martes, 9 de febrero de 2010

La Torre del Reloj, de Buitrago

El recinto amurallado de Buitrago del Lozoya es el único de la Comunidad de Madrid que se conserva en su integridad. Fue levantado entre los siglos XI y XIII, en pleno proceso de repoblación cristiana, si bien cabe pensar en la existencia de una muralla anterior, de origen andalusí, cuyo tapial pudo quedar incorporado dentro de la nueva construcción.

Con todo, la influencia musulmana es muy marcada en todo el conjunto. Tanto la fábrica empleada, mampostería con encintado de ladrillo en numerosos tramos, como la estructura, con torres macizas cuadrangulares, con escaso saliente con respecto al muro, responden a pautas arquitectónicas típicas de Al Ándalus. Ello se debe a la pervivencia de las citadas técnicas constructivas, más allá de los primeras etapas repobladoras de la Corona de Castilla.



La muralla de Buitrago da para tanto, que preferimos ir paso a paso y analizar por separado cada una de sus partes. Le toca hoy el turno a la Torre del Reloj, llamada así por el reloj instalado en el siglo XX, en su parte superior. Se trata de una torre albarrana, esto es, un torreón próximo al tapial, pero no integrado en el mismo, que, en este caso, tenía la función de vigilar la entrada principal de la ciudadela.

Es posible que fuera levantada en el siglo XIII para sustituir el sistema de acceso anterior. Éste estuvo formado probablemente por dos torres cuadrangulares, unidas por un arco de medio punto, siguiendo un modelo habitual en la arquitectura militar andalusí, que, como se ha dicho, tan presente está en el recinto amurallado de Buitrago. Sin ir más lejos, la Puerta de la Vega, uno de los ingresos de la muralla musulmana de Madrid, tenía una configuración como la que se acaba de describir.

Con la construcción de la Torre del Reloj se intentó hacer aún más fuerte la plaza, adoptándose un sistema de acceso en recodo, que quedaba completamente cubierto por el torreón. Precisamente ésta era la disposición que tenían las cuatro puertas de la muralla cristiana de Madrid (Valnadú, Moros, Cerrada -o de la Culebra- y Guadalajara), erigida en la misma época o, incluso, antes.



La Torre del Reloj mide 16 metros de altura y tiene planta pentagonal. La entrada a la que protegía está constituida por varios arcos de diferente tamaño, de forma ojival hacia el exterior y de herradura hacia el interior. En su parte interna, se observan varios huecos, a través de los cuales caía un rastrillo, que se accionaba en situaciones de emergencia para asegurar un aislamiento rápido.

lunes, 8 de febrero de 2010

La Manzana Roca




Aunque no suele llamar la atención del viandante, la Manzana Roca es uno de los enclaves más singulares de Madrid. Situada en pleno corazón del barrio de los Austrias, junto a la Plaza y Cava de San Miguel, reúne la mayor concentración de construcciones modernistas de toda la ciudad, con un total de seis conservadas. No existe ninguna otra zona en Madrid donde puedan verse tantos inmuebles de este estilo en sucesión.

Cinco de los seis edificios citados fueron construidos entre 1905 y 1911 por el arquitecto Valentín Roca y Carbonell, a quien la manzana debe su peculiar denominación. Fueron encargados por la Duquesa de Fernán-Núñez, que actuó como su mecenas. El otro fue proyectado por José López Sallaberry, artífice del Casino de Madrid.

Gracias a estos trabajos Roca es considerado como una referencia indiscutible del modernismo madrileño, si es que puede hablarse en estos términos, ya que esta corriente artística nunca adquirió una personalidad propia en nuestra ciudad y se movió dispersamente entre el eclecticismo, el historicismo y la influencia de Cataluña.

Plaza y Cava de San Miguel

El primero de los edificios levantados en la Manzana Roca se sitúa en la Plaza de San Miguel, número 4. Iniciado en 1905, es el más próximo al modernismo catalán, como así reflejan sus elementos ornamentales, con abundantes motivos vegetales, los trazados de las rejerías y el contorno dentado de los vanos.


Plaza de San Miguel, número 4.

