domingo, 14 de marzo de 2010

¿Atalaya islámica o torre cristiana?

Lo que vemos en estas fotografías son los únicos restos arqueológicos, de índole arquitectónica, que no fueron destrozados con la construcción, a finales del siglo XX, del aparcamiento de la Plaza de Oriente y del túnel de la Calle de Bailén.



Nos duele recordar que aquellas obras, concluidas en 1996, supusieron el descubrimiento y, paradójicamente, la eliminación de numerosos vestigios de nuestro pasado. Entre ellos, fueron arrasados los cimientos y sótanos de la Casa del Tesoro, comenzada en 1568 a instancias de Felipe II. Destrucción que fue justificada por algún político con frases del tipo "eran sólo piedras".

Los citados restos se exhiben, convenientemente acristalados, en el primer nivel del parking de la Plaza de Oriente y corresponden a la base de una torre medieval. Según el cartel explicativo instalado junto a las ruinas, se trataría de una atalaya islámica del siglo XI, levantada fuera del primitivo recinto amurallado que, dos siglos antes, dio origen a la ciudad de Madrid, durante la dominación musulmana de la península.

Su misión era la vigilancia y protección de una zona que, al encontrarse en fuerte pendiente por la existencia de un antiguo barranco, constituía un punto de peligro para los arrabales situados al norte de la muralla.

Sin embargo, autores como José Manuel Castellanos Oñate entienden que el origen atribuido a la atalaya es demasiado tardío como para ser musulmana. Hay que recordar que la conquista cristiana de Madrid se produjo en el siglo XI, concretamente en el año 1083, cuando el rey Alfonso VI de Castilla se apoderó de la plaza.

En su estupenda página El Madrid medieval, el investigador considera que los vestigios de la Plaza de Oriente son cristianos y que su origen podría datarse bien a finales del siglo XI, bien a principios del XII. Esto es, fue levantada en el contexto de las obras de la muralla cristiana de Madrid.

Según su teoría, estaríamos ante la Torre de los Huesos, que, junto con la Torre de Alzapierna, flanqueaba la Puerta de Valnadú, que estuvo ubicada en lo que hoy es la confluencia de las calles de la Unión y Vergara, cerca de la Plaza de Isabel II. Era una torre albarrana, separada del lienzo de la muralla cristiana, que, al estar próxima al cementerio de la Huesa del Raf, empezó a ser conocida con el apelativo que ha llegado a nuestros días.

Los restos conservados bajo la Plaza de Oriente presentan fábrica de mampostería de sílex y caliza, con sillares en los esquinales que reforzaban la construcción. Su planta era cuadrangular (3,65 x 3,40 metros) y era maciza en buena parte de la estructura.

Aunque estas características técnicas eran habituales en la arquitectura militar andalusí, debe señalarse que pervivieron más allá de la conquista cristiana. El recinto amurallado de Buitrago del Lozoya es un claro ejemplo de la persistencia de las pautas constructivas musulmanas en los siglos XI, XII y XIII, en pleno proceso de repoblación cristiana.

viernes, 12 de marzo de 2010

El Puente del Retamar



El Puente del Retamar es una soberbia construcción del siglo XVIII, situada sobre el río Guadarrama. Se encuentra en las proximidades de la urbanización Molino de la Hoz, junto a la carretera comarcal M-505, en el límite de los términos municipales de Las Rozas de Madrid y Galapagar.

Es uno de los principales atractivos del Área Recreativa Virgen del Retamar, incluida dentro del Parque Regional del río Guadarrama y su entorno.

Antecedentes históricos

Cerca del enclave donde ahora se asienta el puente estuvo la antigua aldea de Santa María del Retamar, fundada por repobladores madrileños en la primera mitad del siglo XII y abandonada a finales del siglo XIV.

De esta desaparecida población no queda más rastro que su topónimo, aplicado actualmente al puente, al área recreativa donde éste se halla y a una imagen religiosa, que se venera en la Iglesia de San Miguel, de Las Rozas.

Por su situación a los pies del Puerto de Galapagar y en una zona donde el Guadarrama amplía su valle, Santa María del Retamar siempre fue un lugar muy transitado y paso obligado para salvar el río.

Aquí confluían varios caminos comarcales, que, en el último tercio del siglo XVI, cobraron cierta importancia dentro de la red viaria del centro peninsular, debido a la fundación del Monasterio de El Escorial.

