina, así como una fuente de burlas, un artilugio que se puso de moda en el siglo XVI consistente en varios surtidores escondidos, que se accionaban desde lejos para sorprender a los paseantes.



Asimismo, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo han revelado la existencia de un sistema hidráulico en los muros del foso, que permitía las plantaciones verticales.

Un estanque situado al sur del castillo recogía el agua sobrante de las fuentes, que era conducida a través de una tubería. Tenía un tamaño importante, como prueba el hecho de que contase con una isla. Era utilizado para pescar y para la navegación recreativa en barcas.


Restos del estanque, en 1953.

El acceso al foso se realizaba mediante dos túneles, uno desde el interior del palacio y el otro desde el exterior. Fuera de este recinto, había también jardines y, principalmente, huertas de labor.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Castillo de Aulencia

El Castillo de Aulencia o de Villafranca se encuentra en el término municipal de Villanueva de la Cañada, en un espigón donde confluyen los ríos Aulencia y Guadarrama, dentro de una finca privada.



En este paraje existió un antiguo pueblo medieval, que, según se recoge en el Libro de la Montería, escrito en la primera mitad del siglo XIV, era conocido como El Horcajo, nombre que posteriormente fue sustituido por el de Villafranca, a instancias del rey Juan II de Castilla (1405-1454).

Su primer señor fue García Hernández, aunque, en 1450, el lugar pasó a manos de Alonso Álvarez de Toledo, coincidiendo con la fundación de un mayorazgo. Lo más probable es que el castillo fuera levantado en ese momento.

Las primeras referencias de la fortificación son del 10 de marzo de 1494. En un documento datado en Medina del Campo se dicta una instrucción para que "el alcalde de Villafranca haga vida con su mujer y deje a su manceba".

Villafranca entró en decadencia en el siglo XVIII, cuando los Álvarez de Toledo perdieron la propiedad, y quedó completamente despoblada a principios del XIX. Su topónimo pervive en la actualidad en la urbanización Villafranca del Castillo.

En el siglo XX la fortaleza ya estaba arruinada. Pese a ello, durante la Guerra Civil (1936-1939), fue utilizada como refugio de una brigada de soldados soviéticos, que apoyaban al bando republicano. En julio de 1937, mientras se disputaba la Batalla de Brunete, sufrió graves daños, al ser bombardeada por las tropas franquistas.



El Castillo de Aulencia es cuadrangular. Mide aproximadamente 25 metros de lado, unas dimensiones ciertamente reducidas si las comparamos con las del Castillo Nuevo de Manzanares el Real (44 por 36) o con las del Castillo de Santiago, en Fuentidueña de Tajo (110 por 50).

Su elemento más destacado es la torre del homenaje, que ocupa la cuarta parte de la planta del conjunto. Tiene una altura de más de 20 metros y un ancho de 14 por 13. Se encuentra adosada a una de las esquinas y consta de varios pisos, aunque, dado el estado de ruina, solo es accesible el inferior. Éste consta de dos salas abovedadas, comunicadas entre sí, con entradas al patio de armas.

Con diferente grado de conservación, se mantienen en pie ocho torres semicilíndricas, cuatro de ellas situadas en los ángulos y las restantes en la parte central de los paños. Los muros tienen unos seis metros de alto y un grosor de un metro y medio.

También hay restos de una barbacana o antemuro, además de diferentes cámaras subterráneas. Tiene fábrica de mampostería con encintados de ladrillo.


Planta del castillo.

lunes, 15 de julio de 2013

Puerta Cerrada, número 4

En la primavera de 2011 fue demolido el edificio existente en el número 4 de la Plaza de Puerta Cerrada. Ello significó la desaparición de uno de los murales que el diseñador Alberto Corazón pintó en 1983, pero, a cambio, quedaron al descubierto varios restos del recinto amurallado que los cristianos levantaron Madrid entre los siglos XI y XII.



En una de las esquinas del solar liberado, puede verse un lienzo de la muralla, que arranca desde el suelo y llega hasta la segunda planta. Todo parece indicar que forma parte del muro que fue documentado en el último tercio del siglo XX, aunque en referencia al número 6 de la plaza, donde se encuentra el Bar La Escondida.



Se trata de uno de los lienzos más importantes que se conservan de la muralla, pues no solo mantiene completa la altura original, sino también el adarve o camino de ronda e, incluso, el pretil. Solo que, desde el número 4, no podemos ver más que un pequeño fragmento, correspondiente a la base, que apenas permite hacerse una idea de sus auténticas dimensiones.

Más relevante, si cabe, es el arco de medio punto que se abre justo encima. Podría pertenecer al torreón de la muralla que comparten, desde sus respectivas traseras, los números 4 y 6 de la Plaza de Puerta Cerrada y el número 4 de la Cava Baja.

Si se confirman nuestras sospechas, podríamos estar ante la puerta de ingreso a la torre, desde el adarve. En su interior, se observa una escalera en ascenso, actualmente apuntalada, que, pese a los materiales modernos que la recubren, bien podría tener un origen medieval.



Solo esperamos de nuestras autoridades que pongan un especial empeño para salvaguardar estos restos y que faciliten todos los medios para su exploración y estudio. Desde que se produjera el derribo, hace ya más de dos años, apenas hemos visto actividad en la zona.

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lunes, 7 de mayo de 2012

La muralla de Escalinata 21 ha quedado visible

Según hemos podido saber en el Foro del Viejo Madrid -al que desde aquí mandamos un cariñoso saludo-, el lienzo de muralla existente en el número 21 de la Calle de la Escalinata, junto a la Plaza de Isabel II, ha quedado al descubierto, tras ser retirados los paneles de protección que impedían su visión.



Los vestigios se corresponden con la primitiva muralla cristiana, que se empezó a levantar a finales del siglo XI o principios del XII, una vez que la ciudad musulmana de Mayrit pasó a manos de la Corona de Castilla y León.

Fueron hallados en el año 1988, al derribarse un inmueble, que tenía integrados estos restos medievales dentro de la medianería que compartía con un edificio contiguo, accesible desde la Calle del Espejo (paralela a Escalinata).

