domingo, 17 de enero de 2010

Mañana de domingo



Una mañana de domingo más, el centro histórico ha despertado con aire de fiesta. Ni la llovizna ni la cuesta de enero han impedido que se celebren los mercados tradicionales que tienen lugar semanalmente en el Madrid de los Austrias.



Las carpas blancas han vuelto a desplegarse en la Plaza del Conde de Barajas y, aunque con menos gente que otros domingos, los pintores amateur han vuelto a exponer sus obras. Mucho mejor resguardados, los aficionados a la filatelia y a la numismática han acudido a los soportales de la Plaza Mayor en busca de piezas únicas o, al menos, hábilmente duplicadas. Más allá, en las aceras de la Calle de las Postas y en la Puerta del Sol, las estatuas vivientes han desafiado la llovizna, buscando el asombro y la provocación de los viandantes.

sábado, 16 de enero de 2010

Abandono



El presente blog no tiene otra aspiración que ofrecer un recorrido pasional de la ciudad y comunidad autónoma de Madrid. Este espíritu apasionado se manifiesta, la mayoría de las veces, en sentidas declaraciones de amor hacia la urbe y su región, pero, en otras -y ésta es una de ellas-, se torna reivindicativo y crítico.

El alcalde Enrique Tierno Galván reinventó Madrid, tras los oscuros años del franquismo, y vendió al mundo una nueva imagen de la ciudad, fresca, abierta y espontánea. Uno de sus muchos logros fueron los murales realizados en aquellas plazas y calles del centro que estaban afeadas por paredones lisos, que llevaban años y años al descubierto, mostrando los secretos más sucios de las técnicas de construcción, en forma de vigas y viguetas, ladrillos y enfoscados de dudosa estética.

Con la iniciativa de Tierno, el arte invadió la calle y lugares como Puerta Cerrada, la Plaza del Carmen o la Calle de Embajadores no sólo quedaron embellecidos, sino que incorporaron nuevos signos de identidad. ¿Quién duda de que los murales de Puerta Cerrada definen a este recinto tanto o más que su dieciochesca cruz de piedra? 

Han transcurrido casi tres décadas y los murales que impulsó Tierno muestran un lamentable estado de conservación: colores desvaídos, desconchones y grietas, graffitis y pintadas... Sirva como muestra la imagen superior, donde aparece uno de los murales de Puerta Cerrada, amenazado por múltiples grietas, que han sido reparadas rústicamente con cemento.

Desde este blog, pasional y apasionado, hacemos un llamamiento, racional y razonado, a las autoridades municipales para que cuiden estas pinturas con el mismo mimo de otros monumentos. Al igual que éstos, ya forman parte del ADN de nuestra ciudad... ¡y de qué manera!

viernes, 15 de enero de 2010

El Samburiel, un pequeño afluente para un aprendiz de río

El río Samburiel es el principal afluente del Manzanares. Llamado generosamente río, cuando en realidad se trata de un arroyo que se ha hecho grande, recoge las aguas de La Maliciosa, la novena cumbre más elevada de la Comunidad de Madrid, con 2.227 metros de altitud. Se precipita por las empinadas laderas de la montaña, con tal grado de desquiciamiento que los lugareños lo llaman, en este tramo, arroyo de Peña Cabrita.


El río Samburiel, remansado, antes de desembocar en el Embalse de Santillana.

Va camino del Valle de la Barranca, donde embellece con su curso uno de los parajes más emblemáticos del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. Se dirige posteriormente a Navacerrada y otra vez vuelve a cambiar de nombre (ahora lo denominan como al municipio). Aquí es retenido en el embalse que lleva el nombre del pueblo.

Cambia de aires y se adentra por tierras que el Marqués de Santillana hizo famosas en sus serranillas. Primero pasa por Becerril de la Sierra y después va hacia El Boalo (Descendiendo Yelmo Ayuso, contra Bóvalo tirando, en este valle de suso, vi serrana estar cantando), cuyo término el río cruza a través de Cerceda, el principal núcleo de población boalense.