Pero, ante la carencia de infraestructuras que facilitasen un paso rápido y cómodo del río, los desplazamientos de la Corte se hacían preferentemente por el Camino de Valladolid, que unía Madrid con el Real Sitio a través de Torrelodones, Collado Villalba y Guadarrama.


El puente, aguas abajo, con sus tajamares semicirculares.

Construcción

La decisión de levantar un gran puente en la zona de El Retamar se tomó durante el gobierno del Marqués de la Ensenada (1702-1781). Fue construido en el contexto de las obras del Real Camino de Castilla y Galicia, con el objetivo de hacer transitable el paso del Guadarrama a los carros, algo imposible hasta ese momento.

Esta vía formaba parte de la estructura radial de calzadas que los Borbones pusieron en marcha en diferentes fases, junto con las carreteras de Badajoz, Cádiz, Alicante y Francia, a través de Bayona y Perpiñán. El concepto centralizador de esta red viaria, con Madrid como punto de referencia ineludible, ha pervivido hasta el último tercio del siglo XX.

Al margen de estos datos, poco más se conoce sobre el origen del puente, ni siquiera si su construcción coincidió con el reinado de Fernando VI (r. 1746-1759) o con el de Carlos III (r. 1759-1788). Tampoco se sabe quién fue su autor.

Aunque generalmente la obra es atribuida a una iniciativa de Carlos III, algunos investigadores sostienen que fue realizada en tiempos de su predecesor. Ésta es la tesis que defienden Rosario Martínez Vázquez de Parga y Teresa Sánchez Lázaro, quienes, después de analizar la factura del puente, han detectado la presencia de innovaciones técnicas que se introdujeron en España en tiempos de Fernando VI.

Es el caso de sus tajamares en forma de pie de pato, en lugar de los clásicos triangulares, o de los sombreretes gallonados, que también aparecen el Puente de San Fernando, mandado levantar por el citado monarca en 1750. Su conclusión es que pudo ser erigido en una fecha indeterminada comprendida entre 1740 y 1760.

Descripción


Labrado enteramente en sillares de granito, el Puente del Retamar es de rasante horizontal y se apoya sobre siete bóvedas de medio punto, de 8,40 metros de luz. Con respecto al tablero, su anchura es de aproximadamente 6,50 metros.

Las bases en las que se asientan los arcos miden 4,20 metros de ancho y se encuentran custodiadas a ambos lados por tajamares. Los situados aguas arriba son apuntados, mientras que los de aguas abajo son semicirculares y presentan sombreretes gallonados, que se elevan hasta casi tocar la línea de imposta.


Vista del puente, aguas arriba. En esta parte los tajamares son apuntados.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La iglesia fortificada de Alpedrete

La Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, de Alpedrete, es una de esas sorpresas que surgen en la Comunidad de Madrid, fuera de las grandes rutas turísticas. Constituye una de las muestras de arquitectura religiosa fortificada de mayor interés de la región, especialmente en lo que respecta a su fachada tardomedieval, su elemento más relevante.



Su origen no está del todo claro. Las lápidas sepulcrales descubiertas durante unas obras efectuadas en el pavimento parecen señalar que fue fundada en el siglo XII o XIII. Al margen de estos restos, poco queda de aquella época, ya que el templo se rehizo a finales del siglo XV o principios del siglo XVI.

Sin embargo, algunos autores apuntan que la construcción pudo ser anterior, dada la tipología de la torre de la fachada principal, muy utilizada a lo largo del siglo XIV. Los investigadores que defienden esta hipótesis sostienen, además, que esta iglesia pudo ser la capilla del desaparecido Palacio de los Condes de Adanero.

La actual advocación a la Asunción de Nuestra Señora se inició en el año 1682, según figura en uno de los documentos escritos más antiguos que se conservan del templo. No hay constancia histórica sobre la veneración anterior, aunque se cree que pudo ser la de Santa Quiteria.


Detalle de la fachada principal, con la espadaña, el matacán a modo de cornisa y el tramo superior de la torre lateral.

Fachada principal

La fachada principal se construyó a imagen y semejanza de la existente en la pequeña iglesia de Navalquejigo, pero con mayores medios y recursos. El resultado es una copia mejorada en todos los sentidos, de mejor fábrica y mayores dimensiones, sin el aire rústico y tosco de aquella.

