
'Vista del Palacio del Buen Retiro', grabado de Juan Álvarez de Colmenar (principios del siglo XVIII).
Puede sorprender que en un lugar concebido para el esparcimiento se edificaran estos pequeños templos, si bien su presencia parece vincularse más al acto festivo de la romería que al retiro espiritual o a la penitencia, según sostiene el investigador Alfonso Rodríguez G. de Ceballos.
De todos modos, no se trataba de ninguna especificidad. Existía el precedente del Palacio Ducal de Lerma, en la provincia de Burgos, cuyos jardines llegaron a tener hasta siete ermitas. Es bastante probable que el rey conociese este dato y, sin duda alguna, su valido, el Conde-duque de Olivares, el auténtico promotor del Buen Retiro.
Siete fueron también las ermitas de los jardines madrileños. Seis de ellas (San Isidro, San Pablo, San Juan, San Bruno, la Magdalena y San Antonio de los Portugueses) se hicieron de nueva factura y la otra, la de San Blas, fue anexionada cuando se constituyó el Real Sitio. Esta última se encontraba fuera de la zona arbolada, en lo alto del cerro donde hoy se eleva el Real Observatorio Astronómico.
Su arquitectura era bastante simple y austera, como así puso de manifiesto Lorenzo de Magalotti, cronista del viaje que Cosme de Médici realizó por España y Portugal entre 1668 y 1669: "son casitas de ladrillo y de piedra con una capillita".
La de San Pablo fue la primera ermita levantada en el Buen Retiro. Fue erigida en 1632 siguiendo el sencillo patrón descrito por De Magalotti, aunque posteriormente fue objeto de una sustancial reforma, de aire italianizante, que hizo de ella uno de los edificios más suntuosos del barroco madrileño.
Su constructor fue Juan de Aguilar, quien estuvo bajo las órdenes de Alonso de Carbonel (1583-1660), maestro mayor del Buen Retiro. Es probable que también interviniera, al menos como supervisor, Juan Bautista Crescenci (1577-1635), superintendente de las Obras Reales, a quien se le atribuye la verdadera autoría tanto del palacio como de los jardines.
En marzo de 1633, apenas un año después del comienzo de las obras, se estaban ultimando los trabajos ornamentales, entre ellos, los que se encargaron al escultor italiano Juan Antonio Ceroni, quien elaboró el retablo y una estatua de San Pablo ermitaño, presumiblemente para la fachada.
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El altar estaba presidido por la pintura San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, realizada hacia 1634 por Diego Velázquez (1599-1660). Este lienzo fue posteriormente trasladado a la vecina Ermita de San Antonio de los Portugueses, según consta en el inventario que se hizo del Buen Retiro en el año 1701. Actualmente puede verse en el Museo del Prado.
Podemos hacernos una idea de cómo era la Ermita de San Pablo antes de que fuera reformada, gracias a dos documentos gráficos de excepcional valor. El primero de ellos es el cuadro Vista del Palacio y Jardines del Buen Retiro (1637), atribuido a Jusepe Leonardo (1601-1653), que pertenece a la colección de Patrimonio Nacional.

Reproducimos un fragmento del citado lienzo, en el que se distingue la ermita a la derecha, asomando entre los árboles, justo detrás de una de las torres angulares del palacio. Puede verse una estructura de planta cuadrada y tejado de pizarra a cuatro aguas, con una pequeña buhardilla en cada uno de los faldones y un pedestal con bola y veleta que surge del vértice central.
El segundo documento que traemos es el plano de Pedro Teixeira, de 1656, donde la ermita queda identificada con el número 82. En esta célebre obra se confirman los detalles que acabamos de apuntar y se añaden otros nuevos, como la existencia de un jardín cercado por la parte trasera.
Con todo, la información más importante que nos proporciona Teixeira es el enclave exacto del templo. Se localiza en el límite meridional del llamado Jardín Ochavado (coincidente con el actual Parterre de El Retiro), no muy lejos del patio donde estaba el Caballo de Bronce, como era conocida la estatua de Felipe IV que hoy preside la Plaza de Oriente.

A partir del año 1659, la Ermita de San Pablo fue desacralizada y convertida en un salón lúdico, decorado con gran suntuosidad, en el que se celebraban fastuosas fiestas y representaciones teatrales, siguiendo las modas barrocas de la época.
Para hacer posible esta nueva función, no solo se tuvo que acometer una profunda remodelación del templo primitivo, sino que también se actuó sobre el jardincillo posterior, que fue transformado en una hermosa plaza circular y adornado con estatuas de bronce, fuentes y túneles de verdura. Pero dejemos todo este momento de esplendor para una próxima entrega.
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