Al tratarse de un patrimonio protegido, no pudo construirse sobre los terrenos liberados. Para suavizar el impacto visual que suponía la presencia de un solar vacío en una zona monumental como la de Ópera, se optó por cercarlo con unas vallas metálicas, que, a modo de trampantojo, simulaban una fachada y que, al mismo tiempo, servían de soporte publicitario.

Hace unas cuantas semanas los paneles fueron eliminados, dejando visible un muro medianero, en el que hay incrustado un lienzo de mampostería, en cuyo interior se abre un vano de medio punto, hecho en ladrillo.

Es inevitable relacionar esta oquedad con el arco medieval que hay en el sótano de un restaurante próximo, ubicado en el número 3 de la Plaza de Isabel II. ¿Serán la entrada y la salida de la misma puerta?

Sea como sea, ese acceso se encuentra ahora varios metros sobre el suelo, lo que da cuenta de cómo ha sido modificado el terreno. Debe considerarse que, en esta zona, existían unos profundos barrancos, que, con el paso del tiempo, se fueron suavizando hasta conformar un entorno de apariencia llana o, a lo sumo, con pequeñas cuestas.


Plaza de Isabel II, número 3. 


Calle de Escalinata, 21.

El solar se ha cubierto con una capa de cemento,al tiempo que ha sido instalada una verja, que protege el lugar, sin impedir la visibilidad.

Todo parece indicar que estas acciones están relacionadas con el Plan Temático del Recinto Amurallado, que el Ayuntamiento de Madrid empezó a gestar en 2007.

Según podemos leer en la web municipal, su objetivo es "poner en valor los restos existentes en los edificios, establecer criterios de tratamiento de los espacios libres públicos que refuercen la singularidad del recinto y contribuir a la mejora ambiental y la habitabilidad".

Si esto es realmente así, mucho nos tememos que el citado plan se ha quedado muy corto, al incidir tan sólo en el envoltorio visual y truncar toda posibilidad de cata arqueológica con la pavimentación del suelo.

Estaremos pendientes para ver si, al menos, se procede, no ya a la restauración, sino a un mínimo acondicionamiento de los restos. O si, por el contrario, como ocurre con otros fragmentos de la muralla, los dejaremos sin consolidar, con las piedras desprendiéndose poco a poco.

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lunes, 5 de septiembre de 2011

La Muralla de Buitrago del Lozoya

Uno de nuestros lugares preferidos es el recinto amurallado de Buitrago del Lozoya, que, con sus 800 metros de perímetro, es el mejor conservado de la región madrileña y el único que ha llegado hasta nosotros íntegro.



La primera muralla con la que contó Buitrago fue levantada entre los siglos IX y XI, durante el periodo andalusí. Surgió en el contexto defensivo de la Marca Media, un vasto territorio situado en el centro peninsular, que los musulmanes habían fortificado para garantizar la defensa de Toledo, por medio de una jerarquizada red de plazas fuertes, atalayas y caminos militares.

Esta construcción no sólo no desapareció cuando se produjo la reconquista castellano-leonesa, sino que fue reforzada y ampliada por los cristianos para facilitar la repoblación de la zona.

Su apariencia actual es fruto de sucesivas intervenciones que se extendieron desde el siglo XI, una vez que el rey Alfonso VI (r. 1072-1109) se apoderó del enclave, hasta el siglo XV, cuando cesaron las luchas territoriales entre los diferentes señores feudales.

Para fortificar la plaza, los cristianos emplearon usos constructivos musulmanes -asimilados a través de los mudéjares-, como los que pueden verse en las escasas muestras de arquitectura militar andalusí existentes en la comunidad autónoma. Es el caso de las ruinas de Alcalá la Vieja, en Alcalá de Henares, y de la propia muralla árabe de Madrid.

Un claro ejemplo es el tipo de fábrica, consistente en mampostería encintada con ladrillo, por no hablar de la presencia de torres cuadrangulares, macizas y con escaso saliente, en lugar de las torres de planta circular, típicamente cristianas.



Descripción

La Muralla de Buitrago está situada en un pronunciado meandro del Lozoya, que le confiere una forma de triángulo escaleno. Los dos lados principales se encuentran a orillas del río, que actúa como una barrera defensiva natural, mientras que el tercero se eleva sobre tierra firme, en una zona de fácil acceso.

Es precisamente en esta parte, la más desprotegida físicamente, donde la muralla presenta una mayor envergadura, con nueve metros de altura y un grosor de tres metros y medio.



Este tramo, que recibe el nombre de adarve alto, es también el que reúne el mayor número de elementos defensivos: una barbacana de cuatro metros de alto, doce torres adosadas al paño, una coracha que aseguraba la toma de agua del río y un soberbio castillo del siglo XV, ubicado en uno de los extremos.

Aquí también se halla una de las tres entradas al recinto urbano. Se trata del acceso principal, protegido por la Torre del Reloj, una torre albarrana de 16 metros de altura, que da cobijo en su parte inferior, configurando un recodo, a una sucesión de arcos.

Los otros tramos, los que entran en contacto con el río, son conocidos como el adarve bajo, por la menor altura de los lienzos, apenas seis metros, con un grueso de unos dos metros.

Fueron levantados sobre un terreno muy escapardo, que hoy en día se encuentra anegado por las aguas del Embalse de Puentes Viejas, una de las muchas presas en la que es contenido el Lozoya a lo largo de su curso.



Artículos relacionados

También hemos hablado de estos otros lugares de Buitrago:
- La Casa del Bosque, de Buitrago
- La coracha de Buitrago del Lozoya
- La Torre del Reloj, de Buitrago
- El Puente del Arrabal

lunes, 30 de mayo de 2011

El Castillo de Santiago, en Fuentidueña de Tajo

Regresamos a Fuentidueña de Tajo para visitar uno de los castillos más desconocidos de la Comunidad de Madrid y, al mismo tiempo, uno de los más grandes, aunque su estado ruinoso no permita apreciar sus auténticas dimensiones.

Ocupa un recinto de nada menos que 110 metros de largo y 50 de ancho. Para hacernos una idea, el célebre Castillo Nuevo de Manzanares el Real tiene una planta de apenas 44 por 36 metros (y ya es impresionante).

















Lamentablemente, sólo se conservan unos cuantos muros, algunos torreones y la espectacular torre del homenaje.