Hecha enteramente en sillería de granito, destaca por su matacán defensivo, dispuesto, como si fuese una cornisa corrida, en la parte superior. Sobre él se apoya una espadaña con dos vanos de medio punto, que corona el conjunto a modo de frontón clásico.


El templo en una fotografía antigua.

En la parte inferior, se sitúa la portada, formada por un sencillo arco escarzano. Y, a un lado, se eleva una torre cilíndrica, en cuyo interior se aloja una escalera de caracol que permite el acceso al matacán y a la base de la espadaña.

La torre es más estrecha en su base que en sus tramos intermedio y superior. Las diferencias de planta son aprovechadas para crear una línea de imposta, que recorre horizontalmente toda la fachada.

Se configuran así tres cuerpos principales (la espadaña, el espacio limpio situado debajo del matacán y la portada), cuya voluminosidad queda suavizada por la verticalidad de la torre.


La fachada principal guarda muchas similitudes con la iglesia fortificada de Navalquejigo (a la derecha).

Otros elementos

En referencia a los restantes elementos arquitectónicos, resultan menos interesantes que la fachada. Tan sólo hay que mencionar la presencia de bolas de piedra debajo de algunas cornisas, un tipo de ornamentación muy utilizado en tiempos de los Reyes Católicos.

Muchas iglesias de la Sierra de Guadarrama están decoradas de esta forma, caso de las parroquias de Cercedilla, Collado Villalba, Galapagar, Moralzarzal, Navalagamella o Valdemorillo.

El interior se encuentra muy transformado, a raíz de una reforma realizada en el año 1956. Pese a ello, aún se conserva un espléndido artesonado del siglo XVI, instalado en el crucero, así como una pila bautismal de piedra de granito, labrada en el mismo periodo. También se exhibe una talla policromada de San Juan Bautista, del siglo XVI o XVII, si bien ésta procede de una colección particular.


Artesonado del siglo XVI, en una imagen procedente de la 'web' oficial de la Parroquia de Alpedrete.

domingo, 7 de marzo de 2010

Monumentos dedicados al Manzanares



Los madrileños solemos mirar con desprecio al Manzanares, acomplejados porque su escaso caudal no está a la altura de la gran corriente que se le supone a una capital europea.

Aunque nuestra actitud hacia el río es casi siempre despectiva, a veces sacamos pecho por él y terminamos ensalzándolo, como queriendo reparar las muchas afrentas realizadas a lo largo de la historia. Incluso le hemos construido monumentos que le rinden homenaje, por más que parezca increíble.

Que sepamos, existen al menos dos esculturas urbanas en Madrid, que, en un gesto de gratitud, reconocen su contribución a la ciudad. La primera, concluida en 1843, forma parte del Monumento a Felipe IV, situado en el centro de la Plaza de Oriente. La segunda, conocida como la Dama del Manzanares, fue realizada en el año 2003.

Monumento a Felipe IV



La célebre estatua ecuestre de Felipe IV (1634-1640), obra maestra de Pietro Tacca, fue trasladada a la Plaza de Oriente en 1844, procedente del desaparecido Palacio del Buen Retiro.

Con tal motivo, la reina Isabel II (1830-1904) ordenó construir un pedestal monumental que le sirviera de soporte. El encargo recayó sobre los escultores de cámara Francisco Elías Vallejo (1782-1850) y José Tomás (1795-1848).

Dejamos la descripción general de este magnífico conjunto para otra ocasión y nos centramos en la base del pedestal, que es la parte que nos interesa, ya que ahí se ubica una fuente alegórica del Manzanares. Elaborada por José Tomás, imita, a pequeña escala, el planteamiento de la grandiosa Fuente de los Cuatro Ríos, que Bernini labró en 1651 para decorar la Piazza Navona, de Roma.

El Manzanares aparece representado por la figura de un anciano, que yace recostado sobre una vasija. Dos pequeños amorcillos inclinan el recipiente, para que el agua mane y pueda depositarse sobre dos pilas inferiores, con forma de veneras. Entre el anciano y la primera pila se ubica un mascarón, que cumple el mismo cometido, mediante un surtidor que sale de su boca.

Este grupo escultórico está instalado en la cara occidental del Monumento a Felipe IV, enfrentado a la fachada del Palacio Real. Hacia el este, mirando hacia el Teatro Real, existe una segunda fuente, dedicada al río Jarama, que presenta una composición casi idéntica.