En 1906, comenzó la construcción de un nuevo inmueble, en la confluencia de la Cava de San Miguel con la Calle del Maestro Villa. La intención unificadora de Roca con la obra anterior es manifiesta, pese a la presencia de signos diferenciales, como la utilización de modillones o ménsulas.


Cava de San Miguel, número 8 (esquina con la Calle del Maestro Villa).

El tercer edificio, del año 1908, se halla en la Cava de San Miguel, número 6, flanqueado en sus extremos por los dos inmuebles anteriormente descritos. Esta disposición alineada llevó al arquitecto a buscar la unidad visual de todo el conjunto, por lo que en esta obra optó por repetir la distribución de vanos y miradores de las otras dos. Ello no impidió que experimentase con fórmulas decorativas distintas, como inserciones geométricas y vegetales estilizados.



Plaza del Conde de Barajas

Roca realizó otros dos edificios en la manzana a la que presta su apellido. Se ubican en los números 4 y 6 de la Plaza del Conde de Barajas, que se extiende a la derecha de la Cava de San Miguel, conforme se baja hacia el Arco de Cuchilleros. Son los menos modernistas de todo el conjunto, sobre todo el emplazado en el número 4, pero, aún así, se observan detalles de interés en los diseños de las rejerías y en la ornamentación de los vanos.

En el número 5 de la citada plaza, se localiza el sexto inmueble modernista de los enumerados. Su autor no es Roca, sino José López Sallaberry. Fue concebido como un taller y después fue convertido en un bloque de viviendas, lo que transformó radicalmente su aspecto. Lamentablemente no queda nada de los elementos originales que decoraron su fachada, consistentes en líneas paralelas y círculos.


Plaza del Conde de Barajas: en el centro, detalle del edificio de Sallaberry y, en los extremos, las dos obras de Roca.

La concentración modernista de la zona no acaba ahí. En la misma Plaza del Conde de Barajas, Roca proyectó otro inmueble más, aunque fuera de la manzana que lleva su nombre. Se encuentra en el número 3 y ha sufrido alteraciones posteriores tan fuertes que es difícil imaginar su trazado primitivo. Tan sólo se conservan algunos motivos ornamentales de inspiración geométrica en la primera planta. Como curiosidad, hay que señalar que aquí tuvo su residencia la escritora María Zambrano entre 1931 y 1936.

Bibliografía

Madrid modernista: guía de arquitectura. Óscar da Rocha Aranda y Ricardo Muñoz Fajardo. Editorial Tébar, Madrid, 2007

viernes, 5 de febrero de 2010

El Móstoles mudéjar

Buscando las huellas del románico y del mudéjar madrileño, llegamos en esta ocasión hasta Móstoles. Puede resultar sorprendente encontrar este tipo de restos en un municipio de tan arrolladora expansión demográfica y urbanística.

Pero ahí están, ensombrecidos por los modernos bloques de viviendas que dominan el paisaje urbano, informando de un pasado medieval que, en la zona sur de la región madrileña, dejó su impronta arquitectónica en forma de mudéjar toledano.


Vista parcial de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, el edificio más antiguo de Móstoles, guarda dos importantes muestras de arte mudéjar, que los expertos datan en los siglos XII y XIII: la torre y el ábside.

Ambos elementos consiguieron salvarse de las dos desafortunadas reformas de las que fue objeto el templo en el siglo XX. Estas remodelaciones, especialmente la segunda, significaron la práctica desaparición de las tres naves inicialmente construidas y su sustitución por un gran espacio interior, que quedó cubierto por una única bóveda.


Cabecera con ábside mudéjar, del siglo XIII.

El ábside sigue las pautas estilísticas del mudéjar toledano, aunque se observan rasgos del románico tardío del siglo XIII. Por esta razón, se ha fechado su origen en este siglo, a diferencia de la torre, que podría ser anterior.

Se trata de un semitambor, con basamento de mampostería encintada, y seccionado en dos cuerpos de arcos ciegos de herradura apuntada, enmarcados por alfiz. La estructura se remata con una fila de canecillos.

Con respecto a la torre, probablemente fue erigida en el siglo XII. Mide 26 metros de altura y presenta planta cuadrangular. Combina en su fábrica el ladrillo y el mampuesto. En su parte superior, se encuentra el campanario, que se apoya en ocho arcos de medio punto, dos por cada una de las cuatro caras.