Tanto se destaca este último elemento arquitectónico que la fortaleza se conoce popularmente como torre. Algunos la llaman Torre de Doña Urraca, otros Torre de los Piquillos, si bien su nombre correcto es Castillo de Santiago, por su vinculación con la orden religiosa homónima.

La presencia de los Caballeros de Santiago en estas tierras se remonta probablemente al siglo XII. Su plaza fuerte en aquel entonces era La Alarilla, una fortificación de origen andalusí de la que no queda nada, que, en el siglo XIII, fue sustituida por la construcción que ha llegado a nuestros días.

El Castillo de Fuentidueña pertenecía a la Encomienda de Tajo y era dependiente de Uclés. Cumplía una función trascendental, ya que se encargaba de vigilar el paso del río. De ahí su emplazamiento en lo alto de una montaña, desde la cual no sólo se divisa la totalidad del pueblo, sino también una buena parte del valle del Tajo.

Se dice que aquí residió la reina Urraca I (1081-1126), esposa de Alfonso I de Aragón (1073-1134), llamado El Batallador. Aunque, por la fechas, debió ser en La Alarilla, ya que, en aquellos momentos, la fortificación que ocupa nuestra atención no había sido levantada.

















En el siglo XV, el castillo fue reconstruido y ampliado notablemente. Sus remozadas dependencias sirvieron de prisión a personalidades tan relevantes como el adelantado Pedro Manrique de Lara (1381-1440), Álvaro de Luna (1390-1453) y Diego López de Pacheco (1455-1529).

La fortaleza llegó casi entera hasta el siglo XIX. Durante la Guerra de la Independencia (1808-14) fue saqueada y sus piedras desmontadas para ser utilizadas en otras edificaciones. Hoy día se encuentra en estado de ruina progresiva, incluso con riesgo de desprendimientos.

Poco queda del castillo, pero los restos que han llegado hasta nosotros permiten imaginarnos su magnificencia, digna de la misión histórica para la que fue creado.

La planta es irregular, con forma de paralelogramo, claramente condicionada por la complicada orografía del terreno. Se encuentra delimitada en las esquinas por cuatro torres defensivas, cuyos lados miden aproximadamente tres metros.

Estaba rodeada parcialmente de una barrera, de la que se mantienen en pie algunos vestigios junto al flanco septentrional.



Pero lo que más llama la atención es la torre del homenaje, de 30 metros de altura y con un grosor en sus muros de 1,4 metros. Se halla en el eje de simetría del conjunto, en la fachada norte, y presenta torretas en sus ángulos.

Éstas están hechas en mampostería alternada con fajas de ladrillo, a diferencia del resto del edificio, realizado en tapial.

Fotografías de J. J. Guerra Esetena, algunas de ellas también publicadas en Wikipedia.

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- El Puente de Fuentidueña de Tajo
- El Castillo Viejo de Manzanares el Real
- El Castillo de Villaviciosa de Odón

jueves, 4 de noviembre de 2010

El Castillo Viejo de Manzanares el Real

Manzanares el Real se ha convertido en uno de los principales destinos turísticos de la región madrileña, gracias a su soberbio castillo del siglo XV, que figura entre los mejor conservados de la geografía española.

Pero poca gente conoce que en este municipio existe otra fortaleza, mucho menos vistosa e impactante, que nos disponemos a visitar, siguiendo nuestra costumbre de buscar los rincones más  recónditos de la comunidad autónoma.



El Castillo Viejo, que es así como se llama, tiene un origen incierto. Se sabe que es anterior al castillo que ha dado fama internacional a Manzanares el Real, pero no hay datos sobre la fecha exacta de su construcción. Según algunos autores, pudo ser erigido en la primera mitad del siglo XIV, para disfrute de Leonor de Guzmán (1310-1351), a quien su amante, Alfonso XI de Castilla (1311-1350), le había hecho entrega de las tierras del Real de Manzanares.

Esta hipótesis se apoya en la existencia de un documento firmado por el monarca, solicitando carpinteros para los "palacios de Manzanares". Sin embargo, no es posible certificar que el rey se estuviera refiriendo al Castillo Viejo, pues cabe la posibilidad de que la pareja tuviese a su disposición otras residencias, tal vez de carácter provisional.

En cualquier caso, la teoría más aceptada es que fue edificado a finales del siglo XIV, poco después de que la Casa de Mendoza tomara posesión del Real de Manzanares.

Este territorio, que ocupaba la franja meridional de la Sierra de Guadarrama, fue objeto de fuertes disputas entre las Comunidades de Villa y Tierra de Segovia y de Madrid, que aspiraban a controlar sus ricos pastos y bosques.

El 14 de octubre de 1383 el rey Juan I de Castilla (1358-1390) puso fin a los conflictos entre madrileños y segovianos haciendo donación de las tierras a su mayordomo, Pedro González de Mendoza (1340-1385), quien, un año después, decidió legarlas a su hijo, Diego Hurtado de Mendoza (1367-1404).

A este último es a quien, de forma tradicional, se atribuye la fundación del Castillo Viejo.

Fuere como fuere, la fortificación tuvo una vida relativamente corta, ya que, en el último tercio del siglo XV, los Mendoza decidieron abandonarla y levantar otra de mayor tamaño, acorde con el rango alcanzado por esta poderosa familia.

Para evitar los costes de mantenimiento que hubiera supuesto tener dos fortalezas abiertas y, sobre todo, para impedir que cayera en manos hostiles, el viejo edificio fue desmontado piedra a piedra, hasta dejar solamente la parte baja de los muros.

Hoy día el Castillo Viejo languidece arruinado en un escondido rincón de Manzanares el Real, mientras que la fortaleza que le tomó el relevo se alza esplendorosa a orillas del Embalse de Santillana, convertida en uno de los símbolos de la Comunidad de Madrid.


Descripción

El Castillo Viejo presenta un trazado muy recurrente en las construcciones militares españolas de los siglos XIV y XV: una planta cuadrangular, con torres circulares en tres de los ángulos y una cuarta cuadrada, la del Homenaje, en la esquina restante.

Se trata de un modelo que también comparte el castillo edificado posteriormente, aunque, en este último caso, hay que hablar de unas dimensiones notablemente mayores y de una calidad arquitectónica muy superior, en consonancia con la función palaciega desarrollada.