La 'Dama del Manzanares'

El segundo homenaje escultórico recibido por el Manzanares llegó en 2003 y tiene forma de cabeza de mujer. El artista valenciano Manolo Valdés (1942), uno de los fundadores del Equipo Crónica, quiso representar a nuestro río mediante un enorme busto femenino de bronce y acero, que las autoridades locales situaron muy cerca de su cauce, dentro del Parque Lineal del Manzanares.



La obra mide 13 metros de alto y pesa aproximadamente 8 toneladas. Preside una colina artificial de 21 metros de altura, conocida como La Atalaya, cuya estructura piramidal fue diseñada por Ricardo Bofill (1939) para servir de mirador del casco urbano, aprovechando la hondonada existente en esta parte de Madrid.

Bautizada con el sugerente nombre de la Dama del Manzanares, simboliza la relación de la ciudad con su río o, expresado a la inversa, del río con su ciudad. De ahí que la dama esté orientada al norte, mirando hacia la urbe que creció junto a sus riberas y que tantas veces le ha vilipendiado.

viernes, 5 de marzo de 2010

¿Nos vendemos bien?



"Cuando cuento a mis amigos que conocen poco o mal España que la ciudad del país que prefiero es sin duda Madrid, la mayoría de ellos se sorprende. Salvo el esplendoroso Museo del Prado y la animación turística en torno a la prestigiosa Plaza Mayor, no parecen haberse enterado de gran cosa en alguna rápida visita a la capital, y se han quedado con la imagen de una gran ciudad, simpática, bien cuidada, pero más bien pobre en monumentos antiguos y, para decirlo todo, bastante anodina".

"Sevilla o Barcelona les dicen más cosas. Sevilla, por el pintoresquismo que se espera de la península desde Mérimée y Pierre Louÿs, con sus recuerdos brillantes del Siglo de Oro, sus gitanos y su exotismo casi de Oriente Próximo. Barcelona, por la majestuosidad de su urbanismo, su patrimonio gótico y modernista, su cultura percibida como más cercana a la nuestra y su aire de soberanía sobre el Mediterráneo, que relega a Marsella, la segunda ciudad de Francia, a un rango provincial".

Philippe Nourry, en La novela de Madrid

miércoles, 3 de marzo de 2010

La iglesia fortificada de Navalquejigo

En la Sierra de Guadarrama se conservan distintas iglesias fortificadas, la mayor parte de ellas de origen tardomedieval o prerrenacentista. Presentan elementos típicos de la arquitectura militar, tales como almenas, matacanes o torrecillas, que fueron integrados en la construcción con una finalidad defensiva, siguiendo una costumbre arrastrada de la Edad Media.

Sin embargo, cabe suponer que nunca hubo un uso auténticamente militar, dado el momento histórico en el que fueron edificadas, una vez finalizadas las primeras fases de los procesos de repoblación cristiana. Hay que considerar, más bien, que desarrollaron una función disuasoria, en el contexto de las disputas de las diferentes casas señoriales y concejos.

De todos los templos fortificados madrileños el más notable es, sin duda, la imponente Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Robledo de Chavela. Menos conocidas, pero igualmente interesantes, son las iglesias de Alpedrete, Braojos, Miraflores de la Sierra y Navalquejigo, entre otras muchas. Nos ocuparemos en el presente artículo de esta última, una de las más singulares, pese a sus reducidas dimensiones y delicada conservación.



La iglesia de Navalquejigo se encuentra arruinada, con las cubiertas y muros derruidos. Se halla en el término de El Escorial, junto a Las Zorreras y Los Arroyos, dos núcleos residenciales del citado municipio. Fue la parroquia de Navalquejigo, un antiguo pueblo que quedó abandonado en el último tercio del siglo XX y que, en la actualidad, sirve de refugio a unos cuantos 'okupas', que han procedido a la restauración de algunos de sus edificios.

Recibió el rango parroquial en el año 1564, a instancias del rey Felipe II, quedando bajo la advocación de la Exaltación de la Santa Cruz. Previamente, el monarca había adquirido las tierras de Navalquejigo para anexionarlas al Real Sitio de El Escorial, junto a otros territorios y fincas de la zona, como La Herrería, La Fresneda y El Campillo.

