lunes, 21 de octubre de 2013

La Ermita de San Pablo (1): la primera construcción

Los Jardines del Buen Retiro se construyeron en varias fases durante el reinado de Felipe IV (1605-1665), principalmente entre 1634 y 1640. Aunque fueron diseñados a la manera italiana, reunían también elementos castizos, como una serie de ermitas, que, además de su finalidad religiosa, cumplían una función paisajística.


'Vista del Palacio del Buen Retiro', grabado de Juan Álvarez de Colmenar (principios del siglo XVIII).

Puede sorprender que en un lugar concebido para el esparcimiento se edificaran estos pequeños templos, si bien su presencia parece vincularse más al acto festivo de la romería que al retiro espiritual o a la penitencia, según sostiene el investigador Alfonso Rodríguez G. de Ceballos.

De todos modos, no se trataba de ninguna especificidad. Existía el precedente del Palacio Ducal de Lerma, en la provincia de Burgos, cuyos jardines llegaron a tener hasta siete ermitas. Es bastante probable que el rey conociese este dato y, sin duda alguna, su valido, el Conde-duque de Olivares, el auténtico promotor del Buen Retiro.

Siete fueron también las ermitas de los jardines madrileños. Seis de ellas (San Isidro, San Pablo, San Juan, San Bruno, la Magdalena y San Antonio de los Portugueses) se hicieron de nueva factura y la otra, la de San Blas, fue anexionada cuando se constituyó el Real Sitio. Esta última se encontraba fuera de la zona arbolada, en lo alto del cerro donde hoy se eleva el Real Observatorio Astronómico.

Su arquitectura era bastante simple y austera, como así puso de manifiesto Lorenzo de Magalotti, cronista del viaje que Cosme de Médici realizó por España y Portugal entre 1668 y 1669: "son casitas de ladrillo y de piedra con una capillita".

La de San Pablo fue la primera ermita levantada en el Buen Retiro. Fue erigida en 1632 siguiendo el sencillo patrón descrito por De Magalotti, aunque posteriormente fue objeto de una sustancial reforma, de aire italianizante, que hizo de ella uno de los edificios más suntuosos del barroco madrileño.

Su constructor fue Juan de Aguilar, quien estuvo bajo las órdenes de Alonso de Carbonel (1583-1660), maestro mayor del Buen Retiro. Es probable que también interviniera, al menos como supervisor, Juan Bautista Crescenci (1577-1635), superintendente de las Obras Reales, a quien se le atribuye la verdadera autoría tanto del palacio como de los jardines.

En marzo de 1633, apenas un año después del comienzo de las obras, se estaban ultimando los trabajos ornamentales, entre ellos, los que se encargaron al escultor italiano Juan Antonio Ceroni, quien elaboró el retablo y una estatua de San Pablo ermitaño, presumiblemente para la fachada.



El altar estaba presidido por la pintura San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, realizada hacia 1634 por Diego Velázquez (1599-1660). Este lienzo fue posteriormente trasladado a la vecina Ermita de San Antonio de los Portugueses, según consta en el inventario que se hizo del Buen Retiro en el año 1701. Actualmente puede verse en el Museo del Prado.

Podemos hacernos una idea de cómo era la Ermita de San Pablo antes de que fuera reformada, gracias a dos documentos gráficos de excepcional valor. El primero de ellos es el cuadro Vista del Palacio y Jardines del Buen Retiro (1637), atribuido a Jusepe Leonardo (1601-1653), que pertenece a la colección de Patrimonio Nacional.



Reproducimos un fragmento del citado lienzo, en el que se distingue la ermita a la derecha, asomando entre los árboles, justo detrás de una de las torres angulares del palacio. Puede verse una estructura de planta cuadrada y tejado de pizarra a cuatro aguas, con una pequeña buhardilla en cada uno de los faldones y un pedestal con bola y veleta que surge del vértice central.