En esta zona también es conocido como San Muriel (¡cuántas denominaciones para tan pequeño río!), el último de sus topónimos. En su tramo final, se encamina hacia Manzanares el Real, donde desemboca en el Embalse de Santillana, al que nutre el río Manzanares.

jueves, 14 de enero de 2010

El Puente Puerta de Las Rozas



Este puente sin río se ha convertido en el nuevo emblema del municipio de Las Rozas de Madrid. Su nombre, Puerta de Las Rozas, parece informar de esa función simbólica a la que, sin duda, está abocado. Fue construido hace pocos años, en plena época del ladrillazo, para comunicar dos barrios en desarrollo, que la brusca llegada de la crisis impidió finalmente urbanizar. Pero ahí quedó el puente, atravesando la Carretera de La Coruña, para recordar a los viajeros que hubo un momento de vacas gordas, en la que todos vivimos al compás del espejismo inmobiliario.



El Puente Puerta de Las Rozas fue inaugurado el 23 de junio de 2007. Su autor es el ingeniero Juan José Arenas de Pablo, a quien se deben construcciones tan significativas como el Puente de la Barqueta, de Sevilla, el puente móvil del Puerto de Barcelona, el Puente del Tercer Milenio, de Zaragoza, y el Puente de Hispanoamérica, de Valladolid. Se alza sobre el punto kilómetrico 20,175 de la A-6.



Tiene 102 metros de luz y se sostiene sobre un mástil de 45 metros de altura. Éste está formado por dos cartabones inclinados de acero, que se unen en sus extremos superiores por dos cédulas triangulares. Nueve parejas de tirantes, que parten de los cartabones, sujetan el tablero de acero y hormigón.



Con respecto al tablero, mide 20 metros de anchura. Como puede verse en la fotografía superior, integra un andén peatonal central, pavimentado en madera, con un ancho de cuatro metros. Le flanquean a ambos lados dos calzadas de dos carriles cada una, una de ida y otra de vuelta, reservadas al tráfico rodado.



Todo ello conforma una estructura asimétrica y bicromática, con el rojo como color dominante de los elementos que están en tensión (tirantes y cédulas triangulares) y el blanco en los restantes.

miércoles, 13 de enero de 2010

El Puente Mocha, de Valdemaqueda



El Puente Mocha se encuentra en el municipio madrileño de Valdemaqueda, sobre el río Cofio, en plena Sierra de Guadarrama. Consta de cuatro ojos de medio punto, en degradación, y de dos vanos laterales, integrados por sencillos dinteles de losas planas. Está realizado en sillería de granito en su parte baja, que deja paso a la mampostería en la alta. El tablero mide unos cuarenta metros de longitud y presenta una disposición alomada. Aguas arriba, aparecen tres tajamares triangulares, con sombreretes piramidales, cuya función es frenar el empuje del agua, principalmente durante las crecidas del río.


Es conocido popularmente como Puente Romano, si bien no existe consenso sobre la fecha en que fue levantado. Los autores que defienden un origen romano basan su hipótesis en las técnicas constructivas empleadas en la parte inferior del puente, principalmente la presencia de dovelas regulares y la utilización de relleno de hormigón, elementos muy característicos de la arquitectura romana. Según esta teoría, la mampostería que cubre toda la parte superior del puente y la rasante en forma de asno, típicas de la Edad Media, corresponderían a una posterior reconstrucción medieval.


Para otros autores, sin embargo, no hay elementos primitivos romanos, sino que la fábrica del puente es enteramente medieval y, más concretamente, bajomedieval, tal vez del siglo XIV.

Tajamares triangulares a ambos lados del arco central.

Existe una tercera teoría, que vincula el origen del puente con las obras del cercano Monasterio de El Escorial, en la segunda mitad del siglo XVI. Es posible que fuera levantado para facilitar el traslado hacia el Real Sitio de materiales de construcción que, como la madera y el granito, son muy abundantes en la zona. Según este planteamiento, los elementos arquitectónicos típicamente medievales que presenta el Puente Mocha, como su rasante alomada, obedecen a la persistencia de esta morfología hasta el siglo XVI, sobre todo en construcciones rurales.

Vista del tablero, con rasante en forma de asno.

Panorámica de Valdemaqueda, en cuyo término se encuentra el Puente Mocha.