No obstante, la fundación del templo es bastante anterior. Es muy probable que fuese levantado en el siglo XIII, época a la que corresponden la parte inferior de sus muros y el arco interior de la fachada principal, que pertenece a un románico de transición. Todo lo demás son añadidos posteriores, principalmente del siglo XV.

Fachada principal

La fachada principal, la parte más importante de todo el conjunto, es fruto de las reformas llevadas a cabo en el siglo XV. Durante estas obras, la iglesia se rehizo por completo, utilizándose como referencia arquitectónica la Capilla de la Santísima Trinidad, de la finca escurialense de El Campillo, fundada en tiempos de Enrique IV.


Detalle del matacán, en la fachada principal (siglo XV).

Se orienta a levante y presenta fábrica de mampostería de granito, material muy abundante en las comarcas guadarrameñas, aunque también hay partes de sillería, labradas toscamente. Está coronada con una espadaña de tres vanos, de medio punto, en cuya base se dispone en saliente un matacán o balconada defensiva, elemento muy característico de las fortalezas.

Debajo del matacán, se sitúa la entrada, en la que se yuxtaponen dos arcos de medio punto, de los cuales el interior es el más antiguo, probablemente del siglo XIII, tal y como se ha señalado antes (véase la última imagen del post).

Esta fachada sirvió de modelo a la iglesia fortificada de Alpedrete, que también es del siglo XV, si bien es posterior a la de Navalquejigo. Hablaremos de ella en otro artículo, aunque puede anticiparse que se trata de una copia mejorada en todos los aspectos, no sólo en lo que respecta a sus mayores dimensiones, sino también a la fábrica, toda de sillería, y a la estructura, con arco escarzano en la portada y una torrecilla en uno de los lados.

Otros elementos arquitectónicos

La iglesia de Navalquejigo estuvo estructurada en tres naves y llegó a contar con cinco capillas. De todo ello no queda más que un amplio solar y los restos de los antiguos muros, que, pese a la ruina, aún tienen una altura considerable, hasta la línea de imposta. También se mantienen en pie dos contrafuertes, situados en la fachada norte.


Muros de la fachada meridional (siglo XV).

En referencia a la cabecera, ésta sí que ha llegado a nuestros días más o menos completa. Fue realizada en 1591, como así se recoge en una inscripción, y presenta un inconfundible trazado herreriano, estilo que, con la construcción del cercano Monasterio de El Escorial, tuvo una rapidísima expansión por la Sierra de Guadarrama, especialmente por su vertiente madrileña.

Es de planta cuadrangular y presenta cubiertas de teja árabe. Aunque no tuvimos oportunidad de acceder al interior de la cabecera, pues está cerrada a cal y canto, aquí dentro se guarda o guardaba una interesante pila bautismal, decorada en gajos y labrada en el siglo XVI. Desconocemos si aún se encuentra ahí, pues hace bastantes años que el diario El País publicó que alguien se la había llevado para decorar su finca particular.


La cabecera (en el centro) se unía a la sacristía mediante un arco triunfal apuntado, cuyo contorno puede verse en la imagen. A la derecha, aparece la sacristía. Ambas estructuras son de estilo herreriano y se construyeron a finales del siglo XVI.

Al siglo XVI corresponde también la sacristía, adosada a la fachada meridional, aunque, en este caso, el estado de conservación es muy deficiente, con los muros únicamente en pie. Al igual que la cabecera, este cuerpo está hecho enteramente en sillería, tal y como mandan los cánones herrerianos.

Por favor, basta ya

Como puede comprobarse en la fotografía inferior, los 'grafiteros' siguen haciendo de las suyas, demostrando el más absoluto desprecio hacia nuestro patrimonio, aunque, en este caso, por lo menos han respetado la piedra.


Detalle de la portada: el arco exterior es del siglo XV y el interior del XIII.

martes, 2 de marzo de 2010

La Puerta Real

Cuando hablamos de puertas monumentales en Madrid, enseguida se nos vienen a la mente las de Alcalá, Toledo, Hierro y San Vicente. Pero existen otras, que, no por menos conocidas y grandiosas, pierden en interés. A ellas va dedicada la serie "Las otras puertas de Madrid", que inauguramos hoy con la Puerta Real o de Carlos III.



