lunes, 9 de junio de 2014

Tres pinturas, tres fotografías, tres fuentes

Emprendemos un viaje por el pasado de la mano de tres pinturas y otras tantas fotografías, que nos van a permitir conocer el aspecto de tres viejas fuentes, dos de ellas desaparecidas, ubicadas en los paseos de la Florida y de las Delicias.

Fuente de los Mascarones

Empezamos con La bollera de la fuente de la Puerta de San Vicente, un cuadro conservado en el Museo del Prado, que José del Castillo pintó hacia 1780. En él aparece la Fuente de los Mascarones, que el arquitecto italiano Francesco Sabatini había levantado cinco años antes.

La fuente se encontraba al comienzo del Paseo de la Florida, en la actual Glorieta de San Vicente, enfrente de la puerta del mismo nombre, cuyo autor fue igualmente Sabatini.

No duró apenas un siglo, ya que en 1871 se decretó su derribo para facilitar la construcción del Asilo de Lavanderas.

Constaba de un único cuerpo, en cuyos cuatro frentes había un mascarón, del que brotaba agua en dirección a una concha invertida, para después caer sobre un pilón lobulado.

La parte superior estaba presidida por la figura de un niño a lomos de un delfín, con un surtidor en la boca. Los grupos escultóricos fueron ejecutados por Francisco Gutiérrez.

De este espléndido conjunto existe una elocuente fotografía, realizada en el año 1868 por Alfonso Begué, a quien el consistorio madrileño encomendó plasmar todas las fuentes vecinales y de ornato que había entonces en la villa.


















Fuente de las Delicias

La segunda pintura que analizamos es la titulada Fuente pública en Madrid, una obra de 1875 de Casimiro Sainz y Saiz, que se guarda en el Museo de Historia. En ella puede verse la fuente barroca del Paseo de las Delicias, una vía que, en aquellos momentos, discurría por un entorno silvestre, sin apenas edificaciones.

El pintor cántabro, al que dedicaremos un reportaje próximamente, por sus numerosas conexiones con la capital, se valió de su técnica preciosista, característica de su primera etapa, para reflejar una escena costumbrista de aguadores y muleros.

















Poco sabemos sobre el origen de esta fuente, más allá de la suposición de que pudo haber sido realizada en las últimas décadas del siglo XVIII, a tenor de su trazado. La presencia de conchas invertidas revela una cierta influencia de la Fuente de los Mascarones, de la que pudo ser coetánea.

En la segunda década del siglo XX fue trasladada a la Plaza de Nicolás Salmerón (actual Plaza de Cascorro), tras la eliminación del llamado Tapón del Rastro. Con este nombre era conocida una manzana de siete casas que entorpecía el paso, cuyo derribo en 1913 dio lugar a la plaza que hoy día sirve de entrada al popular mercado.

La fuente fue colocada en la embocadura de la Calle de los Estudios, según puede apreciarse en una sugerente fotografía de L. Huidobro, fechada posiblemente en 1927, que reproducimos a continuación. Hoy día preside el parterre principal del Parque de María Eva Duarte de Perón, cercano a la Plaza de Manuel Becerra, a donde fue llevada a mediados del siglo XX.


















Fuente de los Once Caños

Regresamos al Paseo de la Florida, donde se hallaba la decimonónica Fuente de los Once Caños, llamada así porque tenía ese número de surtidores, aunque los cronistas de la época se lamentaban de que solamente funcionasen cinco. Fue proyectada en 1829.

Casimiro Sainz y Saiz plasmó su silueta trasera en el óleo En la fuente de San Antonio de la Florida, perteneciente a una colección particular. Lo pintó en 1877, apenas dos años después de finalizar el cuadro que hemos visto más arriba.

A pesar del poco tiempo transcurrido entre ambas obras, su estilo ha cambiado radicalmente: la preocupación por el detalle deja paso a una atmósfera misteriosa, casi romántica, creada a partir de contadas gamas cromáticas, que parecen filtrar la luz.

