miércoles, 14 de abril de 2010

Cuatro puertas fuera de contexto

Nos detenemos en esta ocasión en cuatro puertas monumentales, que tienen como denominador común ser supervivientes. Consiguieron salvarse de la piqueta, tal vez milagrosamente, y a cambio tuvieron que pagar el precio de quedar fuera de contexto o, mejor dicho, de asumir un entorno muy diferente al del momento de su construcción.

Portada del Hospital de La Latina



La portada gótica del Hospital de la Concepción de Nuestra Señora quedó fuera de contexto cuando, en 1904, fue demolido el edificio al que daba acceso. Después de varias décadas olvidada en los depósitos municipales, fue trasladada en los años setenta del siglo XX a los jardines de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, en la Ciudad Universitaria.

Al menos, tuvimos la suerte de que fuera rescatada, junto con una bella escalera gótica, que terminó instalada en una de las casas de los Lujanes de la Plaza de la Villa. Algo inusual en una ciudad tan aficionada a llevarse por delante monumentos y restos arqueológicos.

El hospital estaba en la Calle de Toledo, donde ahora se levanta la tienda de disfraces de Caramelos Paco. Fue creado en 1499 por Beatriz Galindo (1465-1534), a la que todo el mundo llamaba La Latina por sus elevados conocimientos del latín, apodo que, a la postre, fue el que se impuso a la hora de designar a la institución hospitalaria.

Del primitivo deambular de enfermos y personal sanitario, la puerta acoge en la actualidad un continuo trasiego de profesores y estudiantes, que la asedian aparcando sus motos bajo su arco apuntado y sus coches delante del frontal.

En su emplazamiento actual, muy alejado del casco histórico donde fue levantada, pasa desapercibida para la mayoría de turistas que visitan nuestra ciudad, pero tampoco muchos madrileños saben de su existencia.

Arovechamos la ocasión para expresar nuestro deseo de que la puerta pudiera regresar al centro de Madrid, a un enclave donde luzca como merece, acorde con su enorme importancia histórico-artística.

Puerta de la muralla



Esta sencilla puerta, que formó parte de la antigua muralla cristiana de la villa, puede verse en el sótano de un restaurante de comida americana, situado en la Plaza de Isabel II.

La función militar para la que fue creada ha dejado paso, varios siglos después, a un ambiente ruidoso y festivo, en el que no tienen cabida ni asaltos ni defensas. Y los centinelas que la flanquearon durante la Edad Media, en alerta ante posibles incursiones musulmanas, han sido sustituidos por bulliciosos comensales que pasan junto a ella, a veces sin darse cuenta de su existencia, en busca de los aseos.

Aunque la muralla fue levantada entre los siglos XI y XII, cabe suponer que la portada tenga un origen posterior. Algunos investigadores, como José Manuel Castellanos, autor de la estupenda web El Madrid medieval, sostienen que pudo ser construida en época tardomedieval, tras una posible remodelación del recinto amurallado.

Los restos que se conservan consisten en un un arco de medio punto, hecho en ladrillo, que se abre en un lienzo de mampostería de sílex, de 2,5 metros de alto y 3 metros de longitud.

Portada de San Luis Obispo



La portada barroca que vemos en la fotografía también está fuera de contexto, aunque no tanto como las dos puertas anteriores. A pesar de que, como éstas, también fue trasladada, no cambió tan radicalmente de ambiente, de tal modo que continúa vinculada al mismo entorno religioso en el que vio la luz.

Se trata de la entrada principal de la desaparecida Iglesia de San Luis Obispo, que estuvo emplazada en la Calle de la Montera hasta el 13 de marzo de 1935, cuando sucumbió pasto de las llamas. Lo único que se salvó fue la portada, instalada desde el año 1950 en la fachada septentrional de la Iglesia del Carmen, situada muy cerca de la Puerta del Sol.

Aunque suele permanecer cerrada, ya que el acceso al templo se realiza desde la Calle del Carmen, la portada sigue participando del mismo ámbito eclesiástico de cuando estuvo en la Montera, al que se le añade en la actualidad una dimensión turística que, en aquel entonces, ni se sospechaba que pudiera aparecer. Feligreses y turistas comparten, a partes iguales, el día a día de la puerta.

La Iglesia de San Luis Obispo se construyó en la segunda mitad del siglo XVII, pero la portada que ahora mismo luce en la Iglesia del Carmen fue realizada en 1714 por Francisco Ruiz. Está presidida por una escultura del santo titular, hecha en piedra de caliza por Pablo González Velázquez.