Pese a su porte majestuoso, este monumento suele pasar inadvertido a los muchos viandantes, tanto madrileños como forasteros, que transitan por el Paseo del Prado. Pero ahí está, custodiando uno de los lados del Real Jardín Botánico, del que llegó a ser su acceso principal.

La puerta fue levantada por Francesco Sabatini, en el contexto de las obras de construcción del Botánico. Al arquitecto italiano se debió el primer diseño de este recinto, pero fue tan modificado por Juan de Villanueva que, de su intervención, apenas perviven esta puerta y algunos rasgos básicos de su planta y disposición en niveles.

Sabatini comenzó a trabajar en este conjunto ajardinado en 1774, con la asistencia de Casimiro Gómez Ortega y José Pérez Caballero. Era el primer paso para la creación de una gran área de divulgación científica en el entorno del Buen Retiro, según se recoge en la Real Orden de 25 de julio de ese mismo año. En ella el rey Carlos III ordenaba el traslado del modesto jardín botánico del Soto de Migascalientes, que había fundado Fernando VI en 1755, junto al río Manzanares.

Sin embargo, su propuesta arquitectónica fue objeto de numerosas críticas, hasta el punto de cuestionarse seriamente por su complejidad y falta de unidad. Todo ello determinó la salida de Sabatini en 1780 y la elaboración de un nuevo proyecto, que fue encargado a Villanueva en 1778, dos años antes de la retirada de aquel.

El arquitecto madrileño integró dentro de su plan algunos de los elementos ideados por su antecesor. La Puerta Real, en concreto, se convirtió en una de las piezas más destacadas de todo el conjunto. Su función de entrada principal quedó subrayada, al construirse a sus espaldas el Paseo de Carlos III, uno de los ejes más importantes del jardín, en cuyo extremo se eleva, a modo de telón escenográfico, la Estufa Fría o Pabellón de Invernáculos (en la actualidad, Pabellón de Villanueva).

La Puerta Real fue inaugurada, junto con todo el jardín, en 1781, como así se recoge en la inscripción instalada debajo de su frontón. El protagonismo con que fue concebida no perduró mucho, ya que, en 1789, Juan de Villanueva, el mismo que la había bendecido años antes con todos los honores, abrió un nuevo acceso en la cara septentrional del Real Jardín.

La Puerta Norte, que así se llamó, o Puerta de Murillo, como hoy se llama, le arrebató la condición de entrada principal prácticamente desde el primer momento. La razón hay que buscarla en la construcción, al norte del jardín, de un gabinete de historia natural (el actual Museo del Prado), cuyas obras se iniciaron en 1785. Se trataba de que ambas instituciones, jardín y gabinete, tuvieran una conexión rápida y eficiente.

Con este magnífico edificio, se daba un paso de gigante para la puesta en marcha del magno complejo de divulgación científica planeado por Carlos III. Años más tarde, la gran acrópolis de las ideas ilustradas quedaría completada con el Observatorio Astronómico, iniciado en 1790.

Descripción

La Puerta Real guarda similitudes más que evidentes con la Puerta de San Vicente, igualmente diseñada por Francesco Sabatini, según puede comprobarse más abajo. Ésta fue terminada en 1775, un año después del comienzo de las obras del Real Jardín Botánico, que, como se ha comentado, fueron dirigidas en un primer momento por el arquitecto italiano.


Puerta de San Vicente, en una pintura de Fernando Brambila (hacia 1830).


Puerta Real, en el Paseo del Prado.

Concebida como una entrada triunfal, la Puerta Real presenta tres vanos, que se cierran con verjas de hierro forjado. El central, el elemento más destacado del conjunto, está configurado por un arco de medio punto, que, al más puro estilo clásico, se corona con un frontón triangular.

Debajo de esta última pieza, se sitúa una lápida rectangular, en la que hay grabada una leyenda, alusiva al rey Carlos III como promotor del Real Jardín Botánico y al año de inauguración del recinto, 1781. La inscripción está colocada en saliente y descansa sobre dos columnas dóricas, que enmarcan la abertura central.

Con respecto a los otros dos vanos. su estructura es muy sencilla. Se trata de dos postigos adintelados, rematados con una cornisa corrida. Se disponen simétricamente a ambos lados del arco, con una altura sensiblemente menor.

La fábrica es de sillería, combinándose el granito gris, utilizado preferentemente en las partes estructurales, y la caliza blanca, reservada para los contornos y los salientes.