El segundo documento que traemos es el plano de Pedro Teixeira, de 1656, donde la ermita queda identificada con el número 82. En esta célebre obra se confirman los detalles que acabamos de apuntar y se añaden otros nuevos, como la existencia de un jardín cercado por la parte trasera.

Con todo, la información más importante que nos proporciona Teixeira es el enclave exacto del templo. Se localiza en el límite meridional del llamado Jardín Ochavado (coincidente con el actual Parterre de El Retiro), no muy lejos del patio donde estaba el Caballo de Bronce, como era conocida la estatua de Felipe IV que hoy preside la Plaza de Oriente.



A partir del año 1659, la Ermita de San Pablo fue desacralizada y convertida en un salón lúdico, decorado con gran suntuosidad, en el que se celebraban fastuosas fiestas y representaciones teatrales, siguiendo las modas barrocas de la época.

Para hacer posible esta nueva función, no solo se tuvo que acometer una profunda remodelación del templo primitivo, sino que también se actuó sobre el jardincillo posterior, que fue transformado en una hermosa plaza circular y adornado con estatuas de bronce, fuentes y túneles de verdura. Pero dejemos todo este momento de esplendor para una próxima entrega.

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- La Ermita de San Pablo (2): el salón de recreo y jardín

lunes, 14 de octubre de 2013

Arte urbano en el Mercado de la Cebada

El Mercado de la Cebada, situado en la plaza del mismo nombre, en pleno barrio de La Latina, está siendo objeto de una profunda intervención artística, que, en un plazo muy corto, transformará sustancialmente su fisonomía.


Simulación del proyecto. Fuente: Boamistura y J&B.

Su renovación corre a cargo de Boamistura, un colectivo de arte urbano surgido en Madrid en el año 2001, al que respalda una destacada actividad en países como Brasil, Alemania, Argelia, Sudáfrica, Noruega o Georgia, además de España.

Aunque los cinco miembros de este grupo pertenecen a disciplinas tan dispares como la arquitectura o la publicidad, todos ellos hunden sus raíces en el graffiti, el punto de arranque de sus iniciativas.

Buena parte de ellas vienen acompañadas de un intenso colorido, como así ocurrió con el proyecto que plantearon para el barrio de San Cristóbal de los Ángeles, en el distrito de Villaverde, hace apenas unos meses.

Éste es también el rasgo principal de su propuesta para el Mercado de la Cebada, que cuenta con el patrocinio de una marca de bebidas alcohólicas. Las seis cúpulas que cubren las instalaciones ya han sido pintadas con colores diferentes (rojo, verde, azul, amarillo, naranja y morado), que aluden a los tonos de los productos y alimentos que se venden en un mercado.


La anamorfosis de la cubierta, parcialmente resuelta. Fuente: Boamistura y J&B.

Sobre ellas se ha escrito la palabra 'color', utilizando la técnica de la anamorfosis, que consiste en la distorsión de las imágenes para que solo adquieran sentido visual si se contemplan desde un determinado ángulo.


La anamorfosis desde la perspectiva correcta. Fuente: Boamistura y J&B.

A diferencia de la cubierta, que ya está prácticamente lista, los trabajos de la fachada principal todavía no están del todo concluidos. Los dos flancos que la conforman están siendo pintados con un mural multicolor, en el que podrá leerse, sobre fondo blanco, la frase 'La vida de color'.

Y en la cristalera central, bajo la cual se encuentra el acceso al recinto, se instalarán paneles verdes, amarillos, rojos y azules, los mismos colores utilizados en el mural. Entendemos que los dibujos actuales, con retratos de distintas personas, quedarán ocultos.



El propio colectivo Boamistura define su actuación como un enorme collage "a imagen del mercado y su barrio", que trata de reforzar el concepto de optimismo, "buscando una riqueza visual más fresca y divertida".

En total, van a ser pintados casi 6.000 metros cuadrados de superficie, en los que serán empleados unos 2.000 litros de pintura y 40 rodillos extensibles. Serán necesarias más de 1.000 horas de trabajo, que se repartirán entre quince personas.