La torre es del siglo XII.

jueves, 4 de febrero de 2010

Museo de Colecciones Reales, ¿otra panorámica rota?

Las obras del Museo de Colecciones Reales siguen a buen ritmo. Seguramente será un museo espectacular, un digno continente para el valioso contenido que va a custodiar, obras de arte actualmente dispersas en diferentes almacenes y dependencias, incluidas las piezas del antiguo Museo de Carruajes, del Campo del Moro.


Estado de las obras en enero de 2010. Hasta el momento, se ha procedido al vaciado del solar y a la consolidación del terreno.

Sin embargo, nos preguntamos cómo va a encajar este edificio en un entorno dominado por el Palacio Real, la Plaza de la Armería y la Catedral de la Almudena. A pesar del prestigio y renombre de sus creadores, los arquitectos Mansilla y Tuñón, nos asaltan muchas dudas sobre el impacto visual que puede tener un moderno bloque de planta rectangular, yaciendo justo debajo de este conjunto monumental.

El nuevo museo va a ocupar una parcela de 10.700 metros cuadrados, desde la que se construirán varias plantas, que, elevándose desde el Campo del Moro, llegarán hasta la misma base de la fachada occidental de la catedral.



El futuro Museo de Colecciones Reales, según una simulación del estudio de arquitectura de Mansilla y Tuñón.

¿Estaremos ante un nuevo e irremediable desatino? ¿Perderemos una de las más bellas vistas de nuestra ciudad? Ya nos robaron en su momento la panorámica de la Puerta de Alcalá, rota por la silueta de la Torre de Valencia, y posiblemente también nos quiten ésta y la del Parque de la Cornisa, con la inquietante amenaza de construir un complejo eclesiástico a los pies de San Francisco el Grande.


La panorámica amenazada. Vista del Palacio Real y de la Catedral de la Almudena, desde el Parque del Oeste, en mayo de 2008, antes del comienzo de las obras.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La Casita del Príncipe, de El Escorial



Fachada principal, orientada al este.

La Casita del Príncipe, también llamada de Abajo, se encuentra en el Real Sitio de El Escorial, en medio de un frondoso bosque. Fue mandada construir por Carlos IV en 1771, cuando todavía era Príncipe de Asturias, a semejanza de las casas de campo francesas y de los casinos italianos, que empezaron a estar de moda en España a partir del reinado de Carlos III.

El nombre oficial del palacete, Casa de Campo de El Escorial del Príncipe Nuestro Señor, informa de esta influencia. Se trataba de que el joven príncipe dispusiera de un lugar donde pudiera relacionarse con la naturaleza y poner en práctica sus aficiones, concretadas en la caza, la música y la botánica, liberándose de la etiqueta que exigía su rango.

Las visitas reales no duraban más de un día, lo que explica que la Casita del Príncipe no tenga dormitorios. En cambio, sí que hay cocinas, donde se preparaban los platos de caza y se daba rienda a otra de las aficiones del príncipe, la gastronomía.

Además de la Casita del Príncipe de El Escorial, Carlos IV ordenó edificar otra en El Pardo (1784) y, ya siendo soberano, hizo levantar la Real Casa del Labrador (1790-1803), en Aranjuez. Todas ellas fueron realizadas por Juan de Villanueva, si bien, en el caso del último palacete citado, el gran arquitecto madrileño sólo pudo intervenir en las primeras fases de la construcción.

Gabriel de Borbón, hermano de Carlos IV, también tuvo su propia casa de campo. La Casita del Infante o de Arriba (1771-1773) fue erigida al mismo tiempo que la del Príncipe, en un enclave muy próximo, y fue igualmente proyectada por Villanueva.

Una joya del neoclasicismo

La Casita del Príncipe es un pequeño edificio neoclásico de apenas 27 metros de largo, en su fachada principal. A pesar de sus reducidas dimensiones, condensa con enorme precisión las líneas esenciales de la carrera profesional de Juan de Villanueva y preconiza las bases de su gran obra maestra, el Museo del Prado, que se comenzó mucho más tarde.