La Fuente de los Once Caños estaba delante de la Ermita de San Antonio de la Florida, en las inmediaciones del desaparecido Puente Verde. Como se observa en la fotografía inferior, tomada por Alfonso Begué en 1864, estaba formada por un cuerpo central, en el que se abría una hornacina con una cabeza de león en su interior, y dos tramos laterales, cada uno de ellos con cinco caños.

lunes, 2 de junio de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (3): la Huerta de la Priora y otros jardines

Finalizamos la serie dedicada a los jardines que Felipe II (1528-1598) impulsó en el Real Alcázar de Madrid con la Huerta de la Priora. También haremos referencia al Jardín de las Infantas y a otros jardines de menor entidad o menos documentados, fechados en la misma época.

Huerta de la Priora

La Huerta de la Priora fue anexionada a las posesiones reales en el año 1556, aunque el jardín como tal no empezó a construirse hasta 1567. Se trataba de una antigua huerta de origen medieval, asentada sobre unos terrenos muy irregulares, que tuvieron que ser nivelados para poder ser ajardinados.


Plano del Real Alcázar, con la Huerta de la Priora en tonos rojos. Fuente: 'El Alcázar de Madrid', de José Manuel Barbeito (1992).

Tenía una superficie aproximada de 17.000 metros cuadrados, que se extendían por la parte nordeste del Real Alcázar. Sus límites septentrionales los marcaba el actual Monasterio de la Encarnación y los meridionales la desaparecida Casa del Tesoro, un complejo arquitectónico anejo al palacio, en el que se albergaban diferentes servicios vinculados con la Corte.

Tomaba su nombre de la Fuente de la Priora, ubicada muy cerca de la Encarnación, una pieza clave en todo el entramado de jardines del alcázar, ya que de ella dependía el riego. Al ser de titularidad pública, la Corona se vio obligada a negociar con el municipio la cesión de una parte de sus aguas, así como del remanente de los Caños del Peral.

Alrededor de la Fuente de la Priora se articuló un sistema de canalizaciones, que alimentaba las plantaciones y fuentes de ornato, mientras que el agua sobrante era desviada hacia el Arroyo de Leganitos. Las obras de estas conducciones fueron encargadas al alarife Joan Prieto y debieron dar comienzo en 1568. La posterior construcción de un estanque (1593-96) mejoró notablemente el suministro de agua.

La Huerta de la Priora en el plano de Pedro Teixeira (1656).

La función principal de la Huerta de la Priora era la producción de hortalizas y frutas para el abastecimiento de la familia real, aunque también había zonas ajardinadas que tenían un uso meramente recreativo. Estaba organizada en grandes cuarteles (seis u ocho, según los planos), que se reservaban a los cultivos, preferentemente de árboles frutales. Cada uno de ellos tenía una fuente ornamental.

A pesar de los movimientos de tierra realizados, el jardín había quedado en una cota inferior a la de los terrenos colindantes. Para salvar el desnivel que le separaba de la Fuente de la Priora, tuvo que levantarse un paredón por la parte septentrional. El encargo recayó sobre Juan de Herrera (1530-1597), tras la muerte de Juan Bautista de Toledo, en 1567.

Por el lado occidental había también una cerca, mientras que, por el meridional, se elevaba la Casa del Tesoro, nombre con el que se conocía genéricamente al complejo formado por las Casas de Oficios, las Cocinas Nuevas y la propia Casa del Tesoro, tal y como se ha apuntado más arriba.


El Real Alcázar y la Casa del Tesoro en el plano de Antonio Mancelli (1614-1622). Detalle del ejemplar de la Biblioteca Regional de Madrid, impreso hacia 1657.

Hacia el este, donde emergía el caserío de la ciudad, fueron construidos varios edificios, que no solo hacían de contención, sino que también aislaban el recinto de las miradas y ruidos de la calle. Al interior tenían paredes ciegas y al exterior diversas dependencias, en una de las cuales terminaría estableciéndose, a principios del siglo XVII, la tahona y panadería del rey.

Varios años después de fundarse el Monasterio de la Encarnación (1611-1616), Felipe IV (r. 1621-1665) ordenó intervenir en esta zona para crear un corredor que comunicase directamente el alcázar con el convento. Se preservaba así la intimidad de los miembros de la familia real cada vez que acudían a sus obligaciones religiosas.

Conocido como Pasadizo de la Encarnación o Paredón de Balnadú, por su proximidad con la puerta medieval homónima o, tal vez, por haberse construido con materiales procedentes de la misma, este pasillo se convirtió en un auténtico espacio de arte. Llegó a acoger al menos 271 pinturas y esculturas, según consta en el inventario que se hizo tras la muerte de Carlos II (r. 1665-1700).