Portada de la Capilla del Monte de Piedad



La cuarta y última puerta que traemos a colación cambió su contexto religioso original por el mundo de las finanzas. Desde 1733, cuando fue construida por Pedro Ribera, hasta los años sesenta del siglo XX, cuando estrenó un nuevo emplazamiento, fue la entrada de la capilla anexa al Monte de Piedad.

Esta institución se fundó en 1702, a partir de una iniciativa de Francisco Piquer, que contó con el apoyo del rey Felipe V. Tenía su sede en un edificio barroco situado en la Plaza de las Descalzas Reales, que fue demolido para construir en su solar una de las sedes de Caja de Madrid.

La portada de la capilla consiguió salvarse de la piqueta y fue llevada unos metros más allá de su ubicación original. Está encajada en la fachada trasera del inmueble de la entidad bancaria, mirando hacia el Monasterio de las Descalzas. Y, como las tres anteriores puertas, se encuentra fuera de contexto.

Artículos relacionados

La serie "Las otras puertas de Madrid" consta de estos otros reportajes:
- La Puerta de Felipe IV
- La Puerta Real

martes, 13 de abril de 2010

La Fuente de los Tritones


Fotografía del Ayuntamiento de Madrid.

La Fuente de los Tritones es uno de los elementos ornamentales más destacados del Campo del Moro. Realizada en estilo barroco probablemente en la primera mitad del siglo XVII, se encuentra entre las fuentes monumentales más antiguas que se conservan en Madrid.

Sólo le superan en antigüedad la Fuente de los Caños Viejos, de la que se mantienen en pie un muro del siglo XVI y un escudo de mediados del XVII, y la Fuente de los Caños del Peral, labrada en el siglo XVI, aunque reedificada en 1625, cuyos restos han sido recientemente descubiertos a diez metros bajo tierra en la Plaza de Isabel II.

Dejamos al margen de este debate a la Fuente de Orfeo, en la Plaza de la Provincia, al tratarse de una réplica moderna de la primitiva construcción de 1629, diseñada por Juan Gómez de Mora.

Estamos ante uno de los monumentos más desconocidos de la capital. A ello contribuye su emplazamiento en una zona del Campo del Moro, a los pies mismos de la fachada occidental del Palacio Real, a la que está prohibido el paso, por cuestiones de seguridad.

De tal modo que sólo es posible contemplarla a lo lejos, alzando la vista desde las Praderas de las Vistas del Sol, el gran paseo en pendiente que atraviesa, de este a oeste, el Campo del Moro. O desde la Cuesta de San Vicente, también lejanamente, asumiendo el riesgo de que algún agente te llame la atención por estar parado cerca de un recinto de acceso restringido.

Por todas estas razones, ilustramos el presente reportaje con fotografías que hemos tomado prestadas del Ayuntamiento de Madrid, contrariamente a nuestra costumbre de utilizar material gráfico de elaboración propia, siempre que sea posible.


La Fuente de los Tritones está situada justo delante a la fachada occidental del Palacio Real, en una zona a la que está prohibido acceder. Fotografía del Ayuntamiento de Madrid.

A esta fuente a menudo se la confunde con la de las Conchas (h. 1776), situada unos metros más abajo, en el centro de las Praderas de las Vistas del Sol. Es fácil entender este equívoco, no sólo por la proximidad geográfica, sino también porque ambos conjuntos comparten una composición similar, a modo de frutero, y los mismos motivos escultóricos, tales como la figura mitológica del tritón.

Existe otro paralelismo y es que las dos fuentes son importadas. La de los Tritones llegó a Madrid procedente del Real Sitio de Aranjuez, mientras que la de las Conchas fue traída desde el Palacio del Infante don Luis, de Boadilla del Monte.

Historia

No existen muchos datos sobre el origen de la Fuente de los Tritones, aunque, dadas sus características formales, se piensa que fue hecha en Italia. Algunos autores datan su construcción a finales del siglo XVI, una fecha que se nos antoja muy temprana, teniendo en cuenta que las corrientes barrocas no se forjaron hasta el siglo XVII.


En esta pintura anónima, Carlos II aparece retratado de niño, con la Fuente de los Tritones de fondo, cuando ésta todavía adornaba los jardines de Aranjuez.