Lamentablemente, sólo se conservan los restos de dos muros y la parte inferior de algunas torres, todo ello integrado dentro de un recinto ajardinado, conocido oficiosamente como Plaza de Armas.

Todos estos vestigios permiten adivinar una cierta influencia mudéjar. Así al menos se desprende del tipo de fábrica empleada, a base de mampostería de piedra de granito, con encintado de ladrillos.



Fotografías de J. J. Guerra Esetena, algunas de ellas publicadas en Wikipedia.

lunes, 25 de octubre de 2010

La Marca Media: la Atalaya de Venturada

La Atalaya de Venturada fue construida en un momento indeterminado comprendido entre los siglos IX y X, durante la dominación musulmana de la Península Ibérica. Formaba parte de un conjunto de torres militares, ubicadas en la vertiente meridional del Sistema Central, que fueron levantadas por el poder andalusí para la defensa de la Marca Media.

Con este nombre era conocida una de las demarcaciones territoriales de Al Ándalus, donde quedó integrada la actual Comunidad de Madrid, así como otras provincias del interior español. Se trataba de una zona fronteriza, muy despoblada, que fue fortificada para detener el avance de los reinos cristianos arraigados en la mitad norte peninsular.



Estas atalayas tenían como misión principal custodiar los pasos de montaña, principalmente los puertos de Navacerrada, de la Fuenfría y del Alto del León, y su conexión con los valles fluviales. Su disposición no era lineal, sino en forma de red, lo que permitía un control territorial muy completo, no sólo de los caminos, sino también de las áreas agrícolas y de pasto.

Esta distribución ha llevado a pensar que, además de vigilar la frontera, las torres cumplían una función socioeconómica, tal vez para facilitar la repoblación de la zona, que, en aquellos momentos, era una de las más deshabitadas de Al Ándalus.

Tal hipótesis cobra fuerza si se considera que Abderramán III (891-961) dictó varias políticas, encaminadas a consolidar las regiones fronterizas de Al Ándalus. El califa cordobés favoreció su desarrollo administrativo y demográfico mediante la creación de enclaves económicamente rentables y autónomos.

De ahí que algunos historiadores sitúen la construcción de las atalayas madrileñas concretamente en el siglo X, aunque otras teorías remontan su origen al siglo IX, en tiempos del emir Mohamed I (823-886), considerado el fundador de la ciudad de Madrid.

Aunque apenas se conservan ocho torres islámicas dentro de la comunidad autónoma, cabe suponer que hubo muchas más, dada la considerable extensión de la zona protegida, que abarcaba desde Somosierra hasta la Sierra de Gredos. Además, hay que tener en cuenta que, con objeto de facilitar el contacto visual, su distancia de separación era de aproximadamente dos kilómetros.

Fueron erigidas en cerros o altozanos entre 800 y 1000 metros de altitud, formando agrupaciones diferenciadas, cada una de ellas dependiente de un recinto fortificado principal, que se encargaba de la protección de un valle fluvial determinado.

Cada atalaya estaba a cargo de dos soldados, como máximo. Cuando se producían situaciones de peligro, encendían una hoguera o provocaban una humada, de tal modo que la alerta se transmitía a gran velocidad de un puesto a otro, hasta llegar a la plaza fuerte, desde donde se desplegaban los medios necesarios.



Además de la de Venturada, se mantienen en pie atalayas muy similares en Torrelaguna, El Vellón y El Berrueco, que conformaron, junto a otras desaparecidas, el grupo defensivo del Valle del Jarama, al norte de la comunidad autónoma, vinculado a la ciudadela de Talamanca del Jarama.

Existen otras dos en Torrelodones y en Hoyo de Manzanares, municipios situados en la parte noroeste de la región. Vigilaban el Valle del Guadarrama y sus fortalezas de referencia eran Madrid y Calatalifa, en Villaviciosa de Odón.

En el Valle del Alberche, en las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos, se encuentran los restos de la atalaya de Peña Muñana, dentro del término municipal de Cadalso de los Vidrios. En Santorcaz sobrevive una maltrecha torrecilla islámica, que curiosamente presenta un carácter aislado, lejos de la red principal.



Descripción

La Atalaya de Venturada es cilíndrica, con un ligero escalonamiento al exterior. Presenta tres cuerpos principales, aunque en el pasado hubo otro más en la parte superior, que ha desaparecido casi por completo. Mide algo más de nueve metros de altura y tiene un diámetro de casi seis metros de diámetro

Consta de una única entrada, formada por un sencillo vano adintelado, que, en su momento, debió cerrarse con una puerta de madera de doble hoja. Está situada muy por encima de la rasante del suelo, con lo que cabe imaginar que había dispuesta una escalera de mano para facilitar el acceso.

Se trata de un rasgo que comparten todas las atalayas del Valle del Jarama. No era posible abrir la entrada directamente sobre el terreno, ante la existencia de una base maciza entre dos y tres metros de alto, cuya finalidad era asegurar la torre, ya que se construía sin cimientos, directamente sobre la roca.

En el caso de Venturada, la edificación descansa sobre un promontorio granítico de origen natural, que no sólo sirve de plataforma, sino que también contribuye a la sujeción de los muros, al rodear la piedra algunos flancos hasta entrar en contacto con el nivel de acceso.

A pesar de la solidez de este asentamiento natural, fue necesario crear una base maciza, de casi tres metros de altura, a partir de un relleno de cantos y tierra.



Los muros son bastante gruesos. Tienen una anchura de 1,34 metros y están hechos en mampostería concertada, a base de alinear piedras irregulares extraídas del entorno inmediato. Hay también un pequeño escalón perimetral, dispuesto a modo de zócalo, allá donde no aflora la roca.

Con respecto al interior, había tres dependencias, cada una en una planta diferente. Estaban separadas por un tablazón de madera, sostenido por vigas transversales, según se desprende de las hendiduras existentes en la parte interna de los muros, en las que se colgaban los travesaños.

El paso de una estancia a otra se hacía mediante una escalera de mano (seguramente la misma que se utilizaba en la entrada), a través de una oquedad abierta en el suelo de cada piso.