Alzado del Pasadizo de la Encarnación hacia la Huerta de la Priora. Anónimo español (1720). Biblioteca Nacional de España.

Durante el reinado de Felipe V (r. 1700-1746) estas instalaciones fueron habilitadas como sede de la Biblioteca Real de Palacio, antecedente de la Biblioteca Nacional de España, a partir de un proyecto del arquitecto Teodoro Ardemans (1661-1726).

Todo ello hizo de la Huerta de la Priora un espacio cercado por todos sus flancos, sin conexión directa con el Real Alcázar y sin ningún tipo de relación axial con el mismo, casi más próximo al concepto medieval de jardín, como un lugar cerrado y recogido, que al ideal renacentista de apertura al exterior y confluencia con la naturaleza.


Medallones con los retratos de Felipe V e Isabel de Farnesio (1727), que estuvieron instalados en la Biblioteca Real. Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

La Huerta de la Priora, el Pasadizo de la Encarnación y la Casa del Tesoro sobrevivieron al incendio del alcázar de 1734. En 1809 se decretó su destrucción y, años más tarde, se levantaría sobre su solar la Plaza de Oriente. 

Otros jardines

El Jardín de las Infantas, posteriormente llamado de la Reina, fue trazado entre 1582 y 1584. Se extendía a lo largo de unos  2.000 metros cuadrados a los pies de la fachada este del alcázar, junto a las estancias de las infantas y del príncipe. De planta rectangular, estaba delimitado en su lado norte por un murallón, en el que se abría una ventana. Su trazado respondía a un esquema ortogonal, con varios cuadros de plantaciones y una fuente ornamental.

Otros jardines impulsados por Felipe II fueron la denominada Huerta Nueva o Huerta junto a la Fuente de la Priora, que se construyó hacia 1582 cerca del paredón de Juan de Herrera, y el Jardín del Juego de Pelota, probablemente situado en las proximidades del Jardín del Cierzo.

El primer recinto llegó a contar con un huerto medicinal, surgido durante el reinado de Felipe III (r. 1598-1621), mientras que el segundo alcanzó su verdadera forma y dimensión en tiempos de Felipe IV (r. 1621-1665), cuando pasó a denominarse Jardín de las Bóvedas.


Plano del Real Alcázar, con el Jardín de las Infantas en tonos rojos. Fuente: 'El Alcázar de Madrid', de José Manuel Barbeito (1992). 

Artículos relacionados

- Los jardines renacentistas del Real Alcázar (1): el Jardín del Cierzo y El Parque
- Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

El Alcázar de Madrid, de José Manuel Barbeito. COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid), Madrid, 1992

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Los viajes de agua de Madrid durante el antiguo régimen, de Virgilio Pinto Crespo (dirección), Rafael Gili Ruiz y Fernando Velasco Medina. Fundación Canal (Canal de Isabel II), Madrid, 2012

El entorno del Alcázar de Madrid durante la Baja Edad Media, de Manuel Montero Vallejo. Revista En la España medieval, número 17 (páginas 1011-1026). Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 1985

De pasadizo a palacio: las casas de la Biblioteca Nacional de España. Exposición celebrada en Madrid, 2012-2013

jueves, 29 de mayo de 2014

Itinerarios guiados con 'Los laberintos del arte'

Hace unas pocas semanas tuvimos la oportunidad de realizar una visita guiada por el Madrid de Carlos III de la mano de 'Los laberintos del arte', un colectivo de divulgación artística, especializado en el patrimonio madrileño y en la vida cultural de la ciudad, del que nos confesamos rendidos admiradores.

La experiencia nos gustó tanto que queremos hacerla extensible a los seguidores de 'Pasión por Madrid'. Manuel, nuestro maestro de ceremonias, nos ayudó a descubrir nuevas perspectivas, a cual más enriquecedora, con un punto crítico que nos permitió ir más allá de lo establecido, hacernos preguntas y descubrir matices que, de otro modo, no hubiésemos sabido captar.

'Los laberintos del arte' organizan periódicamente itinerarios guiados y tematizados, tanto por las calles madrileñas como por museos y fundaciones. Lejos de las rutas estandarizadas, más o menos conocidas, se sirven de la esencia misma de la ciudad para realizar una auténtica lección magistral sobre la Historia del Arte.