En lo que respecta al interior, está previsto crear una zona dedicada a las "expresiones del optimismo", en el que tendrán cabida las ideas y aportaciones de plataformas como MyMayorCompany y la Liga de los Optimistas Pragmáticos.

Sin olvidarnos del Campo de la Cebada, un espacio gestionado por los vecinos del barrio, que, en el año 2011, lograron que el ayuntamiento les cediera el uso temporal del solar donde se levantaba el desaparecido polideportivo de La Latina. Aquí tienen lugar actividades culturales, sociales y deportivas, organizadas a partir de la iniciativa popular.



Todo ello convierte al Mercado de la Cebada en uno de los puntos más dinámicos de nuestra ciudad. Pese a ello, su futuro no puede ser más oscuro, tras aprobarse en 2009 un plan de mejora de la Plaza de la Cebada que contemplaba su demolición y la incertidumbre existente en torno al centro comercial que iba a sustituirlo.

jueves, 10 de octubre de 2013

Ampliamos la información sobre la Fuente de los Leones

El artículo dedicado a las desaparecidas fuentes de la Villa y de los Leones ha sido ampliado con nuevos datos y una imagen ilustrativa, que nos permite conocer de primera mano qué apariencia tuvo esta última construcción.

Como ya se recoge en el citado reportaje, la Fuente de los Leones vino a sustituir a la primitiva fuente que Rutilio Gaci (1570-1634) diseñó para la Plaza de la Villa o del Salvador. Fue proyectada en 1754 por Juan Bautista Sachetti (1690-1764), uno de los arquitectos que intervinieron en el Palacio Real.

Más información en "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (7): Fuentes de la Villa y de los Leones".

lunes, 7 de octubre de 2013

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (7): Fuentes de la Villa y de los Leones

Recuperamos esta sección, dedicada a las siete fuentes artísticas que surgieron en el primer cuarto del siglo XVII, dentro de un plan que pretendía el embellecimiento de Madrid y del que, lamentablemente, no quedan más que unos cuantos restos diseminados.

Sus artífices fueron el arquitecto madrileño Juan Gómez de Mora (1586-1648), que se responsabilizó de dos fontanas, y el escultor, arquitecto e ingeniero toscano Rutilio Gaci (1570-1634), que hizo otras cinco. Asimismo, se edificó una octava fuente, en la Plaza de Santo Domingo, que, pese a no pertenecer al citado plan, guardaba muchas similitudes estilísticas.

La fuente que ocupa nuestra atención fue proyectada por este último autor. Estuvo situada en la Plaza de la Villa o del Salvador, delante de la desaparecida iglesia del mismo nombre, donde era costumbre que se celebraran las juntas del Concejo de Madrid.

Con respecto a su topónimo, ha tenido varios a lo largo de la historia. En un primer momento fue conocida con los nombres de la plaza que le servía de asiento, esto es, Fuente de la Villa, del Salvador o de San Salvador. Pero, a partir del siglo XVIII, hubo una nueva construcción, que fue bautizada como Fuente de los Leones.


Plano de Pedro Texeira (detalle). Año 1656. 

Se sabe que en 1618 el consistorio madrileño adjudicó las obras de la fuente a Martín de Cortaire por 4.500 ducados y que tres años después dieron comienzo. Aunque Gaci fue quien hizo los planos, los escultores que la llevaron a cabo fueron Juan Porras y Antonio de Riera, que también intervino en la Fuente de la Fe, en la Puerta del Sol, donde estuvo colocada la popular Mariblanca.

La fuente tenía un marcado sentido escultórico, con un claro dominio de las formas curvas, que se aprovechaban para crear un espectacular juego de cascadas. El agua se deslizaba a través de una serie de tazas dispuestas en la parte superior, hasta llegar al pilón principal.


'Milagro de la Virgen de Atocha en las obras de construcción de la Casa de la Villa' (1676-1700). Anónimo. Museo de Historia.