Todas las atalayas del Valle del Jarama han llegado hasta nosotros desmochadas, con lo que no es posible conocer cómo estaban coronadas, aunque es muy probable que estuviesen rematadas con merlones.

Artículos relacionados

La serie "La Marca Media" consta de estos otros reportajes:
- El puente musulmán del Grajal
- ¿Atalaya islámica o torre cristiana?
- El Parque de Mohamed I, casi listo

lunes, 18 de octubre de 2010

El Castillo de Villaviciosa de Odón

Regresamos a Villaviciosa de Odón, un municipio situado al suroeste de la capital, donde visitamos uno de los Reales Sitios más desconocidos del entorno madrileño. Fue constituido a mediados del siglo XVIII, alrededor de un viejo castillo de origen tardomedieval, que fue transformándose en palacio con el paso del tiempo.

Su gran impulsor fue Fernando VI (1713-1759), un enamorado del lugar. Aquí se estableció después del fallecimiento de su esposa, la reina Bárbara de Braganza (1711-1758), y aquí murió apenas un año después, sumido en una profunda depresión.

Tras la muerte del rey, el castillo pasó a tener un uso administrativo. En la actualidad, es propiedad del Ministerio de Defensa y sirve de sede al Archivo Histórico del Ejército del Aire.



Historia

Las primeras referencias del castillo aparecen en el año 1480, cuando los Reyes Católicos autorizaron su construcción al matrimonio formado por Andrés de Cabrera y Beatriz de Bobadilla, primeros marqueses de Moya.

En 1496 arrancaron las obras, a partir de un modelo arquitectónico típicamente medieval, a modo de gran fortaleza, que, a pesar de encontrarse en desuso en aquellos tiempos, permitía cumplir el cometido de vigilar y proteger las tierras colindantes.

Al mismo tiempo, transmitía una imagen de poder y autoridad, acorde con la posición social de los propietarios.

En 1521, durante las revueltas de los comuneros, el edificio sufrió serios destrozos, aunque, afortunadamente, quedó intacta la estructura, gracias a la solidez de su fábrica.

A finales del siglo XVI, Diego Fernández de Cabrera y Mendoza, tercer conde de Chinchón y heredero de la propiedad, ordenó su rehabilitación y conversión en palacio, siguiendo las corrientes herrerianas del momento.

Si bien la tradición sostiene que la remodelación fue realizada por Juan de Herrera (1530-1597), debido al aire escurialense de los nuevos elementos arquitectónicos incorporados, este extremo no está comprobado.

Algunos autores consideran que el proyecto bien pudo recaer sobre Francisco de Mora (1553-1610), discípulo de aquel, e incluso sobre Bartolomé de Elorriaga, maestro de cantería del Monasterio de El Escorial.


Villaviciosa de Odón, a mediados del siglo XVIII. En esta pintura de Francesco Battaglioli (1722-1796) puede verse, a la izquierda, el castillo-palacio. A sus pies, se extiende la llamada Huerta del Infante, rodeada de casas de labor, que abastecía al palacio.

El castillo quedó vinculado a la monarquía española en 1738, tras la compra por parte de Felipe V (1683-1746) del Condado de Chinchón, en el que se encontraba integrado. Bajo su reinado, se llevaron a cabo algunas reformas, encomendadas al arquitecto Giovanni Battista Sacchetti (1690-1764), con un ambicioso plan para mejorar el entorno, que no pudo ejecutarse.

Pero fue con la llegada de Fernando VI (1713-1759), su sucesor, cuando el lugar alcanzó su máximo esplendor. El monarca no sólo prosiguió con los trabajos de ordenación y embellecimiento de la finca, esta vez bajo la dirección de Ventura Rodríguez (1717-1785), sino que, en 1754, impulsó su declaración como Real Sitio.

A lo largo del siglo XIX, el castillo estuvo en alquiler en numerosas ocasiones y sirvió de sede a distintos organismos públicos, tanto civiles como militares, caso de la Escuela Especial de Ingenieros de Montes y del Colegio de Educandos del Cuerpo de Carabineros.

Con el estallido de la Guerra Civil (1936-1939), fue saqueado, hasta quedar prácticamente arruinado. En 1965 pasó a manos del Estado Español, que procedió a su restauración un año después. Desde 1972, sus dependencias acogen el Archivo Histórico del Ejército del Aire, como ya se ha apuntado.


Vista del castillo antes de 1966, cuando fue restaurado. Fuente de la imagen: Gabinete de Comunicación del Archivo Histórico del Ejército del Aire.

Descripción

A pesar de las numerosas remodelaciones realizadas a lo largo del tiempo, todas ellas dirigidas a darle una apariencia palaciega, el castillo sigue conservando su primitiva fisonomía de fortaleza medieval.

Su cuerpo cuadrangular, articulado alrededor de un gran patio central y con cuatro torres en las esquinas, evidencia el modelo defensivo utilizado en el momento de su construcción, similar al empleado en el Castillo de Simancas (Valladolid), levantado igualmente a finales del siglo XV.

Los rasgos fortificados también son visibles en los voluminosos muros perimetrales, con nada menos que trece pies de grosor, así como en el tipo de fábrica empleado: mampostería de granito encintado con trozos de carbón de fragua -al estilo segoviano-, rellenos de cascote y piedra suelta.

Las torres angulares presentan un aire robusto y pesado, lo que subraya aún más la sensación de arquitectura militar. Todas son circulares, excepción hecha de la situada en el extremo norte, que es de planta cuadrada y de mayor altura, a modo de torre del homenaje.



Las intervenciones efectuadas en el siglo XVI suavizaron en parte las trazas medievales, sobre todo en el interior. Fruto de estas obras fueron la portada principal, el patio de estilo herreriano, la sobria escalera de honor y las cubiertas de las torres, con especial atención al chapitel escurialense de la situada en la parte septentrional.

Mucha menor incidencia tuvieron los trabajos realizados por Sacchetti en el siglo XVIII. El arquitecto italiano se limitó a centrar la entrada principal, haciendo de su crujía un importante zaguán que salía al eje del patio. Pero apenas modificó la distribución de las dependencias, salvo en lo que respecta a la capilla, que fue trasladada al torreón septentrional.


