lunes, 15 de agosto de 2011

La Virgen de la Paloma en siete imágenes históricas

Hoy 15 de agosto, festividad de la Virgen de la Paloma, repasamos el origen de esta devoción mariana, una de las más arraigadas entre los católicos madrileños, a través de siete imágenes históricas.



Comenzamos con esta vieja postal que reproduce la pintura Hallazgo y compra del lienzo de la Virgen de la Paloma, realizada en 1901 por Eugenio Oliva Rodrigo (1852-1925). En ella se refleja el momento en el que, según la tradición, fue encontrada la Virgen en los llamados Corrales de la Paloma, a principios de 1787.

Al parecer, unos niños estaban jugando con una tela pintada con la Soledad, cuando Isabel Tintero, una vecina del barrio, los convenció para que se la entregaran, a cambio de unas cuantas monedas.

La mujer colocó la imagen en el portal de su vivienda y, posteriormente, la trasladó a una habitación de su propia casa, para facilitar el tránsito de los muchos devotos que acudían al lugar.



En 1796 se construyó una capilla en condiciones, con el apoyo de la Casa Real. Quedó bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad, aunque muy pronto se impuso el nombre popular de la Paloma, en alusión a la calle donde había sido levantada.

El pequeño templo fue diseñado por Francisco Sánchez, discípulo de Juan de Villanueva, al más puro estilo neoclásico, como podemos comprobar en el fotografía superior, fechada en el año 1895.



En esta imagen, correspondiente igualmente a 1895, vemos el aspecto que tenía la capilla por dentro. El lienzo de la Virgen se custodiaba dentro de una sencilla estructura de aire clasicista, muy diferente a la actual, mucho más ornamentada y efectista.



La capilla diseñada por Francisco Sánchez fue derribada en 1896. Ese mismo año empezaron las obras de la iglesia que ha llegado a nuestros días, según la proyectó el arquitecto Lorenzo Álvarez Capra (1848-1901), a partir de modelos neomudéjares y neogóticos. Fue inaugurada el 23 de marzo de 1912, si bien la fotografía que acompañamos es bastante posterior, probablemente de los años cuarenta del siglo XX.



Seguimos en la década de los cuarenta del siglo pasado. Ahora vemos el interior de la Iglesia de la Paloma, con la mesa de la eucaristía pegada al altar, siguiendo los cánones de aquella época. En la configuración actual, resultado de las ideas del Concilio Vaticano II (1962-65), la mesa está situada en el centro de la nave, con los bancos de los feligreses alrededor.



Retrocedemos al verano de 1939, recién acabada la Guerra Civil. Esta fotografía de Vidal nos muestra el desfile procesional que tuvo lugar el 6 de agosto, cuando la Virgen fue devuelta a su templo de la Calle de la Paloma, tras ser escondida durante la contienda. Puede verse la comitiva a su paso por la Plaza Mayor.



Concluimos con otra fotografía de Vidal, captada el 15 de agosto de 1942, en plena procesión de la Paloma. Sorprende el rundimentario paso de la Virgen, que desfila sobre una humilde camioneta, camuflada bajo diferentes adornos florales.

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lunes, 8 de agosto de 2011

La antigua gasolinera de Puerta de Hierro

Mi infancia transcurrió en un pueblo de la sierra. Siempre que nos dirigíamos a Madrid, tomábamos la Carretera de La Coruña. Entrar en la ciudad por esta vía constituía una experiencia excitante.

Miraras por donde miraras, se sucedían los hitos arquitectónicos, como preparando el terreno de todo lo bueno que nos íbamos a encontrar en el interior de la urbe.

La esplendorosa Puerta de Hierro aparecía de repente, en medio de la autovía. Le seguían el Palacio de la Moncloa, la Casa de Velázquez, la Corona de Espinas, el Museo de América y otros muchos edificios que tardé en ponerles nombre.

Culminaba todo ello en el Arco de la Victoria y en el Ministerio del Aire, que, ignorante como era de la simbología política que les envuelve, me parecían la fachada perfecta para ingresar finalmente en la capital.