La máxima concreción a la que podemos llegar es que el monumento es anterior a 1657, fecha en la que aparecen sus primeras reseñas históricas, dada su tipología y factura, muy utilizada en Italia en la primera mitad del siglo XVII.

Se sabe que, en el citado año, fue colocada en el Jardín de la Isla, de Aranjuez. La instalación corrió a cargo del arquitecto real José de Villarreal (h. 1610-1662), que, por entonces, estaba dirigiendo las obras de remodelación y mejora de estos jardines históricos, diseñados hacia 1560-1565 por Juan Bautista de Toledo. Villarreal cumplía así los deseos del rey Felipe IV (r. 1621-1665) de rematar el extremo noroeste del recinto con algún elemento decorativo.

En su ubicación original, la fuente adornaba una plazoleta, cerrada mediante una tapia, que estaba próxima al Tajo y a la ría artificial, a través de la cual se comunicaba la Calle de Madrid con las Huertas de Picotajo. Pero, en tiempos de Felipe V (r. 1700-1746), fue trasladada a un nuevo enclave del jardín, denominado La Isleta.

Éste consistía en un parterre -levantado, a modo de apéndice, sobre el cauce del río-, en el que había siete estanques, en uno de los cuales fue situada la fuente. Se construyó entre 1731 y 1737, a partir de un diseño del ingeniero francés Esteban Marchand, terminado, tras su muerte, por Leandro Bachelieu.

La fuente permaneció en este lugar hasta 1845, cuando fue desmontada y llevada al Campo del Moro de Madrid, según las directrices marcadas por el arquitecto Narciso Pascual y Colomer, dentro de su proyecto de ordenación del Campo del Moro, firmado en 1844. Junto a ella, tal y como se ha dicho, también fue trasladada la Fuente de las Conchas.

Descripción

La fuente, de clara inspiración italiana, se estructura en tres cuerpos principales, separados entre sí por dos vasos de planta circular, de tamaños muy desiguales. A estos elementos se añade un pilón en origen cuadrangular, sustituido, durante el último traslado del monumento, por otro redondo.


En este dibujo correspondiente al largo periodo en el que la fuente estuvo en Aranjuez, puede verse el desaparecido pilón cuadrangular en el que estaba asentaba.

En el centro del pilón hay instalada una plataforma circular de tres gradas, que van reduciendo su diámetro conforme se va ganando en altura. Sobre la grada superior descansan tres tritones mitológicos, en actitud andante, que portan sobre el hombro una vasija, ayudándose con el brazo izquierdo, mientras que con el derecho sostienen un escudo.


Uno de los tres tritones que dan nombre a la fuente. Fotografía del Ayuntamiento de Madrid.

Las tres estatuas de tritones rodean un vástago central, alrededor del cual se disponen figuras femeninas, que sujetan cuernos de la abundancia y mascarones. Junto a sus cabezas, asoman bustos masculinos barbados, así como adornos florales y frutales.

Sobre el vástago central descansa un vaso en forma de concha, labrado en su parte externa con sirenas y animales fantásticos. De aquí surgen cuatro columnas agrupadas, custodiadas por ángeles, que sirven de soporte a un segundo vaso, decorado con motivos vegetales, coronas y máscaras con surtidores.

Remata el conjunto un pequeño amorcillo con una caracola y un delfín a sus pies, que se apoya sobre una canastilla en forma de capitel.

La Fuente de los Tritones está hecha en mármol blanco, excepción hecha del pilón y de las dos primeras gradas de la plataforma central, que presentan fábrica de granito. Su altura es de nueve metros.


Detalle del vástago del primer cuerpo y del vaso decorado con sirenas. Fotografía del Ayuntamiento de Madrid.

domingo, 11 de abril de 2010

El Pasadizo del Panecillo

Hoy nos detenemos en un recoleto rincón del Madrid de los Austrias, que lamentablemente no puede visitarse, a pesar de su carácter público. Nos estamos refiriendo al Pasadizo del Panecillo, un estrecho pasaje, a través del cual se comunica la Plaza del Conde de Barajas con la Calle de San Justo.

Esta diminuta vía, con forma de escuadra, se abre paso entre tres edificios de interés histórico artístico, como son la Basílica Pontificia de San Miguel, la Casa-palacio de los Condes de Miranda y el Palacio Arzobispal, que precisamente enfrenta a esta calle su más bella entrada, una portada barroca típicamente madrileña.