El patio herreriano, en una fotografía anterior a la restauración de 1966. Fuente de la imagen: Gabinete de Comunicación del Archivo Histórico del Ejército del Aire.

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martes, 21 de septiembre de 2010

De La Latina al Castillo de la Mota

La sección "Madrid fuera de Madrid" pretende dar a conocer los vestigios arquitectónicos y escultóricos que, teniendo un origen madrileño, han sido instalados o reproducidos en otros puntos geográficos.

En su momento, visitamos el templete de la Red de San Luis, construido en 1919 como acceso del metro madrileño y trasladado en 1971 al municipio pontevedrés de Porriño.

En esta ocasión llegamos hasta Medina del Campo (Valladolid), para conocer el Castillo de la Mota, donde pueden contemplarse sendas réplicas de la portada y de la escalera del desaparecido Hospital de la Latina.


Castillo de la Mota, en Medina del Campo. Fotografía de Quinok, en Wikipedia.

El Castillo de la Mota fue levantado en 1440 por orden de Juan II de Castilla (r. 1406-1454), si bien fueron Enrique IV (r. 1454-1474) y, sobre todo, los Reyes Católicos quienes le dieron su aspecto definitivo, hasta convertirlo en una de las mejores fortificaciones de la Europa del siglo XV.

La fortaleza ha sido objeto de numerosas intervenciones a lo largo de la historia, entre las que cabe destacar la reconstrucción llevada a cabo entre 1939 y 1942, tras los destrozos de la Guerra Civil, que afectó fundamentalmente al interior.

Durante estas obras de restauración, le fueron añadidos elementos arquitectónicos de nuevo cuño, la mayor parte copiados de otros monumentos tardomedievales.

Del Hospital de La Latina se tomaron prestados los modelos de su entrada y escalera, labradas en estilo gótico tardío, aunque con algunos rasgos isabelinos y platerescos.

El citado hospital, una de las instituciones más importantes del Madrid precapitalino, fue creado en 1499 por Beatriz Galindo (1465-1534) -a la que todo el mundo conocía como La Latina por su conocimiento de este idioma- y por su marido, Francisco Ramírez.

Su sede, un destartalado caserón situado en la Calle de Toledo, donde hoy está la tienda de disfraces de Caramelos Paco, fue destruida en 1904, con objeto de facilitar el ensanche de la vía pública. Por su notable valor artístico, las autoridades decidieron conservar la portada y la escalera, así como los sepulcros de los fundadores.

La primera pieza señalada fue llevada en los años setenta del siglo XX a la Escuela Técnico Superior de Arquitectura, en la Ciudad Universitaria, mientras que las otras dos fueron instaladas en 1910 en la Casa de Álvaro de Luján, en la Plaza de la Villa, donde lamentablemente no está permitida la visita.

Las copias que hoy se exhiben en el Castillo de la Mota son vaciados de los originales madrileños. La portada, en concreto, preside el Patio de Armas. Su arco apuntado, en forma de herradura, parece entrar en consonancia con el gusto musulmán que los dos constructores de la fortaleza, Abdala y Alí de Lerma, imprimieron al recinto.

De hecho, el hospital también salió de las manos de un artista hispano-árabe, el arquitecto Maese Hazán, tal y como hizo constar Fernando Ramírez en su testamento.

La presencia de estos dos pedacitos de Madrid en un monumento de la categoría del Castillo de la Mota debe constituir un motivo de orgullo para todos los que amamos esta ciudad.

Lo que no deja de ser una paradoja, habida cuenta el triste final que los madrileños hemos deparado al viejo hospital, como ha ocurrido con tantos y tantos edificios históricos de la villa.



Portada original del Hospital de La Latina, en la Ciudad Universitaria de Madrid.



Patio de Armas del Castillo de la Mota, con la réplica de la entrada del hospital. Fotografía de Pelayo2, en Wikimedia Commons.



Escalera original del hospital, en la Casa de Álvaro de Luján, en Madrid, sede de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Fotografía de 'Una ventana desde Madrid'.



Escalera de honor del Castillo de la Mota. Se trata de una reproducción fidedigna de la que existía en el Hospital de La Latina, si bien los pináculos carecen de los remates de la escalera original. Fotografía de 'Viajando tranquilamente por España'.

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jueves, 29 de abril de 2010

La coracha de Buitrago del Lozoya

Regresamos a Buitrago del Lozoya y proseguimos con la visita de los distintos componentes que conforman su formidable recinto amurallado, el más importante de todos los que se mantienen en pie en la Comunidad de Madrid.

En concreto, nos detenemos en la coracha, que, por su excelente estado de conservación, se encuentra entre las de mayor interés histórico-artístico de Europa.

Fue realizada en un periodo indeterminado comprendido entre los siglos XI y XIII, junto con el resto de la muralla. Ésta surgió durante el proceso de repoblación emprendido por la Corona de Castilla, tras la reconquista del centro peninsular. Pese a su origen cristiano, se utilizaron pautas arquitectónicas andalusíes.


Lado septentrional de la coracha de Buitrago.

Una coracha es un elemento defensivo destinado a proteger un enclave situado extramuros, básicamente una fuente de agua, tales como un río, un manantial o un pozo.

Consiste en un muro con adarve, que, a modo de apéndice, comunica el lienzo principal de la muralla con el lugar donde se suministra el agua. En esta parte solía levantarse una "torre del agua", encargada de reforzar aún más el punto de abastecimiento, que, por lo general, quedaba integrado dentro de la estructura.

La célebre Torre del Oro, de Sevilla, ofrece un magnífico ejemplo de esta composición arquitectónica. Fue en su origen una torre albarrana, unida a la muralla hispalense mediante una coracha, desaparecida con la expansión de la ciudad.


Vista meridional de la coracha, con el adarve en la parte superior.

La coracha de Buitrago se levanta al este del recinto amurallado, junto a uno de los vértices del viejo castillo medieval, uniendo el caserío con el río Lozoya, hacia el que se inclina en suave pendiente.

La construcción en 1939 del Embalse de Puentes Viejas anegó el desfiladero que rodea el casco histórico de la villa y, con ello, quedó sumergido parcialmente el extremo oriental de la coracha, el que entra en contacto con las aguas.