Pero había un primer hito, que, pese a carecer del porte monumental de los otros, era el que realmente nos anunciaba que habíamos llegado a Madrid.


Archivo: Perrin.

Se trataba de la vieja gasolinera de Puerta de Hierro, cuya airosa torre había convertido, desde mi prisma infantil, en el guardián que custodiaba la hermosa ciudad que me disponía a visitar con mis padres.

Rastreando por Internet, la he vuelto a ver. Aparece más bonita de lo que yo recordaba. Incluso he podido apreciar nuevos ángulos, que no podía visualizar cuando pasaba delante de ella metido en un coche.

Se inauguró en 1933, a raíz de unas obras llevadas a cabo por el Gabinete Técnico de Accesos y Extrarradio de Madrid, destinadas a separar las carreteras de La Coruña y de El Pardo, en lo que hoy se corresponde con el nudo de Puerta de Hierro.

Fue levantada en el mismo punto en el que se iniciaba la bifurcación, con el cuerpo principal en medio de las dos carreteras y varios grupos de marquesinas dispuestos simétricamente, a ambos lados de las calzadas.


Archivo: Miguel Pascual Laborda.

Era una delicia contemplar sus líneas arquitectónicas, que, en consonancia con las corrientes de la época, mostraban una marcada influencia racionalista.

La estación de servicio sobrevivió hasta 1989, cuando fue demolida al ampliarse el número de carriles de la Carretera de La Coruña. No muy lejos de su emplazamiento, en la Cuesta de las Perdices, la empresa concesionaria edificó una nueva gasolinera, con una torre muy parecida a la de la primitiva construcción, a modo de pequeño homenaje.

Pero ya no es lo mismo...


Archivo: Miguel Pascual Laborda.

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lunes, 1 de agosto de 2011

El Centro de Estudios Hidrográficos, de Fisac

Hoy hablamos del Centro de Estudios Hidrográficos, un polémico edificio situado en el Paseo de la Virgen del Puerto -muy cerca del Puente Oblicuo y del Puente de Segovia-, que no deja indiferente a nadie, ya sea en sentido positivo o negativo.

No hay término medio a la hora de juzgar esta sólida estructura, que muchos consideran todo un referente de la arquitectura española del siglo XX y que otros muchos desprecian.


Postal de los años sesenta del siglo XX, con el CEH a la derecha.

Estamos ante una de las obras más importantes de Miguel Fisac (1913-2006), con la que el reconocido arquitecto introdujo nuevas técnicas y soluciones constructivas, algunas ciertamente arriesgadas, todo ello con una "gran sencillez formal y una absoluta expresividad estructural", según sus propias palabras.

Además, fue uno de los primeros intentos en nuestro país de proponer el hormigón armado como único material de fábrica, incluso en las partes vistas.

El edificio fue diseñado en 1960 y terminado tres años después. Fue concebido como sede del Centro de Estudios Hidrográficos y del Laboratorio de Hidráulica, dos instituciones que, en aquellos momentos, eran independientes, pero que compartían tareas y objetivos comunes.

De ahí que Fisac proyectara, no un único edificio, sino dos, unidos por un simple pasillo. El núcleo principal queda integrado por una torre de siete plantas y tres naves destinadas a ensayos, mientras que el secundario consiste en un edificio de dos pisos, al que se le anexa otro de idéntica altura.



Pero, sin duda alguna, la parte más destacada de todo el conjunto es la nave de modelos (o de ensayos), cuya ejecución constituyó un importante reto, que el propio Fisac definió como su "mayor desafío estructural" hasta ese momento de su carrera.

Había que crear un gran espacio diáfano, de 80 por 22 metros, que obligatoriamente tenía que recibir la luz solar desde arriba, para garantizar una iluminación uniforme, adecuada al trabajo que se iba a realizar: fotografiar modelos hidráulicos hechos a muy pequeña escala, con todo lujo de detalles.