El próximo itinerario tendrá lugar el domingo 1 de junio, bajo el título El Paseo del Prado: lugar de ciencia y saber en el siglo XVIII. También está previsto un recorrido por la exposición Mitos del pop, que se inaugurará el 10 de junio en el Museo Thyssen-Bornemisza.

lunes, 26 de mayo de 2014

'Muros', arte urbano en la Tabacalera

Nos acercamos hasta la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid, en Embajadores, para contemplar una de las manifestaciones de arte urbano que más nos han gustado en los últimos años. Lleva por título Muros y se plantea como una enorme exposición al aire libre, en la que han participado más de treinta creadores.

El soporte elegido ha sido la cerca que circunda el patio exterior de la Tabacalera, un edificio del siglo XVIII que fue convertido en 2009 en un centro cultural, dependiente, en una parte, del Ministerio de Cultura y, en otra, del Centro Social Autogestionado La Tabacalera de Lavapiés.

Se han llevado a cabo veintisiete intervenciones artísticas, la inmensa mayoría de carácter pictórico, que cubren la práctica totalidad de la tapia, a lo largo de unos cien metros lineales.

El recorrido comienza en la Glorieta de Embajadores, donde se encuentran dos murales de gran superficie, que, a pesar de haber sido realizados por dos autores distintos (E1000 y Pablo. S. Herrero), responden a un planteamiento común.


E1000 + Pablo. S. Herrero.

En la Calle de Miguel Servet está situado el que podemos considerar el tramo más espectacular: veintitrés murales sorprenden al viandante con sus vivos colores, sus composiciones audaces, sus mensajes reivindicativos o sus geometrías imposibles. Los dos últimos, pero no por ello menos interesantes, aparecen a la vuelta de la esquina, subiendo por la Calle del Mesón de Paredes.

Los murales fueron ejecutados en apenas ocho días, entre el 5 y el 12 de mayo, a petición del Ministerio de Cultura y de Madrid Street Art Project. La intención de los organizadores era llamar la atención sobre las posibilidades que ofrecen los diferentes espacios urbanos como plataformas de expresión artística.

Muros se ha celebrado por primera vez este año, bajo el leitmotiv del concepto de contexto, que está en la raíz de este tipo de manifestaciones. Por este motivo, los participantes han sido seleccionados por criterios de proximidad, buscando sus vinculaciones con el arte urbano madrileño.

Nos hubiera gustado ilustrar este reportaje con fotografías de los veintisiete murales, pero por razones de espacio nos hemos visto obligados a elegir unos cuantos. Espero que los autores no incluidos nos sepan disculpar.


Dingo.


Jonipunto.


Por favor + Seven.


Ze Carrión.


Dr. Homes + Sr. Mu.


Spok.


Jimena.


Suso33.


Susie Hammer.


Borondo.


Sabek.

lunes, 19 de mayo de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Continuamos con la serie dedicada a los jardines que el rey Felipe II (1527-1598) ordenó levantar en el Real Alcázar de Madrid. Después de haber analizado el Jardín del Cierzo y El Parque (Campo del Moro), le toca ahora el turno al Jardín del Rey. En la próxima entrega nos centraremos en la Huerta de la Priora.

Jardín del Rey

El Jardín del Rey se encontraba en la esquina suroeste del Real Alcázar de Madrid, junto a la barranquera que descendía hasta el Campo del Moro. Se extendía a los pies de la Torre Dorada, que el arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) había construido en 1560 a partir de modelos flamencos, sugeridos por el propio Felipe II.


Detalle del plano de Pedro Teixeira (1656). Museo de Historia, Madrid.

Se trataba de un auténtico giardino segreto, anejo a las habitaciones del monarca, quien se había reservado el ala occidental del palacio por sus magníficas vistas al valle del Manzanares, a la Casa de Campo y a la Sierra de Guadarrama.

A pesar de su ubicación junto a la transitada Plaza del Palacio (Plaza de la Armería), pasaba completamente desapercibido, al estar situado en un nivel más bajo, protegido por un muro que lo aislaba del gentío. Todo ello convirtió a este jardín en uno de los lugares preferidos de Felipe II.