A la belleza de estos tres flancos se suma el propio encanto del pasadizo, que, en su tramo central, se ensancha, configurando una especie de patio, donde hay instalada una fuente de piedra, junto a dos cipreses.

Dos puertas de hierro, situadas en cada boca, se encargan de impedir el paso. Ello es así desde el primer tercio del siglo XIX, cuando se decidió clausurar el recinto, por cuestiones de seguridad, si bien, en el momento actual, la restricción está relacionada con un sorprendente uso particular de esta vía pública.

Hay que señalar que el Pasadizo del Panecillo debe su nombre a la costumbre iniciada por el cardenal-infante Luis Alfonso de Borbón y Farnesio (1727-1785), uno de los promotores de lo que hoy es el Palacio Arzobispal, mediante la cual se suministraba pan a los indigentes que pasaban por la zona, siempre y cuando hubiesen escuchado misa antes.

El reparto llegó a provocar tal nivel de escándalos y situaciones de picaresca que terminó suprimiéndose en 1829, al tiempo que fueron cerrados los dos extremos de la vía. La misma suerte corrió la entrega de alimentos que tenía lugar en la vecina Calle de la Pasa, donde tiene su entrada principal el Palacio Arzobispal, y que solía ser posterior a la del Pasadizo del Panecillo.

Como quiera que la comida de este segundo reparto consistía en un puñado de pasas, queda claro el origen del topónimo de la popular calle madrileña. Una curiosidad más, que se añade al famoso dicho de "el que no pasa por la Calle de la Pasa, no se casa", en alusión a la vicaría existente en una de las dependencias del Palacio Arzobispal, a la que obligatoriamente tenía que acudir todo aquel que desease contraer matrimonio eclesiástico.



El Pasadizo del Panecillo en 1951, en una instantánea nocturna tomada por el célebre fotógrafo Alfonso Sánchez García. Se trata de la entrada que da a la Calle de San Justo, donde se alza la fachada principal de la Basílica Pontificia de San Miguel. Está integrada por un arco de medio punto, actualmente desaparecido, que fue levantado en el siglo XIX, cubriendo uno de los lados de la portada barroca del Palacio Arzobispal (a la derecha).



En la imagen superior, puede verse el mismo acceso en abril de 2010. Se encuentra protegido únicamente con una puerta de hierro, tras el derribo del arco que taponaba la entrada del palacio (ésta puede verse a la derecha, liberada de obstáculos). El pavimento también ha sufrido transformaciones, al construirse una pequeña escalinata al inicio del pasadizo.

jueves, 8 de abril de 2010

La Gran Vía en el cine

En esta semana en la que la Gran Vía celebra su cumpleaños, no está de más recordar que la centenaria avenida ha sido uno de los escenarios más recurrentes del cine español. Como muestra, hemos elegido nueve títulos de diferentes décadas, donde se nos presenta la Gran Vía desde varias perspectivas.

'El último caballo' (1950)

'El último caballo' es, probablemente, la primera película rodada en la Gran Vía madrileña. Dirigida por Edgar Neville en 1950, narra la problemática vida de Fernando (Fernando Fernán Gómez), que, una vez acabado el servicio militar, regresa a Madrid con el caballo que le ha vendido su compañero de milicias. El intenso tráfico que ya por entonces padecía la Gran Vía es utilizado por el director para representar la vorágine de la ciudad.



'Las chicas de la Cruz Roja' (1958)

La Gran Vía es, sin duda alguna, el escenario principal de la 'Las chicas de la Cruz Roja', una de las comedias españolas de mayor éxito de todos los tiempos, que dirigió en 1958 Rafael J. Salvia. Es aquí donde se desarrollan las tramas amorosas de la película y donde tienen lugar las cuestaciones del Día de la Banderita. La escena de Julia (Luz Márquez), Paloma (Concha Velasco), Marion (Katia Loritz) e Isabel (Mabel Karr), paseando en un descapotable por la Gran Vía, mientras suena el tema central del filme, compuesto por Augusto Algueró, es ya todo un clásico.



'El día de los enamorados' (1959)

Fernando Palacios rodó 'El día de los enamorados' tras la estela del éxito de 'Las chicas de la Cruz Roja'. La película no se desarrolla tanto en la Gran Vía, como el entorno de la Plaza de España y, más en concreto, en la Torre de Madrid, utilizada por San Valentín (George Rigaud) como vía de comunicación con el cielo. Pese a ello, la avenida y sus aledaños aparecen en varios momentos de la cinta. Es el caso de la Plaza del Callao, ya que allí trabaja Conchita (Concha Velasco), como dependienta del antiguo Galerías Preciados (actualmente FNAC).