También quedó dentro del pantano el Puente de la Coracha, que permitía llegar hasta la Casa del Bosque. Se trata de una villa de recreo edificada por la Casa de los Mendoza a finales del siglo XVI, completamente en ruinas, una de las joyas renacentistas más desconocidas de la región madrileña.

Los restos de este puente pueden verse cuando el embalse baja de nivel. Entre las aguas asoma una enorme mole de piedra, perfectamente alineada con la coracha, que servía de pilar a un tablero de madera.


El Puente de la Coracha a principios del siglo XX.

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martes, 23 de marzo de 2010

Empeora el estado de la muralla de la Calle del Almendro



Hace unos cuantos meses, el blog Arte en Madrid publicaba el magnífico artículo Un paseo en busca de la muralla cristiana, donde se hacía un recorrido por los restos de la fortificación que aún se mantienen en pie.

Entre ellos, los que se conservan en el número 17 de la Calle del Almendro, a los que Mercedes Gómez, la autora del reportaje, se refería en los siguientes términos: "tras la verja de un pequeño jardín, hallamos un lienzo de 16 metros de largo, que siempre da la impresión de que necesitaría más cuidados".

Tras visitar recientemente estos vestigios, creemos que ya no hay que hablar solamente de cuidados, como sugería Mercedes con todo el sentido, sino de una completa restauración y consolidación.

Como puede observarse en las fotografías, nos da la sensación de que ha aumentado sensiblemente el número de piedras desprendidas, tal vez como consecuencia de las inclemencias de este invierno, mucho más húmedo que otros.

El aspecto actual de las ruinas resulta bastante inquietante. Esperemos que las autoridades municipales sean conscientes de este hecho y tomen medidas, antes de que sea demasiado tarde.

domingo, 14 de marzo de 2010

¿Atalaya islámica o torre cristiana?

Lo que vemos en estas fotografías son los únicos restos arqueológicos, de índole arquitectónica, que no fueron destrozados con la construcción, a finales del siglo XX, del aparcamiento de la Plaza de Oriente y del túnel de la Calle de Bailén.



Nos duele recordar que aquellas obras, concluidas en 1996, supusieron el descubrimiento y, paradójicamente, la eliminación de numerosos vestigios de nuestro pasado. Entre ellos, fueron arrasados los cimientos y sótanos de la Casa del Tesoro, comenzada en 1568 a instancias de Felipe II. Destrucción que fue justificada por algún político con frases del tipo "eran sólo piedras".

Los citados restos se exhiben, convenientemente acristalados, en el primer nivel del parking de la Plaza de Oriente y corresponden a la base de una torre medieval. Según el cartel explicativo instalado junto a las ruinas, se trataría de una atalaya islámica del siglo XI, levantada fuera del primitivo recinto amurallado que, dos siglos antes, dio origen a la ciudad de Madrid, durante la dominación musulmana de la península.

Su misión era la vigilancia y protección de una zona que, al encontrarse en fuerte pendiente por la existencia de un antiguo barranco, constituía un punto de peligro para los arrabales situados al norte de la muralla.

Sin embargo, autores como José Manuel Castellanos Oñate entienden que el origen atribuido a la atalaya es demasiado tardío como para ser musulmana. Hay que recordar que la conquista cristiana de Madrid se produjo en el siglo XI, concretamente en el año 1083, cuando el rey Alfonso VI de Castilla se apoderó de la plaza.

En su estupenda página El Madrid medieval, el investigador considera que los vestigios de la Plaza de Oriente son cristianos y que su origen podría datarse bien a finales del siglo XI, bien a principios del XII. Esto es, fue levantada en el contexto de las obras de la muralla cristiana de Madrid.

Según su teoría, estaríamos ante la Torre de los Huesos, que, junto con la Torre de Alzapierna, flanqueaba la Puerta de Valnadú, que estuvo ubicada en lo que hoy es la confluencia de las calles de la Unión y Vergara, cerca de la Plaza de Isabel II. Era una torre albarrana, separada del lienzo de la muralla cristiana, que, al estar próxima al cementerio de la Huesa del Raf, empezó a ser conocida con el apelativo que ha llegado a nuestros días.

Los restos conservados bajo la Plaza de Oriente presentan fábrica de mampostería de sílex y caliza, con sillares en los esquinales que reforzaban la construcción. Su planta era cuadrangular (3,65 x 3,40 metros) y era maciza en buena parte de la estructura.

Aunque estas características técnicas eran habituales en la arquitectura militar andalusí, debe señalarse que pervivieron más allá de la conquista cristiana. El recinto amurallado de Buitrago del Lozoya es un claro ejemplo de la persistencia de las pautas constructivas musulmanas en los siglos XI, XII y XIII, en pleno proceso de repoblación cristiana.

martes, 9 de febrero de 2010

La Torre del Reloj, de Buitrago

El recinto amurallado de Buitrago del Lozoya es el único de la Comunidad de Madrid que se conserva en su integridad. Fue levantado entre los siglos XI y XIII, en pleno proceso de repoblación cristiana, si bien cabe pensar en la existencia de una muralla anterior, de origen andalusí, cuyo tapial pudo quedar incorporado dentro de la nueva construcción.

Con todo, la influencia musulmana es muy marcada en todo el conjunto. Tanto la fábrica empleada, mampostería con encintado de ladrillo en numerosos tramos, como la estructura, con torres macizas cuadrangulares, con escaso saliente con respecto al muro, responden a pautas arquitectónicas típicas de Al Ándalus. Ello se debe a la pervivencia de las citadas técnicas constructivas, más allá de los primeras etapas repobladoras de la Corona de Castilla.



La muralla de Buitrago da para tanto, que preferimos ir paso a paso y analizar por separado cada una de sus partes. Le toca hoy el turno a la Torre del Reloj, llamada así por el reloj instalado en el siglo XX, en su parte superior. Se trata de una torre albarrana, esto es, un torreón próximo al tapial, pero no integrado en el mismo, que, en este caso, tenía la función de vigilar la entrada principal de la ciudadela.

Es posible que fuera levantada en el siglo XIII para sustituir el sistema de acceso anterior. Éste estuvo formado probablemente por dos torres cuadrangulares, unidas por un arco de medio punto, siguiendo un modelo habitual en la arquitectura militar andalusí, que, como se ha dicho, tan presente está en el recinto amurallado de Buitrago. Sin ir más lejos, la Puerta de la Vega, uno de los ingresos de la muralla musulmana de Madrid, tenía una configuración como la que se acaba de describir.