Tenía una superficie de unos 1.000 metros cuadrados, distribuidos en una planta cuadrangular, quebrada en su lado norte por la base de la Torre Dorada. Estaba formado por dos caminos ortogonales cruzados, que daban lugar a cuatro cuadros, cada uno de ellos con una fuente en su punto central. En el cruce había dispuesta una quinta fuente, de mayor tamaño que las anteriores.


'Los volatineros delante del alcázar'. Jean L'Hermite (1596). Biblioteca Real, Bruselas.

El jardín se comunicaba con el alcázar por medio de la Galería del Cuarto del Rey (1585-86), que enlazaba la Torre Dorada con una de las torres que flanqueaban la entrada principal al edificio, tal y como puede apreciarse en el dibujo superior, de finales del siglo XVI.

Pese a la importante diferencia de cotas, también estaba conectado con El Parque (Campo del Moro), a través de unos pasadizos horadados en un muro de contención, mientras que unas escaleras le daban acceso a la Plaza del Palacio (Plaza de la Armería).

Asimismo, se barajó la idea de construir una galería que, partiendo del jardín, pusiese en contacto el alcázar con el edificio de la Real Armería y Caballerizas, ubicado en el otro extremo de la plaza. Finalmente fue levantado un muro ciego, a modo de eje de unión.

Debido a la disposición del jardín y del citado muro, la Plaza del Palacio no abarcaba la totalidad de la fachada del alcázar, sino únicamente su parte oriental, precisamente donde más visibles eran los primitivos elementos medievales. Quedaba fuera de su ángulo el sector más espectacular del palacio, donde se elevaba la majestuosa Torre Dorada.

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) fue construida una nueva fachada en el alcázar. Más tarde, con Carlos II (1665-1700) en el poder, se intervino sobre la plaza, ampliándola hacia el oeste y dotándola de galerías. Ello significó la desaparición del Jardín del Rey.


Proyecto de paredón para El Parque, Juan Gómez de Mora (1625). Archivo de la Villa, Madrid.

Uno de los documentos gráficos más valiosos que existen de este jardín es el proyecto que Juan Gómez de Mora (1586-1648) hizo para levantar un paredón en la barranquera del Campo del Moro, en el quedaba reflejada su planta. A este mismo arquitecto se debe otra excepcional imagen del jardín, en este caso tridimensional, en la maqueta que confeccionó para su proyecto de reforma del Real Alcázar.


Maqueta del Real Alcázar de Madrid. Juan Gómez de Mora (1625). Museo de Historia, Madrid.

El Jardín del Rey también era conocido con el nombre de los Emperadores, por los bustos de césares romanos, desde César a Domiciano, que decoraban el recinto. Les acompañaba una representación de Carlos V, así como una copia del célebre Espinario.

La colección, que reunía obras clásicas y renacentistas, estaba compuesta por dos series: la primera llegó en 1562, regalo del Cardenal Giovanni Ricci de Montepulciano a Felipe II, y la segunda en 1568, de manos del Papa Pío V. Estos bustos se reparten en la actualidad entre el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid.

En este lugar también estuvo la famosa escultura Carlos V dominando el furor (1551-64), que León y Pompeyo Leoni fundieron en bronce entre 1551 y 1564. La estatua fue llevada posteriormente a Aranjuez y, más tarde, al Jardín de la Ermita de San Pablo, en el Buen Retiro, y hoy día se encuentra en el Museo del Prado.


El emperador Tiberio. Escultura anónima (hacia el año 21). Museo del Prado, Madrid (fotografía del Museo del Prado).

Junto a los ornatos clasicistas, como los citados bustos o la presencia de un nicho en la cara meridional, el jardín también reunía elementos castizos. Hay constancia de la presencia de ladrillos toledanos en el solado (que posteriormente fueron sustituidos por guijarros, en la línea del Jardín del Rey, de Aranjuez) y de azulejos pintados en los zócalos, siguiendo la más pura tradición hispano-musulmana.

Artículos relacionados


Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Juan Gómez de Mora, Antonio Mancelli y Cassiano dal Pozzo, de José Manuel Barbello. Archivo Español de Arte, tomo 86 (páginas 107-122). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2013

Catálogo de la exposición 'El antiguo Madrid': catálogo general ilustrado, varios autores. Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid, 1926

Velázquez y su siglo, de Carl Justi. Colección Fundamentos, número 150. Ediciones Istmo, Tres Cantos (Madrid), 1999

lunes, 12 de mayo de 2014

San Isidro, en Roma

Celebramos la festividad de San Isidro recuperando la sección “Madrid fuera de Madrid”, en la que seguimos la pista de aquellos personajes, objetos o tradiciones que, teniendo un origen madrileño, han encontrado arraigo fuera de nuestra ciudad.