Fuente: CEDEX, Ministerio de Fomento.

La solución final fueron las vigas-hueso, bautizadas así por el propio autor, debido a su similitud con la osamenta de los animales. Gracias a estos originales elementos, pudo articularse una enorme cubierta que, sin dejar de ser resistente, permitía la entrada de una luz cenital, distribuyéndola de modo homogéneo por el recinto.

Para muchos analistas, es una de las aportaciones más novedosas y eficaces de la moderna arquitectura española.


Miguel Fisac, fotografiado en 1960, entre varias vigas-hueso. Fuente: CEDEX. Ministerio de Fomento.

Miguel Fisac explicó su descubrimiento en los siguientes términos: "debía aligerar el peso propio que habían de soportar las vigas. Y pensé en la posibilidad de hacerlas huecas. Y al tantear cómo unir una pieza de sección rectangular o triangular a la pantalla para conseguir la luz celeste deseada, me encontré con una figura que me recordó la sección de los huesos de las extremidades de los animales vertebrados. Entonces pedí que me trajeran unos huesos de vaca de la carnicería y, al comprobar su semejanza, adquirí la convicción de que marchaba por buen camino."

A pesar de sus indudables logros arquitectónicos, el Centro de Estudios Hidrográficos no ha conseguido ser un edificio unánimemente aceptado, principalmente por parte de los vecinos de la zona, que no ven con buenos ojos sus sobrios volúmenes de hormigón, en un entorno como el del Puente de Segovia.



Aunque, en honor a la verdad, la parte que más se critica de este conjunto es la ampliación llevada a cabo en 1969, que no fue diseñada por Miguel Fisac, sino por José Antonio Torroja Cavanillas (1933), hijo del célebre ingeniero Eduardo Torroja (1899-1961) y padre de la cantante Ana Torroja (1959).

Se trata de una enorme nave de ensayos de planta triangular, hecha en hormigón, fácilmente reconocible por su fachada en forma de dientes de sierra, como puede apreciarse en las fotografías superior e inferior.



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La Iglesia del Teologado de los Padres Dominicos, situada en el término municipal de Alcobendas, es otra de las grandes obras de Miguel Fisac, de la que hemos hablado en este blog.

lunes, 25 de julio de 2011

El Palacio de Cárdenas (o la Casa de los Salvajes)

Nos dirigimos al Madrid de los Austrias, a la Plaza del Conde de Miranda, donde estuvo el desaparecido Palacio de Cárdenas, aunque todo el mundo lo conocía como la Casa de los Salvajes, en alusión a las dos figuras masculinas de piedra que había en su fachada.


Detalle del plano de Pedro de Teixeira (1656).

Este palacio, uno de los primeros de estilo renacentista construidos en Madrid, fue levantado en la primera mitad de siglo XVI, como la casa del mayorazgo que Juan Zapata y Cárdenas, primer Conde de Barajas, caballerizo mayor de Enrique IV y ayo del Príncipe Juan -hijo de los Reyes Católicos-, fundó en el año 1485.

Contaba con un bellísimo patio porticado y con una meritoria portada, en la que destacaban las mencionadas esculturas de los 'salvajes', que estaban flanqueando los lados del balcón principal.

Como señala Manuel Blas, este tipo de ornamentación, que bien pudiera representar de forma fantástica a aborígenes americanos, fue muy recurrente en la arquitectura palaciega desarrollada en España a partir del Descubrimiento de América.

Sin ir más lejos, en Cadalso de los Vidrios, en el vértice suroccidental de la Comunidad de Madrid, se conserva un caserón de origen renacentista decorado de este modo, que también recibe el nombre de la Casa de los Salvajes.


Casa de los Salvajes, en Cadalso de los Vidrios (fuente: Consorcio Sierra Oeste). ¿Serían así los 'salvajes' de Madrid?