'El crack' (1981)

Considerada como una obra maestra del cine policíaco español, esta película de José Luis Garci, estrenada en 1981, nos descubre numerosos rincones del Madrid de la transición, con especial atención a la Gran Vía. En el entorno de la centenaria avenida tiene su despacho Germán Arieta (Alfredo Landa), un investigador privado que recibe el encargo de localizar a una joven de 16 años, de la que se desconoce su paradero.



'El crack 2' (1983)

En 1983 Garci estrenó 'El crack 2'. La Gran Vía volvió a tener un protagonismo especial, como trasfondo de una oscura historia, de resultados trágicos, en la que se ven involucrados el detective Arieta y su ayudante Moro.



'Mujeres al borde de un ataque de nervios' (1988)

Buena parte de la acción de 'Mujeres al borde de un ataque de nervios', de Pedro Almodóvar, transcurre en un ático, desde donde se divisan, a modo de skyline, dos de las construcciones de mayor interés de toda la Gran Vía, como son los edificios Metrópolis y Telefónica. Esta estampa fue la elegida para confeccionar el cartel promocional con el que el filme se distribuyó internacionalmente, caso de la edición francesa.



'El día de la bestia' (1995)

Álex de la Iglesia sitúa en el célebre edificio Carrión, también llamado Capitol, la que puede ser considerada como la escena más emocionante de 'El día de la bestia'. Tras convocar al diablo mediante un conjuro, Ángel (Álex Angulo), José María (Santiago Segura) y el Doctor Cavan (Armando de Razza) intentan escapar de las fuerzas malignas, a través de la estructura metálica del popular anuncio de neón de Schweppes.



'Abre los ojos' (1997)

Este filme de Alejandro Amenábar, el segundo de su brillante carrera, nos presenta una Gran Vía completamente desierta, mientras César, el personaje central, interpretado por Eduardo Noriega, corre desesperado en busca de algún signo de vida. La escena se rodó en pleno verano, el 15 de agosto de 1996, a las siete de la mañana, y fue necesaria la intervención de varios agentes de la policía local, que cortaron la circulación tanto en Callao y la Plaza de España como en las pequeñas calles que desembocan en la Gran Vía.



'20 centímetros' (2005)

La Gran Vía es uno de los escenarios principales de esta película dirigida en 2005 por Ramón Salazar. Está protagonizada por Mónica Cervera, que asume el papel de Marieta, un transexual que ejerce la prostitución. El filme incluye diez números musicales, uno de los cuales se desarrolla en plena Gran Vía, al ritmo de la popular canción "Muchachita", que popularizó en su momento Marisol.

miércoles, 7 de abril de 2010

Monumento a las víctimas del atentado contra Alfonso XIII

Este pequeño monumento se encuentra en la plazoleta formada por la confluencia de las calles Mayor, del Sacramento y del Pretil de los Consejos, resguardado, a sus espaldas, por la Iglesia Arzobispal Castrense y el Palacio de los Consejos.

Se realizó en el año 1963, en sustitución de un conjunto escultórico anterior, mucho más grandioso que el actual, que fue desmantelado durante la Segunda República (1931-1939). Está ubicado enfrente del lugar, donde, el 31 de mayo de 1906, se atentó contra el rey Alfonso XIII (1886-1941), justo el día en que éste contraía matrimonio con Victoria Eugenia de Battemberg (1887-1969).



El atentado

Los trágicos sucesos se produjeron durante el desfile nupcial celebrado al término de la ceremonia religiosa de los Jerónimos, de regreso al Palacio Real, en medio de una gran multitud. La comitiva estaba integrada por 19 carrozas reales y 22 correspondientes a los Grandes de España.

El anarquista Mateo Morral (1880-1906) lanzó una bomba casera, camuflada dentro de un ramo de flores, desde el último piso del inmueble situado en la Calle Mayor, número 84, donde está enclavada la popular tasca Casa Ciriaco. El artefacto iba dirigido contra el carruaje que transportaba a la pareja, pero, al caer, tropezó con el tendido del tranvía y terminó explotando entre el gentío.

Los reyes salieron ilesos, pero hubo casi una treintena de muertos y unos cien heridos, en lo que constituye el segundo atentado más sangriento de la historia de la ciudad, después del fatídico 11 de marzo de 2004.