Viajamos hasta Roma, donde localizamos dos iglesias consagradas al patrón de la capital, conocido en Italia como Sant’Isidoro Agricola o Sant’Isidoro Lavoratore. No olvidemos que el nombre Isidro, que nos suena tan castizo, es realmente una degeneración de Isidoro.



La primera de ellas es Sant'Isidoro a Capo le Case, de estilo barroco, situada muy cerca de la célebre Via Veneto. Fue fundada en 1625 por Ottaviano Vestri di Barbiana, por entonces obispo de Túsculo, tres años después de que el Papa Gregorio XV canonizase a San Isidro, junto con Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Además del templo, fue creado un hospicio, que en un principio fue regentado por franciscanos españoles, sustituidos posteriormente por franciscanos procedentes de Irlanda. Por esta razón la iglesia también es llamada Sant'Isidoro degli Irlandesi. 

Sus arquitectos fueron Antonio Felice Casoni (1559-1634), Domenico Castelli (1582-1657) y Carlo Bizzaccheri (1656-1721), este último autor de la fachada, que se estructura en tres secciones. La inferior está formada por un pórtico, al que se accede a través de una doble escalera en rampa, mientras que la superior queda configurada por un frontón de remate circular, donde se inscribe una leyenda alusiva al santo madrileño.

La parte central es, sin duda, la más ornamentada. Se ilumina por medio de un vano, coronado con un sinuoso frontón de volutas, a cuyos lados se sitúan dos hornacinas, una con una estatua de San Patricio y otra de San Isidro.


'Sant'Isidoro e la Vergine Maria', de Andrea Sacchi.

El templo tiene una única nave y es de cruz latina. Su elemento más valioso es la Cappella da Sylva, erigida en honor del noble portugués Rodrigo López da Sylva, obra de Lorenzo Bernini (1598-1680). En el altar mayor se encuentra el lienzo Sant'Isidoro e la Vergine Maria, de Andrea Sacchi (1599-1661), en el que se representa a San Isidro realizando su milagro más famoso, el de los ángeles tirando de los bueyes. 

Además de ésta, Roma cuenta con otra iglesia dedicada a San Isidro, en las proximidades de la Piazza della Repubblica. O mejor dicho, contaba, porque de Sant'Isidoro alle Terme, llamada así porque fue edificada en un sector de las Termas de Diocleciano, solo queda su fachada barroca.

Sant'Isidoro alle Terme. Fotografía de Wikipedia.

El Papa Benedicto XIV (1675-1758) ordenó su construcción en 1754, a partir de un proyecto del arquitecto Giovanni Pannini (1720-1810). En los años cuarenta del siglo XX se decretó su derribo, en un intento de recuperar la estructura original de las termas.

Conocemos el aspecto que tenía el altar mayor gracias a un grabado del siglo XVIII, que reproducimos a continuación. La pintura que lo presidía repetía el mismo tema del cuadro existente en Sant'Isidoro a Capo le Case, con un esquema muy parecido.


domingo, 4 de mayo de 2014

La Puerta Norte del Jardín Botánico

La Puerta Norte del Jardín Botánico es hoy día el acceso principal de este jardín histórico. También conocida como Puerta de Murillo, por el nombre de la plaza donde se ubica, fue levantada en el último tercio del siglo XVIII, frente a la fachada meridional del Museo del Prado.



La historia del Jardín Botánico es la historia de un fracaso, tal vez el más importante de toda la carrera de Francesco Sabatini, a quien en 1774 le fue encomendada su construcción, para años después tener que abandonar, ante las fuertes críticas recibidas.

Pero también es la historia de un éxito, el de Juan de Villanueva, que en 1778 hizo el diseño definitivo, con los magníficos resultados que podemos admirar en la actualidad, máxima expresión del pensamiento ilustrado de la época y del exquisito gusto neoclásico del autor.

















Aunque oficialmente la salida de Sabatini se justificó por la imposibilidad de compaginar el trabajo con otros que estaba acometiendo simultáneamente, lo cierto es que su propuesta no complacía a nadie, especialmente a la comunidad científica.