Asimismo, en la ciudad jienense de Úbeda existe otra Casa de los Salvajes, igualmente del Renacimiento. Como puede comprobarse en la fotografía inferior, los grupos escultóricos parecen seguir el mismo patrón de los anteriores, lo que hace pensar que los de Madrid pudieron ser muy parecidos.


Casa de los Salvajes, en Úbeda (fuente: www.andalucia.org)

Las estatuas del Palacio de Cárdenas alcanzaron una gran popularidad entre los madrileños, como así refleja este diálogo de la pieza teatral Mojiganga de las casas de Madrid, escrita en los primeros años del siglo XVII por Juan Francisco de Tejera:

- Ya llegamos.
- ¿Dónde?
- Donde figuras veas extrañas.
- ¿En qué parte?
- Ya te digo que en las casas más nombradas de Madrid. Entra.
- ¿Qué veo? ¿Qué casa es ésta?
- La Casa de los Salvajes.

Con el paso del tiempo, el palacio pasó a manos de los Condes de Miranda y de Montijo, que también se hicieron con un caserón colindante, que afortunadamente todavía se encuentra en pie, aunque muy transformado.

En la segunda mitad del siglo XVIII, ambos inmuebles fueron remodelados y ampliados, hasta quedar anexados por sus extremos, formando una escuadra.

Como consecuencia de estas obras, la Casa de los Salvajes fue demolida en parte, para ser rehecha siguiendo los gustos de la época. Se optó por conservar la fachada exterior con los 'salvajes', pero el hermoso patio renacentista fue tristemente desmontado.



Los resultados de estas reformas pueden apreciarse parcialmente en esta dos imágenes históricas, en las que aparece el ángulo suroriental de la Plaza del Conde de Miranda en los años 1914 (fotografía superior) y 1915 (fotografía inferior).


El Palacio de Cárdenas queda a la izquierda (al este), unido mediante un arco de medio punto con el edificio que cierra la plaza hacia el sur, que, como se acaba de comentar, también fue adquirido por los Condes de Miranda. Al fondo, puede apreciarse la Calle de la Pasa, presidida por el Palacio Arzobispal.

Algunos de los elementos primitivos que se derribaron fueron llevados a la Quinta de Miranda o de Eugenia de Montijo, una villa de recreo que los Condes de Miranda tenían en Carabanchel y que, en el siglo XIX, fue propiedad de la emperatriz.

Como puede verse en la siguiente fotografía histórica, los capiteles y columnas del patio fueron colocados en la parte posterior del palacete, donde estuvieron hasta los años setenta del siglo XX, cuando todo el conjunto desapareció.


Fuente: 'Recuerdos de Carabanchel'. Varios autores. Ayuntamiento de Madrid, 2003.

En 1913, la Casa de los Salvajes se hizo aún más conocida, porque en ella se cometió el llamado crimen del Capitán Sánchez, uno de los más famosos de la historia de nuestra ciudad. 

Al parecer, el militar mató a martillazos a un viudo adinerado y lo emparedó en el palacio, que, en aquel momento, era la sede de la Escuela Superior de Guerra.

Desconocemos en qué momento exacto el palacio sucumbió bajo la piqueta. Sobre su solar se alzan hoy en día unas modernas viviendas, que contrastan con el sabor añejo de las construcciones que conforman los otros flancos de la plaza.


Lado oriental de la plaza, con el moderno edificio construido en el lugar donde estuvo la Casa de los Salvajes.

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lunes, 18 de julio de 2011

El río Manzanares, según Aureliano de Beruete

Pocos pintores le han prestado tanta atención al Manzanares como Aureliano de Beruete (Madrid, 1845-1912), uno de los paisajistas más destacados de la pintura española.

El aprendiz de río aparece en numerosas obras suyas, como tema central de la composición. Su curso breve y divagante, que tantos y tantos escritores han ridiculizado a lo largo de la historia, queda convertido, gracias a su pincelada fina y suelta, en un espectáculo de colores, con todos los matices lumínicos que dan las estaciones y las horas del día, al más puro estilo impresionista.