El primer monumento

Hubo un primer monumento, diseñado por el arquitecto Enrique Repullés y Vargas (1845-1922) y ejecutado por el escultor Aniceto Marinas (1866-1953). Fue inaugurado en 1908, a partir de una iniciativa de la Duquesa de la Conquista.

Su núcleo principal era una escultura de la Virgen del Amor Hermoso, en alusión al día en que ocurrió el atentado, en el que se celebra esta festividad católica.



La imagen descansaba sobre un pedestal de grandes dimensiones, formado por tres columnas agrupadas, que simbolizaban al pueblo, al ejército y a la aristocracia. Varios grupos de guirnaldas florales recorrían la vertical hasta alcanzar los pies de la Virgen.

En la base, el monumento se ensanchaba para dar cabida a diferentes lápidas, donde estaban inscritos los nombres de los fallecidos. La figura de un ángel custodiaba el bajopedestal.

Tras su desmantelación, los restos de esta obra fueron repartidos por distintos puntos de la ciudad. Algunos de sus elementos, entre ellos las citadas lápidas, se aprovecharon para levantar otro monumento, destinado para el Cuartel del Regimiento de Wad Ras. y otros fueron llevados a los depósitos municipales.

Diferentes partes del pedestal se conservan actualmente en el Parque de Olof Palme, en el Distrito de Usera.




El monumento actual

El 13 de julio de 1949 el Ayuntamiento de Madrid convocó un concurso para la construcción de un nuevo monumento en recuerdo del atentado. El diseño ganador, firmado por Santiago Otalba Hernández, consistía en un grupo escultórico, integrado por una imagen de la Inmaculada Concepción y dos ángeles sujetando las armas reales, y una cruz de granito oscuro, con aplicaciones de bronce. Sin embargo, el proyecto no pudo materializarse, ante la renuncia del artista.

Hubo que esperar casi tres lustros para llegar al monumento actual, obra del escultor madrileño Federico Coullaut-Valera (1912-1989), terminada en 1963. Y más de veinte años, hasta 1970, para que se colocara una placa de mármol, con la siguiente leyenda conmemorativa: "En memoria de las víctimas del atentado contra SS. MM. D. Alfonso XIII y Dª Victoria Eugenia el 31 de mayo de 1906".

El monumento está formado por una escultura de bronce, que representa a un ángel semiarrodillado, que sujeta entre sus manos un pergamino. Se asienta sobre un pedestal de granito y a sus espaldas se eleva un sencillo monolito de piedra, que le supera en altura.

Éste mide 2,6 metros de alto y 1,5 de ancho y está hecho en aplacado de caliza. En su cara principal, junto al ángel, hay instalada una placa de bronce, donde aparece, en relieve, un escudo de Madrid, timbrado con la corona real y rodeado de decoración vegetal.

lunes, 5 de abril de 2010

La inauguración de la Gran Vía en ocho instantáneas

Hace un siglo (y un día) que dio comienzo la construcción de la Gran Vía. Recordamos aquel acontecimiento histórico con ocho imágenes del acto inaugural de las obras, que estuvo presidido por el rey Alfonso XIII. Con estas fotografías rendimos homenaje a uno de los proyectos urbanísticos de mayor impacto social, cultural y arquitectónico de la historia de nuestra ciudad.



Vista de la Calle de Alcalá el día 4 de abril de 1910, a la altura de la Iglesia de San José, donde una multitud espera el comienzo de los actos institucionales.



La Familia Real durante los discursos oficiales, antes de procederse al derribo simbólico del primer edificio.



José Canalejas, por entonces presidente del Consejo de Ministros, ante la Familia Real.



Momento en el que el rey Alfonso XIII estampa su firma y da por inaugurado el comienzo de las obras.



Alfonso XIII despacha con el banquero de origen francés, Martin Albert Silver, adjudicatario de las obras.



Alfonso XIII se dispone a derribar simbólicamente la casa rectoral de la Iglesia de San José, en lo que puede ser considerado como el momento culminante de los actos oficiales.



El rey da el primer piquetazo, ante la expectación de los asistentes.



Piqueta de plata y oro utilizada por el monarca.

domingo, 4 de abril de 2010

La Encarnación, antecedentes y replicantes



El Real Monasterio de la Encarnación es una obra clave del barroco español. Su importancia no radica tanto en sus valores artísticos, que también, como en la notable influencia que tuvo su fachada, convertida en arquetipo de la arquitectura religiosa de los siglos XVII, XVIII e, incluso, XIX.