Estaba decorada con numerosos motivos ornamentales, tales como escudos, cartelas y mascarones, además de un grupo escultórico, situado en lo más alto del conjunto. Éste consistía en una mujer vestida con ropas militares, con un escudo y un estandarte en una de sus manos, tal vez representando a la diosa Minerva.

Se trataba de una figura de pequeño tamaño, que llegó a Madrid en el año 1619, procedente de Italia. Fue una decisión de la Junta de Fuentes, dependiente del ayuntamiento, que pagó un total de 15.000 reales al mercader florentino Ludovico Tuchi por su importación.

En este encargo también estaban incluidas la Mariblanca de la Puerta del Sol y la Diana Cazadora de la Plaza de Puerta Cerrada (hoy día en la Fuente de la Cruz Verde). Lo más probable es que todas estas estatuas fueran hechas en el siglo XVI.


Detalle del cuadro anterior.

A juicio de Peter Cherry, la idea de un remate escultórico deriva de las fuentes florentinas de la época y, más en concreto, de la Fontana del Cortile, que, pese a su origen italiano, fue instalada en 1604 en el Palacio de la Ribera, la residencia veraniega que Felipe III tuvo en Valladolid.

Esta fuente estaba coronada con una soberbia escultura de Juan de Bolonia (1529-1608), conocida como Sansón dando muerte a los filisteos, que se conserva en la actualidad en Londres.


Dibujo de la Fontana del Cortile. Galería de los Oficios, Florencia.

A mediados del siglo XVIII, la Fuente de la Villa se encontraba muy deteriorada. En 1752 la Junta de Fuentes acordó su sustitución por una nueva, que fue encomendada a Juan Bautista Sachetti (1690-1764), uno de los arquitectos del Palacio Real, en su condición de de Maestro Mayor de Obras de la Villa y Corte.

Su ejecución corrió a cargo del cantero Pedro Fol, mientras que los grupos escultóricos fueron encomendados a Juan de León. La inauguración oficial tuvo lugar el día 22 de septiembre de 1754.

Conocemos la propuesta de Sachetti por dos fuentes documentales. Una de ellas es el libro Manual de Madrid (1833), de Mesonero Romanos, donde éste informa de la existencia de cuatro leones de piedra en la base, que dieron lugar al topónimo que ha llegado a nuestros días.

De sus bocas salían otros tantos surtidores, que arrojaban agua a un pilón situado a ras de suelo; sobre sus lomos se asentaba un castillete, en clara referencia a las armas del Reino de Castilla y León. El cronista también alude a la estatua que presidía el conjunto, aunque desconocemos si ésta era la misma de la fuente anterior o se hizo de nueva factura.

El segundo documento al que hemos aludido tiene aún más valor, ya que se trata del propio proyecto de Sachetti, que se conserva en el Archivo de la Villa. Según podemos ver en la imagen adjunta, se confirman todos los detalles que explicaba Mesonero, excepción hecha del número de leones que custodiaban el pedestal, que ahora quedan rebajados a tres.



A mediados del siglo XIX la fuente fue derribada, aunque su manantial siguió aprovechándose en una nueva fontana, que fue edificada en el desnivel existente entre la Plaza de Isabel II y la Calle de la Escalinata.

Esta construcción fue inaugurada en el año 1850. No duró mucho, ya que, por exigencias del tráfico, fue demolida en la primera década del siglo XX y reemplazada por la rampa que podemos ver hoy día.


Fuente de la Calle de la Escalinata. Foto de Alfonso Begué (1864).

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La serie "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas" consta de estos otros reportajes:

lunes, 30 de septiembre de 2013

Los jardines renacentistas del Castillo de la Alameda

Visitamos el Castillo de la Alameda, que, gracias a la restauración desarrollada por el Ayuntamiento de Madrid entre 2007 y 2010, ha conseguido salvarse de lo que era una ruina inminente y ser recuperado para su musealización.