Aún a riesgo de omitir algunos de los lienzos que el artista dedicó al Manzanares, realizamos un repaso cronológico de su manera de ver el río. Más que agua, que ya sabemos que no hay mucha, Beruete reflejó la luz de la corriente, cuando ésta discurría libre y salvaje, sin los rigores y apreturas de la canalización actual.



Comenzamos con este óleo del año 1878, titulado Orillas del Manzanares, que se conserva en el Museo del Prado. Se trata de una pintura de corte realista, muy alejada del espíritu impresionista que define la obra posterior del pintor. Madrid puede verse al fondo, con algunos de sus edificios más emblemáticos siluetados, entre ellos San Francisco el Grande y su majestuosa cúpula.



El segundo cuadro que recogemos también lleva por título Orillas del Manzanares. No en vano éste fue uno de los temas más recurrentes en la carrera del artista. Fue realizado hacia 1880 y es propiedad de la Obra Social de Caja España. En él se muestra al río a su paso por la Sierra de Guadarrama, probablemente en las inmediaciones de La Pedriza.



Beruete eligió para sus composiciones lugares hasta entones inéditos en el paisajismo español. Tuvo una especial predilección por la periferia de Madrid y no dudó en plasmar enclaves recoletos, que no cumplían las condiciones estéticas que, según las pautas de la época, tenía que tener un paisaje para ser pintado. Es el caso de este Lavaderos del Manzanares (1904), que se exhibe en el Museo Sorolla, en Madrid.



El Manzanares bajo el Puente de los Franceses (1906, Colección Alberto Corral) pertenece a la etapa de plena madurez del artista. Pese a que el puente queda plasmado únicamente a través de sus pilas, como si no tuviera importancia dentro del paisaje, cumple una función de primer orden, ya que sus tonos rojizos se extienden a todo el conjunto.



Seguimos con otra de las muchas Orillas del Manzanares que pintó Beruete, en esta ocasión dentro de un entorno netamente urbano. Estamos ya en el año 1907, en un momento en el que el artista, muy influenciado por el impresionismo francés, persigue la luz de modo casi obsesivo. La obra pertenece a la colección del Museo del Prado.



El autor madrileño trabajó en este A orillas del Manzanares del Museo de San Telmo, de San Sebastián, entre los años 1908 y 1910. El río parece fundirse con los tonos otoñales, anaranjados y ocres, que deja a su paso.



La cornisa occidental madrileña fue otro de los temas preferidos de Aureliano de Beruete. En El Manzanares (1908, Museo del Prado) aparece reflejada con tonalidades blancas, aunque realmente el verdadero protagonista del cuadro es el el río, que ocupa más de la mitad del lienzo. El autor se sirve de él para llevar a cabo efectistas juegos de colores, creando una magnífica escenografía alrededor la ciudad y de sus símbolos más reconocibles.



En Madrid desde el Manzanares (1908, Museo del Prado) Aureliano de Beruete recurre al mismo paisaje que en el cuadro anterior, con una perspectiva muy similar, ligeramente desplazada hacia el norte. A pesar de las semejanzas, cambia radicalmente la luz, dentro de esa preocupación del autor por captar las variaciones lumínicas que se producen a lo largo del día y en las diferentes épocas del año.



En Vista de Madrid desde la Pradera de San Isidro (1909, Museo del Prado), el río queda en un segundo plano. Es sólo un elemento más dentro de la sucesión de impactos cromáticos reflejados por el artista, matizados bajo una luz tenue y sutil, tal vez de otoño, según se desprende de las hojas marrones de los árboles situados a la izquierda.

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lunes, 11 de julio de 2011

El quiosco de música de Rosales

Recuperamos la sección "El Madrid desaparecido" trasladándonos al Parque del Oeste, concretamente a la confluencia de la Avenida del Marqués de Urquijo con el Paseo de Rosales, donde estuvo situado el más bello templete de música que ha tenido nuestra ciudad.


Año 1930.