Se trata de una de las fachadas más imitadas de todos los tiempos. Tanto es así que algunos autores, como Beatriz Blasco Esquivias, entienden que su impacto puede compararse "en cuanto a difusión, asimilación y desarrollo, con el definido por Vignola en la Iglesia del Gesú de Roma y exportado luego a toda Europa".

El monasterio fue fundado en 1610 por la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Se construyó entre 1611 y 1616, siguiendo un diseño del carmelita descalzo Fray Alberto de la Madre de Dios. Tradicionalmente se venía considerado que su autor era Juan Gómez de Mora, pero éste sólo intervino en las tareas de supervisión, en su calidad de Arquitecto Mayor de las Obras Reales.

El Convento de San Hermenegildo, el primer antecedente

Siempre se ha sostenido que el Real Monasterio de la Encarnación se inspiraba directamente en el Convento de San José, de Ávila, realizado en el año 1608 por Francisco de Mora, tío del citado Gómez de Mora.

Sin desmerecer la innegable influencia del edificio abulense, no hay que olvidar que hubo otros antecedentes, incluso más relevantes, como es el caso del desaparecido Convento de San Hermenegildo, de Madrid.


Aspecto del Convento de San Hermenegildo en 1656, cuando Pedro Teixeira realizó su célebre plano de Madrid.

Esta fundación religiosa fue la casa central del Carmelo Descalzo en España. Situada en la Calle de Alcalá, cerca de la confluencia con la actual Gran Vía, fue creada en el año 1586 por Fray Nicolás de Jesús y María y contó con el apoyo del rey Felipe II, quien llegó a sugerir su advocación.

Su iglesia se levantó en 1605 y en ella se establecieron algunas de las pautas arquitectónicas que poco después quedaron materializadas, a modo de ensayo, en el Convento de San José y, magistralmente condensadas, en el Monasterio de la Encarnación.

Aquí tuvo su origen la fachada de un solo plano, tantas veces replicada en los siglos posteriores, con tres ventanas altas para iluminar el coro, una triple arquería en la base y un frontón recto en la parte superior, con el que se oculta la cúpula.

De aquí también procede la lonja exterior, otro de los rasgos identificativos de la Encarnación. Queda formada por dos edificios, dispuestos en saliente a ambos lados de la fachada, que se unen entre sí mediante una verja de hierro forjado.

El Convento de San Hermenegildo fue demolido a principios del siglo XVIII. En 1730, el arquitecto Pedro de Ribera comenzó la construcción de un nuevo templo, del que surgió la actual Parroquia de San José, de inconfundible factura barroca.

Esta iglesia, heredera del que debe ser considerado como el primer gran antecedente del Real Monasterio de la Encarnación, es, al mismo tiempo, uno de sus replicantes. La fachada hace suyos algunos de sus elementos, como son los arcos inferiores, la hornacina central, el frontón de coronación y la lonja exterior, esta última desaparecida en el siglo XX.


Dibujo de la Iglesia de San José, antes de las reformas del siglo XX, cuando desapareció la lonja exterior y se elevó la altura de los laterales.

El Convento de San José, de Ávila

El Convento de Carmelitas Descalzas de la Antigua Observancia de la Regla de San José, de Ávila, fue la primera de las dieciséis fundaciones conventuales llevadas a cabo por Santa Teresa de Jesús.

Su origen se remonta a 1564, si bien su iglesia no fue erigida hasta el año 1608. Fue construida por Francisco de Mora, uno de los máximos exponentes de la arquitectura herreriana, quien se implicó personalmente en el proyecto, hasta el punto de promover su financiación, buscando fondos en la Corte e, incluso, aportando los suyos propios.

Mora asumía con esta obra las emergentes corrientes barrocas del momento, sin abandonar el férreo y austero estilo en el que se había formado, de la mano del mismísimo Juan de Herrera. En ella se armonizan los elementos que estaban presentes en el Convento de San Hermenegildo y se da un paso cualitativo de primer orden para la definición del arquetipo arquitectónico que, pocos años después, cristalizaría en la Encarnación.