El palacete se construyó entre 1771 y 1773 y, diez años después, fue objeto de una ampliación, que prácticamente duplicó su superficie original. A la primera fase corresponde el cuerpo principal, de planta rectangular y con una única altura, excepto en su núcleo central, donde hay dos. Éste integra un pórtico de cuatro columnas dóricas y cornisamento, sobre el que descansan una balconada y dos pequeñas columnas dóricas, que dan forma a la elegante fachada principal, orientada al este.

En la segunda etapa, Villanueva ideó un eje perpendicular, que, partiendo de la cara posterior del citado núcleo central, se prolonga hacia el oeste, configurándose una planta con forma de T invertida. La ampliación supuso integrar dos nuevas dependencias, denominadas Salón Grande y Sala Ovalada, y un pórtico con dos columnas jónicas.


Fachada occidental, con el eje añadido entre 1781 y 1783.

El conjunto de la Casita del Príncipe no sólo destaca por la excelencia arquitectónica de su palacete, sino también por sus jardines y parque, que se conservan casi en su estado original. También se deben a Juan de Villanueva.

Los jardines se distribuyen en dos zonas. La primera de ellas se extiende alrededor de la fachada principal, orientada, como se ha dicho, al este, e integra una plaza circular, decorada con una fuente, de la que parten ocho calles radiales. La segunda, realizada durante la segunda fase señalada, se sitúa en la parte posterior del edificio, al oeste, y presenta un trazado hipodámico, estructurado a partir de un gran estanque.



Dos vistas de los jardines posteriores, proyectados por Villanueva.

Con respecto al interior del palacete, hay tanto que hablar que da para otro artículo. Prometemos analizar más adelante la distribución de las salas y su suntuosa ornamentación.

De momento, sólo decir que la decoración original fue prácticamente destruida durante la invasión napoleónica y que, a principios del siglo XIX, fue renovada por orden del rey Fernando VII. Ésta es la que ha llegado a nuestros días, no sin alguna que otra transformación posterior.

martes, 2 de febrero de 2010

La iglesia de Venturada, una pequeña muestra del románico madrileño

En el pueblo de Venturada se conservan algunos vestigios románicos, tan contados y minúsculos que pasarían inadvertidos para cualquier visitante procedente de la mitad norte peninsular, donde este estilo es muy abundante. Pero para nosotros los madrileños, poco acostumbrados a esta corriente artística, constituyen todo un motivo de celebración.


Vista de la Iglesia de Santiago, de Venturada, desde sus lados occidental (espadaña) y meridional (pórtico).

Hace poco que visitamos el Convento de San Julián y San Antonio, en La Cabrera, donde descubrimos su pequeña iglesia románica de cinco ábsides. Sin abandonar la Sierra de Guadarrama, llegamos ahora hasta Venturada y nos detenemos en su parroquia, llamada de Santiago, en busca de nuevos restos románicos.

La verdad es que el templo los tiene muy escondidos. Han sido tantas las reformas realizadas a lo largo del tiempo que las trazas primitivas, posiblemente del siglo XII, han quedado muy transformadas. La iglesia fue remodelada y consolidada en los siglos XVI y XVII, cuando se le añadieron contrafuertes en la cara septentrional y fueron construidos un ábside octogonal, que sustituyó completamente al anterior, y un nuevo campanario, en forma de espadaña.

En el siglo XX, la parroquia volvió a ser reformada y nuevamente su estructura quedó alterada. Se elevó la altura del templo, para poder instalar nuevas cubiertas, y se adosó un pórtico a la fachada meridional, ocultando la portada principal, hasta casi aprisionarla.

Si conseguimos abstraernos de las remodelaciones acometidas a lo largo del tiempo, podremos imaginarnos que allí hubo un edificio netamente románico. Afortunadamente algo queda. Y así hemos podido comprobar que, tras el citado pórtico, se conserva una sugerente portada románica, formada por varias arquivoltas, de las que solamente la superior está labrada con relieves.

Y, si miramos hacia arriba, hallaremos nuevas muestras románicas. Rodeando la parte superior de los muros norte y sur, aparece el entribado con el que se sostenía la primitiva techumbre de madera.