Se encuentra en lo que antiguamente fue la villa de la Alameda de Osuna, hoy convertida en uno de los cinco barrios del distrito de Barajas. Está en lo alto de un suave promontorio, desde el que se domina todo el valle del Jarama, dentro de un enclave que ha estado poblado desde tiempos prehistóricos.

El castillo pudo ser levantado hacia 1400, tras la concesión del señorío de la Alameda a la familia de los Mendoza por parte de la Corona. Lo más probable es que Diego Hurtado de Mendoza (1367-1404), padre del célebre Marqués de Santillana, fuese su fundador.

A pesar de su aspecto fortificado, ha tenido a lo largo de la historia una función preferentemente residencial, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XV, cuando la fortaleza fue transformada en un palacio renacentista, con jardines, fuentes, patios con galerías y pavimentos de guijarros, entre otras muchas mejoras.

Recreación del palacio del siglo XV. Fuente: Museos de Madrid.

La reforma fue promovida por Francisco Zapata de Cisneros, uno de los miembros más notables del linaje madrileño de los Zapata, cuyos ascendentes se habían hecho con el castillo, por medio de lazos matrimoniales.

Fruto de esta remodelación fue la construcción de un jardín perimetral, aprovechando la cavidad del foso, en la línea de otras actuaciones de la época, como la que impulsó el rey Felipe II en el Palacio de El Pardo en el año 1562.

Vista aérea del castillo. Fuente: Museos de Madrid.

El foso del Castillo de la Alameda sorprende por su enorme tamaño, muy desproporcionado si se tienen en cuenta las reducidas medidas del núcleo principal, apenas 200 metros cuadrados. Llega a alcanzar doce metros de anchura y seis de profundidad.

Estas considerables dimensiones permitieron crear un amplio espacio para el esparcimiento, en el que convivían especies ornamentales y ortícolas, siguiendo el principio renacentista de que los jardines debían proporcionar belleza visual y, al mismo tiempo, permitir el cultivo de hortalizas y frutas.

Para la creación del jardín fue necesario rebajar la contraescarpa o pared externa del foso, ya que tenía una inclinación excesiva. Toda esta parte fue revestida con un muro con contrafuertes rematados por arcos de medio punto, que contribuían a la monumentalidad del recinto.



Una red de canalizaciones, que se alimentaba de un manantial exterior, garantizaba el riego, al tiempo que suministraba agua a las distintas fuentes ornamentales.

Había cuatro fuentes de planta octogonal, una en cada esquina, así como una fuente de burlas, un artilugio que se puso de moda en el siglo XVI consistente en varios surtidores escondidos, que se accionaban desde lejos para sorprender a los paseantes.



Asimismo, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo han revelado la existencia de un sistema hidráulico en los muros del foso, que permitía las plantaciones verticales.

Un estanque situado al sur del castillo recogía el agua sobrante de las fuentes, que era conducida a través de una tubería. Tenía un tamaño importante, como prueba el hecho de que contase con una isla. Era utilizado para pescar y para la navegación recreativa en barcas.


Restos del estanque, en 1953.

El acceso al foso se realizaba mediante dos túneles, uno desde el interior del palacio y el otro desde el exterior. Fuera de este recinto, había también jardines y, principalmente, huertas de labor.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Arco de San Ginés

El Arco de San Ginés da forma a una de las estampas más típicas del Madrid de los Austrias. Está situado a espaldas de la iglesia del mismo nombre, al final de un pasadizo de apenas sesenta metros de longitud, que se ha convertido en un potente reclamo turístico de la capital.

Aunque por su angostura y recorrido sinuoso, este callejón puede percibirse como de origen medieval, nada más lejos de la realidad. Ni siquiera aparece, al menos con su configuración actual, en el célebre plano de Pedro Teixeira, del siglo XVII, donde puede apreciarse una calle mucho más ancha que la que ha llegado a nuestros días.

El Pasadizo de San Ginés debe su fisonomía a una serie de intervenciones llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue en este momento cuando se abrió el arco que ocupa nuestra atención. Pero vayamos por partes.


El arco desde el Pasadizo de San Ginés (1923).