La fachada del Convento de San José consta de diferentes volúmenes, distribuidos en dos grandes planos, que dan lugar a un juego de claroscuros, más propio del barroco que del renacimiento. El superior está integrado por el consabido frontón recto, debajo del cual se extiende un muro, con un vano cuadrangular en el centro y dos pequeños escudos a los lados.

El inferior está en saliente y descansa sobre un pórtico de tres arcos de medio punto. Por encima de éste, se alinean dos vanos de reducidas dimensiones, separados por una hornacina, donde se aloja una escultura de San José, que queda rematada con un pequeño frontón.

Al contemplar conjuntamente ambos planos, se percibe que los tres vanos y los tres grupos escultóricos (hornacina y escudos) están dispuestos alternativamente, dando lugar a una composición triangular, que nuevamente parece preconizar el movimiento barroco.


Fachada del Convento de San José, de Ávila. Fotografía de losmininos.

Y por fin, la Encarnación

En 1611, tres años después de construirse el Convento de San José, se puso la primera piedra del Monasterio de la Encarnación. Acorde con su función real, Fray Alberto de la Madre de Dios ideó un conjunto mucho más monumental que el modesto edificio abulense y, sobre todo, mucho más urbano, en consonancia con el desarrollo arquitectónico que estaba teniendo Madrid, de la mano de los Austrias.

Toda la complejidad volumétrica y espacial del Convento de San José quedó simplificada, en aras de una mayor unidad visual y elegancia. En lugar de la fachada desdoblada de aquel, Fray Alberto optó por un único plano continuo, en la línea marcada por el Convento de San Hermenegildo, integrando el pórtico y el coro alto dentro del mismo volumen.

La arquería también fue modificada, adoptándose una composición de inspiración palladiana, consistente en un arco central de mayor altura que los laterales, a diferencia del diseño de Francisco de Mora, donde todos los arcos son iguales.

Para realzar el protagonismo alcanzado por el arco central, Fray Alberto de la Madre de Dios sustituyó el frontón triangular que corona la hornacina del Convento de San José por uno circular, mucho más efectista.

Del mismo modo, amplió las dimensiones de los tres vanos, hasta igualarlos a la hornacina, logrando un mayor equilibrio de las formas.

Otra de las variaciones introducidas son las pilastras gigantes de los laterales, que remarcan la fachada y contribuyen a su monumentalidad.

Mención especial merece la lonja, una de las grandes aportaciones de Fray Alberto. La presencia de dos dependencias conventuales a ambos lados de la fachada no sólo subrayan la grandiosidad del conjunto, sino que el espacio creado por esta disposición establece una eficaz conexión con la vía pública.

Se trata de una solución mucho más próxima al Convento de San Hermenegildo que al Convento de San José, donde no existen edificios laterales, sino dos muros adosados a la fachada, que delimitan un pequeño patio, con cierta sensación de encajonamiento.


Real Monasterio de la Encarnación, de Madrid.

Replicantes

"La modernidad de la Encarnación, su acertada inserción urbana y, sin duda, su vinculación con la Corte, facilitarían su difusión como modelo por todo el territorio de la monarquía española, donde su influencia siguió vigente hasta el siglo XIX, originando variantes tipológicas y modificaciones estilísticas acordes con los sucesivos cambios de gusto".

Estas palabras de Beatriz Blasco Esquivias, autora de Utilidad y belleza en la arquitectura carmelitana (2004), resumen la rápida expansión que tuvo la fachada del Real Monasterio de la Encarnación.

Entre sus numerosos replicantes, podemos citar, sin salir de Madrid, los conventos de las Mercedarias Descalzas de Don Juan de Alarcón y de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, por citar sólo dos ejemplos.

Y desplazándonos unos cuantos kilómetros de la capital, pero sin abandonar la comunidad autónoma, nos encontramos con el Convento de la Inmaculada Concepción, de Loeches. La fachada de su iglesia parece un calco de la Encarnación, al margen de ciertos detalles, como la ausencia de lonja o la existencia de frontones circulares en los remates de los tres vanos.

El citado convento fue fundado en 1640 por Gaspar de Guzmán y Pimentel, más conocido como el Conde-Duque de Olivares, que se encuentra enterrado en este lugar. Su construcción se atribuye a Alonso Carbonell, arquitecto del Palacio del Buen Retiro. Como curiosidad, señalamos que, en 1909, fue levantado un anexo, que es utilizado como panteón del Casa de Alba. Pero ya hablaremos de ello en otro reportaje.


Iglesia del Convento de la Inmaculada Concepción, de Loeches.