El arquitecto italiano había ideado un espacio puramente ornamental, articulado a partir de un complicado trazado geométrico, claramente barroco, que no atendía a las necesidades expuestas por los botánicos para la clasificación de las especies vegetales.

Tampoco gustaba el sistema de riego planteado, basado en el incómodo método de transportar el agua en carros, que Villanueva sustituyó por una eficaz red de acequias de inspiración hispano-árabe, gracias a las cuales el riego llegaba a todos los planteles del jardín.


Planta del Jardín Botánico en 1781, cuando fue inaugurado. Fuente: 'Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid', de Miguel Colmeiro (1875).

Centrándonos en la puerta que ocupa nuestra atención, se trata de una creación posterior al propio jardín. Villanueva tomó la decisión de incorporarla a su proyecto cuando, en 1785, se le encargó la construcción del Museo del Prado, concebido inicialmente como Gabinete de Historia Natural, en las proximidades del Botánico.

Era una forma de que ambos recintos tuvieran una comunicación directa. También planeó realizar una plaza en exedra, para reforzar aún más ese eje de conexión, antecedente de la actual Plaza de Murillo.

'Entrada al Real Museo por la parte del Jardín Botánico', de Fernando Brambila (principios del siglo XIX). Ministerio de Hacienda, Madrid.

La Puerta Norte fue inaugurada el 23 de septiembre de 1789, horas después de celebrarse el acto de jura del futuro Fernando VII como Príncipe de Asturias, en la vecina Iglesia de los Jerónimos.

El heredero, los reyes y los infantes traspasaron solemnemente la entrada, mientras unos doscientos niños, portando antorchas, formaban un semicírculo en la Plaza de Murillo. Una vez en el jardín, les fue servida una espléndida cena dentro del Pabellón de Invernáculos (Pabellón de Villanueva).


La Plaza de Murillo en una fotografía de António Passaporte (entre 1927 y 1936). Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico.

Hasta entonces el acceso al Jardín Botánico se hacía desde la Puerta Real (o de Carlos III), enclavada en el mismo Salón del Prado, uno de los pocos elementos arquitectónicos del proyecto de Sabatini que pudieron materializarse.

Descripción

A diferencia de la Puerta Real, erigida a modo de arco triunfal, la Puerta Norte ofrece una solución más funcional, sin que ello menoscabe su monumentalidad. Juan de Villanueva integra dentro de un único volumen la función de vigilancia y la función de acceso, un planteamiento que le permite trascender el concepto tradicional del barroco para este tipo de estructuras.


Litografía de la puerta. Fuente: 'Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid', de Miguel Colmeiro (1875).

La eficacia de este esquema queda avalada en el momento actual, ya que, dentro de la puerta, han sido habilitados un control de seguridad y una taquilla, sin necesidad de ninguna construcción anexa. No hubiese ocurrido lo mismo si el acceso al Jardín Botánico se hubiese instalado en la Puerta Real.

La Puerta Norte consta de tres partes. En el centro se abre un vano adintelado, dividido en tres por dos columnas de orden toscano, que se reserva para el paso. A los lados se sitúan dos pequeños estancias, iluminadas por arcos de medio punto, donde estaban los centinelas. El arranque de los arcos aparece remarcado por una línea de imposta, que algunos investigadores no atribuyen a Villanueva.

Para el entablamento el arquitecto utiliza el mismo tipo de ménsulas que en el Pabellón de Invernáculos, con un total de veintiocho por cada una de las caras principales. Estas piezas generan un cierto ritmo, que ayuda a romper la fuerte horizontalidad de la composición.


El Pabellón de Invernáculos en una fotografía de António Passaporte (entre 1927 y 1936). Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico.

La verja de cierre fue fabricada en el siglo XVIII en la ciudad guipuzcoana de Tolosa, al igual que la que cerca todo el jardín. Es obra de Pedro José de Muñoa y Francisco de Arrivillaga.

Bibliografía consultada

Juan de Villanueva y el Jardín Botánico del Prado, artículo de Ramón Guerra de la Vega. Revista Villa de Madrid, número 91. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 1987.

Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid, de Miguel Colmeiro y Penido. Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, Imprenta de T. Fortanet, Madrid, 1875 (copia digital del Instituto de San Isidro, Madrid, 2009).

















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