En los años cuarenta del siglo XVII, la cabecera de San Ginés tuvo que ser derribada, debido a su estado de arruinamiento. En 1655 el alarife Juan Ruiz comenzó su reconstrucción, a partir de un proyecto que ampliaba sustancialmente la planta primitiva y que invadía la vía pública.

La calle que rodea esa parte del templo no solo fue estrechada hasta quedar reducida a simples recovecos, sino que también quedó sin salida, con algunos de sus inmuebles pegados a los muros de la iglesia.

Esta situación provocó las más airadas protestas por parte de los vecinos y, curiosamente, también por parte de los propios párrocos, quienes consideraban que éste no era un entorno apropiado para la actividad religiosa. Al margen de cuestiones estéticas, era frecuente que en el callejón se produjeran revueltas y escándalos.


El arco desde la Plazuela de San Ginés (1931).

Los problemas acabaron un siglo después, en concreto en 1757, cuando la Parroquia de San Ginés tomó la decisión de comprar las casas colindantes. Con esta operación, la iglesia no solo se sentía con autoridad para acometer el saneamiento de la zona, sino que también se aseguraba unos ingresos adicionales alquilando sus nuevas propiedades.

Las casas fueron reformadas y mejoradas por varios arquitectos, entre los que cabe citar a José Arredondo, Manuel López Corona y Francisco Moradillo. También fueron realizados nuevos edificios, al tiempo que se actuó sobre el callejón, con la alineación de las diferentes fachadas, hasta configurarse el actual pasadizo.

En lo que respecta al Arco de San Ginés, fue Arredondo quien tuvo la idea de rasgar una bóveda bajo uno de los inmuebles, con el que quedaron comunicadas todas las calles perimetrales de San Ginés.

Las obras se ejecutaron entre 1762 y 1763, aunque en los años posteriores se hicieron distintos trabajos de mejora y se construyeron varias dependencias para uso eclesiástico, alrededor del templo.


Vista desde el pasadizo, con la Chocolatería de San Ginés a la izquierda (1966).

La casa del Arco de San Ginés, al igual que todo el pasadizo, ha tenido una intensa historia. En una de sus viviendas estuvo la sede de la Real Academia Latina Matritense, que se constituyó en 1755, antes de que el edificio fuese levantado, y que apenas tuvo un siglo de vida.

Por sus bajos han pasado diferentes comercios, que se hicieron muy populares entre los madrileños. En 1884 el hostelero Lázaro López abrió el restaurante 'Le petit Fornos', sucursal del existente en la antigua Calle de Capellanes, actualmente llamada del Maestro Victoria. Cuatro años después, puso en marcha una fonda en el mismo inmueble, que bautizó con su nombre.

Pero, sin duda alguna, el local más famoso del arco es la Chocolatería de San Ginés, inaugurada en 1894. Pese a que hoy figura en todas las guías turísticas de la ciudad, en su momento fue un establecimiento que frecuentaba la bohemia. En las primeras décadas del siglo XX recibió el sobrenombre de El Maxim's golfo.

En esta chocolatería Ramón María del Valle-Inclán situó la Buñolería Modernista, que aparece citada en su obra maestra Luces de bohemia (1920). Por no hablar de Benito Pérez Galdós, que también alude al Arco de San Ginés en la segunda serie de los Episodios nacionales (1875-1879).


Agosto de 2013.

Bibliografía

La Parroquia de San Ginés, de María Belén Basanta. Cuadernos de Arte e Iconografía, tomo IX, números 17 y 18. Madrid, 2000

La academia (Greco)Latina Matritense. Primera parte: su historia (1755-1849), de Pilar Hualde Pascual y Francisco García Jurado. Minerva: revista de filología clásica, número 18, Valladolid, 2005

El Pasadizo de San Ginés, de M. R. Giménez. Antiguos cafés de Madrid y otras cosas de la villa, Madrid, 2012.

lunes, 16 de septiembre de 2013

La Puerta de Recoletos

La desaparecida Puerta de Recoletos estuvo situada en el paseo del mismo nombre, muy cerca de la actual Plaza de Colón, a la altura de la Biblioteca Nacional. Fue levantada a mediados del siglo XVIII, en el contexto de construcción de las Salesas Reales, por orden del rey Fernando VI (1713-1759).