Con la construcción de la Torre del Reloj se intentó hacer aún más fuerte la plaza, adoptándose un sistema de acceso en recodo, que quedaba completamente cubierto por el torreón. Precisamente ésta era la disposición que tenían las cuatro puertas de la muralla cristiana de Madrid (Valnadú, Moros, Cerrada -o de la Culebra- y Guadalajara), erigida en la misma época o, incluso, antes.



La Torre del Reloj mide 16 metros de altura y tiene planta pentagonal. La entrada a la que protegía está constituida por varios arcos de diferente tamaño, de forma ojival hacia el exterior y de herradura hacia el interior. En su parte interna, se observan varios huecos, a través de los cuales caía un rastrillo, que se accionaba en situaciones de emergencia para asegurar un aislamiento rápido.

sábado, 30 de enero de 2010

El Parque de Mohamed I, casi listo



El Parque de Mohamed I ha sido objeto de una profunda transformación. Aunque el recinto todavía se encuentra cerrado, ya que las obras no han concluido del todo, se han retirado las vallas de protección de algunas zonas, lo que ha dejado al descubierto su nuevo aspecto.



Como puede verse en las fotografías que se acompañan, el núcleo central de esta reforma y adecuación ha sido la explanada situada delante de la muralla musulmana, que ha sido pavimentada y decorada con una fuente, utilizándose motivos ornamentales de clara inspiración andalusí. También se ha ampliado la superficie dedicada a los jardines, con nuevas plantaciones, y se ha actuado sobre el cerramiento perimetral y las pasarelas que servían de miradores de la muralla.

En lo que respecta a la muralla, la construcción más antigua que se conserva en Madrid, se ha ajardinado con plantas tapizantes el desnivel existente en su base y se ha puesto en valor todo el conjunto. Pero lo que más llama la atención es que los restos arquitectónicos adosados a la muralla han sido cubiertos con pequeños rollos de piedra, de tal forma que quedan completamente ocultos a la vista.

Las obras han sido promovidas por el Área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid y financiadas por el Plan E de Inversión Local, del Gobierno de España.

Un poco de historia

El Parque de Mohamed I fue creado a finales de la década de los ochenta, durante el mandato de Juan Barranco, con objeto de adecuar y adecentar el entorno inmediato de la muralla musulmana y permitir su visita. Fue el punto culminante de un largo proceso que se inició en los años cincuenta, cuando buena parte de los restos que hoy se exhiben quedaron al descubierto, al derruirse el Palacio de Malpica, que había sido construido sobre la propia muralla, a modo de cimiento.

Hubo que esperar bastante tiempo para acometer los trabajos arqueológicos, con diferentes campañas de excavación (de 1972 a 1975 y en 1985) y, finalmente, las tareas de restauración y consolidación, llevadas a cabo entre 1987 y 1988. Y después vino el olvido y el deterioro provocado por la desidia de las autoridades municipales, con la muralla convertida en refugio de indigentes. Toda una triste historia que, afortunadamente, parece ser agua pasada.

Resulta increíble que estos vestigios hayan llegado hasta nuestros días, teniendo en cuenta el desprecio que, históricamente, han mostrado los políticos hacia el patrimonio histórico-artístico. Sin ir más lejos, otro importante tramo de muralla, que era continuación de éste, fue arrasado impunemente hacia 1960, para levantar el actual edificio de viviendas de la calle de Bailén, número 12.

Los pocos restos que no se destruyeron se hallan sepultados en el garaje del inmueble, en un lamentable estado. Y decimos impunemente, con todo el significado de este término, porque en aquel tiempo la muralla ya había sido declarada monumento histórico-artístico (recibió esta declaración en 1954).

Breve descripción


Detalle del dibujo de Madrid, realizado por Anton Van der Wyngaerde en 1562. Puede verse la muralla musulmana, desde el Alcázar (a la izquierda) hasta la Puerta de la Vega (a la derecha).

La muralla se levantó en una fecha indeterminada entre los años 860 y 880. Fue mandada construir por el emir cordobés Muhammad I (852-886), considerado como el fundador de Madrid.

El tramo que se encuentra en el Parque de Mohamed I es el más importante de todos los conservados de la muralla musulmana. Tanto por sus dimensiones (consiste en un lienzo de aproximadamente 120 metros de largo y 2,6 de ancho) como por la posibilidad de ser visitado (la mayor parte de los otros restos no pueden contemplarse, al encontrarse en propiedades privadas).

En el lienzo hay integradas cuatro torres, que se disponen cada 20 metros, aunque de una de ellas sólo se conserva el basamento. Es muy posible que ésta fuera la que flanqueaba la Puerta de la Vega, que fue demolida en el siglo XVIII. Existe una quinta torre, que emerge solitaria junto a la parte trasera del edificio de viviendas de la Calle Mayor, 83.

El trazado de la muralla revela inequívocamente su origen islámico. Las torres son cuadrangulares, con una ubicación poco saliente en relación con el muro, rasgos inconfundibles de la arquitectura militar andalusí, frente a la planta semicircular de las las torres de las fortificaciones cristianas. También su fábrica, sílex y caliza con aparejo cordobés, informa de su construcción musulmana.

Terminamos la descripción de la muralla musulmana con esta crónica realizada por Jerónimo de Quintana, en el siglo XVII: "Fortíssima de cal y canto y argamasa, leuantada y gruessa, de doze pies en ancho, con grandes cubos, torres, barbacanas y fosos".

Galería de imágenes



El antes. Las estructuras adosadas a la parte trasera de la muralla estaban llenas de maleza y suciedad. Pero podían verse...



El después. Las citadas estructuras han sido cubiertas, imposibilitando su contemplación.



El antes. La muralla descansaba sobre un pequeño desnivel, sin ajardinar.



El después. El lienzo se apoya ahora sobre una alfombra de plantas tapizantes.



El antes. Al fondo puede verse cómo estaba la explanada de la muralla.



El después. Han aumentado las zonas ajardinadas y se ha pavimentado la explanada.