Fue realizado por el arquitecto Luis Bellido y González (1869-1955), a quien los madrileños debemos trabajos tan señalados como la restauración y ampliación de la Casa de Cisneros, la adaptación de la Puerta de Felipe IV a su actual emplazamiento o el diseño del Mercado de Ganados y Matadero Municipal.

El quiosco fue inaugurado por todo lo alto el 15 de mayo de 1923, festividad de San Isidro, con un concierto de música popular española, ofrecido por la Banda Sinfónica Municipal de Madrid, bajo la dirección del Maestro Villa.


Inauguración (15 de mayo de 1923).

El diario ABC se hizo eco de la noticia de apertura y no escatimó en elogios hacia la construcción, que calificó de "realmente notable por sus condiciones y capacidad, un alarde de buen gusto".

Al mismo tiempo, informó que se iban a realizar "obras de explanación y embellecimiento de la glorieta donde el quiosco está enclavado", un recinto que lamentablemente también se ha perdido.

La Banda Municipal estuvo tocando periódicamente en este lugar hasta el estallido de la Guerra Civil (1936-39). Varios años después del final de la contienda, el templete fue reacondicionado y pudo recuperarse la actividad musical, preferentemente cada domingo.


Año 1938 o 1939, durante la Guerra Civil.

En el año 1951 se procedió a su demolición. También fue destruida la plaza donde estuvo ubicado, con objeto de que la calzada del Paseo de Rosales quedase enderezada y mejorase la fluidez del tráfico rodado. En fin, lo de siempre.


Año 1923.

lunes, 4 de julio de 2011

La Fuente Castellana

La Fuente Castellana es uno de los ejemplos más destacados de la arquitectura conmemorativa madrileña de la primera mitad del siglo XIX. Pese a ello, ha sido objeto de un continuo maltrato, que, lejos de detenerse en los momentos actuales, se ha visto incrementado con las obras de Madrid Río.

La reciente remodelación del Parque de la Arganzuela, donde fue trasladada hace 42 años, muy lejos de su primer emplazamiento en el Paseo de la Castellana, ha supuesto la eliminación de elementos que, como los vasos, los estanques o los juegos de agua, son característicos de toda fuente.



Historia

La historia de esta fuente dio comienzo en 1830, cuando el rey Fernando VII ordenó erigir un monumento para celebrar el nacimiento de su hija Isabel (a la sazón, Isabel II), si bien los trabajos no pudieron empezar hasta tres años después.

El monarca no pudo ver realizado su deseo en vida, ya que le sobrevino la muerte pocos días antes de ponerse la primera piedra. El acto tuvo lugar el 11 de octubre de 1833, prácticamente en coincidencia con el tercer cumpleaños de la princesa, celebrado la jornada anterior.

El proyecto corrió a cargo del arquitecto Francisco Javier de Mariategui (1775-1844), quien concibió una gran columna con pedestal, a modo de hito, todo ello en estilo neoclásico. Contó con la colaboración del escultor José de Tomás (1795-1848), en las labores decorativas, además del cantero José Arnilla y del broncista Eugenio Alonso.

Después de cinco años de obras, el monumento fue levantado en el Paseo de la Castellana -que, en aquel momento, se estaba perfilando como una importante zona de esparcimiento- y más en concreto, en lo que hoy se corresponde con la Glorieta de Emilio Castelar.


Grabado del siglo XIX, donde puede verse la fuente con su primitiva fisonomía.

Inicialmente se pensó en colocarlo en el Paseo del Cisne (actual Calle de Eduardo Dato), pero esta idea se desestimó. No fue la única variación que se hizo sobre la marcha, pues también se transformó el concepto original del propio monumento, al incorporarle una fuente.

De este modo, se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado, se cumplían los deseos de la Casa Real y, por otro, se sustituía la primitiva Fuente Castellana, que recogía las aguas del arroyo homónimo, por otra más artística y ornamentada, algo que, en aquellos momentos, se había convertido en una prioridad, dado el empuje que estaba adquiriendo el nuevo Paseo de la Castellana.