El origen románico del templo también se manifiesta en su orientación, con el ábside mirando hacia levante, como era norma en todas las iglesias de la época. Todo un cúmulo de pruebas que nos permiten concluir que la iglesia de Venturada pudo ser construida en la segunda mitad del siglo XII, utilizando pautas arquitectónicas típicamente segovianas.

Muy probablemente, fue edificada durante el proceso de repoblación cristiana que se vivió en la actual Comunidad de Madrid, una vez que Alfonso VI (1040-1109) se hizo con el control de las tierras comprendidas entre el Sistema Central y el Tajo a finales del siglo XI, que hasta entonces eran musulmanas.

Y terminamos como al principio: lo que para la gente que vive en la mitad norte peninsular podría parecer insignificante, para nosotros, los que vivimos en el centro, resulta casi un milagro, dada la escasez de románico en nuestra región. Pero haberlo, haylo y, desde aquí, seguiremos buscando.


Cara septentrional de la Iglesia de Santiago, donde se puede apreciar el entribado de origen románico, circundando el contorno, y los contrafuertes instalados en los siglos XVI-XVII.


Detalle de la portada románica, oculta bajo un pórtico del siglo XX.

lunes, 1 de febrero de 2010

El Puente Canto, de Canencia

El municipio de Canencia está situado en pleno Valle del Lozoya, a los pies del puerto del mismo nombre. Alejado de las grandes rutas turísticas, ha sabido hacerse un hueco en el subsector del turismo rural, gracias a su generosa naturaleza y a su pequeño, pero relevante, patrimonio histórico-artístico.

En su término municipal, existen tres puentes medievales, en un excelente estado de conservación, levantados sobre el Arroyo de Canencia, uno de los principales afluentes del Río Lozoya. Han sido recientemente restaurados por la Comunidad de Madrid y, junto con otros puentes de la zona, forman parte de la denominada Ruta de los Puentes Medievales.


El Puente Canto, aguas arriba. 


Vista del puente, aguas abajo.

Nos detenemos hoy en el Puente Canto, del que no se sabe exactamente su fecha de construcción, si bien su origen puede situarse en el siglo XIV, si nos atenemos a las referencias que de él hace el rey Alfonso XI (1311-1350) en su Libro de la Montería. 

Otros autores apuntan a que puede tratarse de una reconstrucción del siglo XV a partir de una estructura anterior. Hasta 1991 estuvo utilizándose para usos ganaderos, función que en la actualidad desempeña un puente moderno, erigido en sus inmediaciones.

Tiene forma de lomo de asno y está constituido por dos arcos de medio punto, de dimensiones muy desiguales, como consecuencia de su ubicación entre dos orillas de distinta rasante. La verdad es que todo en él es asimétrico. 

No sólo sus dos ojos presentan tamaños muy diferentes, sino que también el tablero se desnivela en su recorrido, deslizándose en suave pendiente de un lado y precipitándose con cierta brusquedad del otro, hasta tocar el suelo.


Detalle del tablero, con la rasante en forma de lomo de asno.

La falta de simetría es también manifiesta en los restantes elementos de la estructura. Aguas arriba, presenta un único tajamar, de planta semicircular y sombrerete cónico, instalado en las juntas de los dos arcos. 

Aguas abajo, hay dos contrafuertes, uno de planta cuadrangular de grandes dimensiones, emplazado igualmente entre los vanos, y otro mucho más pequeño, junto al arranque del ojo más pequeño. El contrafuerte mayor llega hasta el tablero del puente, donde hay dispuesto un mirador.


Detalle del mirador existente en el tablero.

En cuanto a su fábrica, la parte inferior del puente está construida en sillares, así como el tajamar y los contrafuertes, mientras que la parte superior es mampostería. El tablero está pavimentado con bolos de piedra, que posiblemente se encuentren en el origen de su nombre.

De los tres puentes medievales que tiene Canencia, éste es el único articulado en dos arcos. El de Cadenas, situado en sus proximidades, unos 500 metros aguas arriba, presenta sólo uno, al igual que el Puente de Matafrailes, mucho más alejado. Tal vez éste sea el más impresionante de los tres, por su considerable altura. Pero ya nos ocuparemos de él en otro artículo.