La puerta vino a sustituir a un primitivo y tosco portillo, que, dada su ubicación, casi pegado a la cerca y jardines del citado convento, no fue considerado digno de acompañar a un edificio tan excelso.

De ahí que el monarca le encargara al arquitecto francés Francisco Carlier (1707-1760), autor de las Salesas, la realización de una puerta de aire monumental, aunque, en ambos casos, fue Francisco Moradillo quien ejecutó las trabajos.

En 1756 la puerta fue concluida y, dos años después, tuvo lugar la solemne ceremonia inaugural del convento. Apenas estuvo en pie algo más de un siglo, ya que en 1863 fue desmantelada, con la intención de llevarla a otro lugar.

Nunca se produjo el traslado y sus fragmentos permanecieron dispersos por el suelo, hasta su desaparición. No obstante, algunos restos pudieron ser reciclados en diferentes obras municipales, como bancos para parques y paseos.



Desde un punto de vista funcional, la de Recoletos no era una puerta, sino un simple portillo, que era como se conocía a las entradas menores de la ciudad. Pero, desde una perspectiva arquitectónica, tal era su porte que todo el mundo la identificaba con una puerta principal, como así quedó reflejado en su topónimo.

La Puerta de Recoletos constaba de tres vanos. El principal estaba configurado por un arco de medio punto con arquivolta, coronado con un frontón triangular y flanqueado por dobles columnas compuestas, de orden dórico. En los extremos se abrían otros dos vanos, formados por arcos rebajados y balaustres encima, de menor tamaño que el central.

El conjunto presentaba una profusa ornamentación, en línea con las corrientes barrocas del momento. Los adornos se concentraban preferentemente en el frontispicio, que no solo lucía un medallón escultórico en su parte interna, sino también un escudo real con trofeos en el remate, además de dos figuras recostadas en los lados, que, al parecer, simbolizaban a la Abundancia.

Había varias inscripciones en latín, situadas sobre los vanos laterales, que los cronistas de la época, desde Antonio Ponz hasta Mesonero Romanos, calificaron de ridículas, especialmente la siguiente: "A D.O.M. reinando Fernando VI se ampliaron los caminos y los acueductos y se redujeron a forma más bella y cómoda. Abre camino, adorna, se admira, deleita. Hermosamente, con la liberalidad, erigido y extendido".



Conocemos los detalles de su diseño gracias a un dibujo que el arquitecto madrileño Juan de Villanueva (1739-1811) hizo en 1756 para la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se conserva en el Museo de Historia de Madrid y en él podemos ver el alzado de la Puerta de Recoletos, así como su planta.



En la Biblioteca Nacional de Madrid existe otro alzado, de autoría desconocida, fechado igualmente en 1756. A diferencia del anterior, en este dibujo la puerta aparece, por alguna razón desconocida, sin los grupos escultóricos de la Abundancia y sin las rejerías de forja que cerraban los vanos. ¿Pudo haberlo hecho también Villanueva, tal vez buscando una solución más depurada, más próxima a su formación clasicista?



En esta otra imagen, un grabado perteneciente al Museo de Historia de Madrid, se aprecia que la Puerta de Recoletos estaba adosada a una tapia (parte izquierda), correspondiente a la cerca de las Salesas Reales. Por el otro lado, se extendía la antigua huerta de San Felipe Neri, donde más tarde se construiría la Biblioteca Nacional.



Y terminamos con esta fotografía, un detalle de la maqueta que León Gil de Palacio hizo en 1830 y que también se encuentra en el Museo de Historia. En la parte izquierda podemos ver la puerta y, en la derecha, el impresionante complejo de las Salesas Reales, rodeado de jardines.