La columna con pedestal ideada por Mariategui fue instalada en el centro de un pilón circular, flanqueada por dos esfinges de bronce con surtidores en la boca, que fueron hechas por José de Tomás en 1838.

Así permaneció hasta 1869, cuando se produjo el primero de los maltratos históricos a los que hemos aludido, con la sustitución del pilón por una zona ajardinada y el traslado de las esfinges a la entrada del Estanque Grande del Parque de El Retiro.

El segundo desaguisado llegó en 1906: el monumento fue sencillamente retirado y su lugar ocupado por el actual grupo escultórico de Emilio Castelar, realizado por el célebre Mariano Benlluire (1862-1947).


El monumento a principios del siglo XX, poco antes de su retirada de la Glorieta de Emilio Castelar. Fotografía de J. Lacoste (Museo de Historia de Madrid).

Ocho años después, en 1914, la Fuente Castellana fue rescatada del olvido y, debidamente recompuesta, fue llevada a la Plaza de Manuel Becerra, donde volvió a ser la fuente que fue en sus orígenes. No sólo se reconstruyó el pilón circular que le servía de base, sino que también regresaron las esfinges decimonónicas.

La reordenación del tráfico llevada a cabo en la citada plaza motivó un nuevo traslado, esta vez al Parque de la Arganzuela. Aquí fue embellecida con un impresionante estanque, de más de 100 metros de largo y casi 60 de ancho, sobre el que emergían distintos surtidores de agua. Corría el año 1969.


La fuente en 1969, recién instalada en el Parque de la Arganzuela.

Durante los trabajos de soterramiento de la M-30, desarrollados entre 2004 y 2007, fueron arrasados tanto el estanque como el pilón circular sobre el que se apoyaba directamente la estructura.

No obstante, sobrevivieron varios sillares, que fueron reutilizados como material de construcción en la reciente remodelación del Parque de la Arganzuela, finalizada en el año 2011. Pueden verse desperdigados en algunos de los nuevos elementos levantados en el recinto, caso de los terraplenes sobre los que descansan los ya famosos toboganes-tubo de Madrid Río.



Con respecto a las esfinges, ahí siguen custodiando el monumento. Pero yacen sobre dique seco, con los surtidores vacíos, evidenciando el contrasentido de una fuente sin pilón y sin agua.



Descripción

La fuente también recibe el nombre de Obelisco de la Castellana, en alusión (equivocada, ya que no es un obelisco) a la columna estriada que preside todo el conjunto. Después de su traslado al Parque de la Arganzuela, empezó a ser conocida como Fuente de la Arganzuela o como Obelisco de la Arganzuela.

Como se ha dicho, su elemento más destacado es la columna. Está asentada sobre una basa toscana y tiene integrado, en su parte intermedia, un cubo de piedra, cuyas cuatro caras están decoradas con relieves de bronce, con el sol, la luna y dos coronas de laurel. Carece de capitel y, como remate, hay instalada una estrella polar, que simboliza la capacidad de guía de la princesa Isabel.

La columna se apoya sobre un basamento cúbico y éste sobre un pedestal de planta rectangular, mucho más grande. Este último cuerpo queda recorrido por una cornisa moldurada, sobre la que descansan, en los lados mayores, dos grupos escultóricos, cada uno de ellos con dos amorcillos sosteniendo un blasón.

Uno es el escudo real y el otro reproduce las armas de la Villa de Madrid, con el oso y el madroño a la derecha y un dragón rampante a la izquierda.



El monumento mide cerca de veinte metros de altura, de los cuales aproximadamente nueve corresponden a la columna. Combina diferentes tipos de piedra, como la caliza blanca, el granito rojo y el granito gris, lo que le confiere una gran variedad cromática.

A estos tonos se añaden los matices marrones de la estrella polar y de los relieves de bronce, además del color negro con el que están pintadas las esfinges situadas a los pies de la estructura.


Postal de los años setenta del siglo XX, con una panorámica de la fuente, antes de las obras de Madrid Río.