Para llegar al puente, hay que recorrer un camino de unos cuatro kilómetros, rodeado de pinares, que parte del casco urbano de Valdemaqueda y, más en concreto, de la Avenida del Puente Romano.

martes, 12 de enero de 2010

La Calle del Sacramento



Esta calle, de inconfundible trazado medieval, reúne un relevante patrimonio histórico-artístico. Toma su nombre del desaparecido Convento del Santísimo Sacramento (1615), un complejo religioso vinculado a la Casa de Uceda. Fue fundado por Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda, primer Duque de Uceda y valido de Felipe III, como un anexo de su palacio de la vecina Calle Mayor. Se demolió en los años setenta del siglo XX para la construcción de un bloque de viviendas, según puede observarse en la imagen superior (es el edificio de ladrillo y ventanales rojos de la acera izquierda).

Del antiguo convento sólo se salvó la iglesia, convertida hoy día en Catedral Arzobispal Castrense. En la fotografía, puede apreciarse la parte trasera de su fachada barroca, que asoma por encima de los tejados del bloque de viviendas.

Al final de la calle, aparece frontalmente el Palacio del Duque de Uceda, conocido como Palacio de los Consejos (1611), que sirve de sede al Consejo de Estado y a Capitanía General. Este edificio, del que pueden verse dos plantas de órdenes y un escudo en la parte superior, constituyó un paradigma arquitectónico en el Madrid de los Austrias, de tal suerte que la mayor parte de los palacios construidos en el siglo XVII imitó su trazado.

También al final de la calle, puede verse la parte trasera del Monumento a las víctimas del atentado contra Alfonso XIII, instalado cerca del lugar donde, el 31 de mayo de 1906, el anarquista Mateo Morrall lanzó una bomba contra Alfonso XIII, el día de su boda con Victoria Eugenia de Battemberg. Fue inaugurado en 1963 y sustituye a uno anterior, mucho más logrado, diseñado por Enrique María Repullés y Vargas y derribado durante la Segunda República.

En los siglos XVI, XVII y XVIII, la Calle del Sacramento fue elegida por diferentes familias nobiliarias para instalar sus residencias. Testigos de aquellos tiempos son el dieciochesco Palacio del Conde O´Reilly (en primer término, en la acera izquierda) y el barroco Palacio del Marqués de Camarasa (a la derecha), que enfrenta a la calle la tapia de su jardín posterior (su fachada principal da a la Calle Mayor). Pero tal vez el edificio de mayor valor arquitectónico de esta calle sea la Casa de Cisneros, uno de los pocos palacios renacentistas que se conservan en Madrid (queda fuera de la imagen superior).

Al fondo, se eleva la cúpula de la Catedral de la Almudena, que, desde su emplazamiento distante entre la Calle de Bailén y la Cuesta de la Vega, define la fisonomía de la Calle del Sacramento.

En otra ocasión, hablaremos de la Calle de San Justo y de la Plaza del Cordón, con las que la Calle del Sacramento forma en realidad un único eje viario, y de las joyas que se guardan en ambos espacios, especialmente la Basílica Pontificia de San Miguel, que sigue pautas barrocas de clara inspiración italiana.

lunes, 11 de enero de 2010

Alamud, alamín, alamillo



La Plaza del Alamillo se halla muy cerca de la Plaza de la Paja. Este recogido rincón, de aire casi rural, fue el centro administrativo y judicial del Madrid morisco, durante la Alta Edad Media. Con la conquista cristiana de la ciudad, en el siglo XI, la composición social de los distintos barrios madrileños cambió sustancialmente.

Los cristianos o mozárabes, que hasta entonces habían vivido en el Arrabal de San Pedro, se establecieron intramuros. A la inversa, los musulmanes o moriscos abandonaron el centro urbano y se instalaron en el citado arrabal, que desde entonces empezó a ser conocido como La Morería.

Es probable que en la Plaza del Alamillo se ubicara tanto el ayuntamiento morisco como el alamud o alamín, el tribunal que impartía justicia a la población musulmana. Aunque no hay confirmación arqueológica de ello, sí que existen pistas etimológicas de peso: muy posiblemente la palabra alamillo provenga del vocablo árabe alamud, si bien no se descarta que el topónimo de la plaza aluda sencillamente a la especie arbórea de los álamos.